
DE SUR A NORTE
Silber Meza
El Cártel Jalisco Nueva Generación es la agrupación criminal más poderosa de México. Es más grande, fuerte y adinerada que el Cártel de Sinaloa. “Es un proveedor clave de fentanilo ilícito para Estados Unidos”, se lee en el informe Drug Enforcement Administration 2025 NTDA, publicado por la DEA en mayo pasado.
De acuerdo con el gobierno de Estados Unidos –la fuente de información más recurrente sobre los cárteles mexicanos ante la carencia de apertura mexicana–, este grupo criminal opera en más de 40 países. “El cártel utiliza sus vastos recursos financieros, su singular estructura de mando basada en franquicias, su propensión a la violencia y su acceso a funcionarios corruptos para mantener y expandir su influencia sobre el narcotráfico en México”, se expone en el documento.
El informe refiere que el CJNG tiene presencia en todo el país, incluso en Sinaloa, el hogar de su principal rival, al menos hasta hace un año, antes de que iniciara la guerra intestina de la estructura criminal sinaloense, y antes de que presuntamente se aliara con Los Chapitos, una de las facciones más poderosas del estado.
La estructura criminal que lidera Rubén Oseguera Cervantes, alias Mencho, vive el momento de mayor empoderamiento. Un crecimiento vertiginoso de menos de dos décadas. La organización criminal operó primero en las sombras, aprovechando los reflectores que les fascinan a los narcos sinaloenses y a la obsesión de las autoridades estadunidenses por ellos.
Pero el CJNG no ha tenido reparo en sus ambiciones, y eso tiene un precio.
Estados Unidos ya tiene en su poder a las piezas más influyentes de la criminalidad sinaloense: Joaquín Guzmán Loera, dos de sus hijos, Ismael Zambada García, Rafael Caro Quintero, entre otros. Ahora va por el CJNG, y lo dice en las conferencias y en los informes. No es ningún secreto.
Además, en México Estados Unidos tiene un aliado: el secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, que cuando era funcionario de Ciudad de México estuvo a punto de ser asesinado en un ataque perpetrado por esta organización delictiva.
Las grietas del CJNG se empiezan a ver. El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, desató una ira colectiva, y políticamente debilita al CJNG, presunto responsable del homicidio; hace unos días, y con ayuda de la DEA, 20 personas fueron detenidas por intentar asentar una “oficina” del grupo criminal en Madrid; en Sinaloa detuvieron a un líder de la agrupación que había llegado de Baja California.
Las grietas se empiezan a ver. No faltará mucho tiempo para que surjan más y mayores detenciones de estos capos. Es un proceso inevitable ante el crecimiento, empoderamiento y reto de la estructura al gobierno mexicano y al de Estados Unidos.
Jalisco se había vuelto un lugar impenetrable. Ya no lo es. Incluso, se han empezado a publicar reportajes que desvelan las formas de operar de la estructura, principalmente tras el descubrimiento del centro de entrenamiento y reclutamiento forzado en el rancho Izaguirre.
La integración de excombatientes colombianos, mercenarios expertos en explosivos y guerra, el intensivo reclutamiento forzado, el uso de redes sociales para engañar a los jóvenes han quedado exhibidos cada vez más a través de un medio u otro, principalmente los informativos fuera de Jalisco, ante el inminente riesgo que conlleva publicar en el estado.
Las corruptelas y alianzas con políticos y sindicalistas también se han exhibido.
Y aunque aún es el cártel más poderoso de México, no las ha ganado todas. En Michoacán ha avanzado territorio, pero los grupos locales le han hecho frente y han detenido su marcha. En Zacatecas se ha desatado una guerra total y el costo ha sido sangriento. En Guerrero también tienen fuerte presencia.
Ha trascendido que el gobierno federal espera el término de la guerra en Sinaloa para empezar a atacar al CJNG en sus dominios, sin embargo, esa batalla no tiene fecha de caducidad. Y son ellos, los “jaliscos”, como también les nombran, los que envían refuerzos para que esa guerra no termine. Tiene lógica.


