25 marzo,2025 6:31 am

Comparaciones odiosas de la espuma editorial

 

Federico Vite

Algunos libros de narrativa criminal tienen la virtud de retratar de cuerpo completo a los personajes, no como elementos de un melodrama sino como asignaturas vitales con muchísimos matices. Y es cada vez menos frecuente que la literatura amplíe registros, no porque no sea rentable (pensemos siempre en la industria) sino porque es mucho más complejo elaborar textos con esa características y las novelas –las buenas novelas sin adjetivos– exigen tiempo para desarrollarse de manera adecuada. Para madurar. Si no me cree, recuerde la saga de libros –muy parecidos entre sí– de Harlan Coben; bueno, si no lo ha leído, en Netflix hay por lo menos una decena de series basadas en sus novelas. E incluso las series parecen clones. Los libros de Coben se fundamentan en gente que oculta algo (una vida con pasado oscuro) y eso les conduce a otros derroteros, pero el método más socorrido es desaparecer y al final el protagonista vuelve con la solución de un enigma. No demerito esos proyectos, porque este tipo de literatura es un signo de nuestros tiempos y sería estúpido no reparar en lo que proponen, aunque la apuesta sea muy ligera. Tal vez esa sea su virtud. Si comparamos esos textos con otros. Por ejemplo, Hell to pay (Estados Unidos, Warner Books Edition, 2002, 399 páginas), de George P. Pelecanos. ¿Qué pasa?
Hell to pay presenta como un interesante prospecto de investigador a Derek Strange. Es un hombre negro de 50 años que pone especial atención en unos matones que aniquilan a un niño de nueve años. El compañero de Strange es un ex policía, Terry Quinn, católico-irlandés, quien intenta salvar a una joven prostituta de un proxeneta. Pero en el camino se enamora de una de las mujeres que organizan el rescate de la prostituta. Strange atraviesa un periodo difícil con su amante (y secretaria) Janine, pues ella le exige que reconsidere las visitas frecuentes a los salones de masajes. Con esos dos problemas, los personajes principales tienen suficiente, pero la trama los impele a luchar en varios flancos, pues atienden otros casos para ganarse la vida como detectives y la novela, ubicada en las zonas no turísticas de Washington, D.C., focaliza los barrios donde mueren muchísimos niños negros. Asesinan a tantos que la venta de camisetas –con retratos de los difuntos en velorios y en funerales– se ha convertido en una actividad bien remunerada.
La pesquisa no sólo es exhaustiva, sino que de verdad somete al lector a mirar aspectos de la civilización que nosotros, como guerrerenses, entendemos bien: asesinatos, pleitos entre bandas criminales, drogas como último recurso para salir de la pobreza o para tener un poco de seguridad en el barrio, porque quien labora con los que mandan tiene siempre un poco de respaldo.
Pelecanos focaliza un problema, ¿qué pasa cuando un niño muere en una balacera? ¿La policía finge que ayuda y luego aprehende al primero que pasa? ¿Ignora los hechos? ¿Los familiares imparten justicia por mano propia? La escena de la balacera pareciera fortuita, pero está revestida de algo que no se puede resolver de manera sencilla, porque involucra dinámicas de una ciudad, en especial, los códigos de conducta de un barrio conflictivo, pobre y armado, donde cualquiera puede morir por el simple hecho de salir a comprar un refresco o dar un paseo.
Algunos aspectos de Hell to pay me parecieron inusuales en la literatura criminal reciente. Primero, porque los personajes se toman su tiempo: beben café, soda, conversan y el autor orquesta todo eso, olores, frases, canciones con un esquema que nos recuerda viejos frescos de la novela decimonónica. Pelecanos no lleva prisa y su destreza para retratar a los personajes es destacable. Sabemos incluso la manera en la que toma un helado el chico asesinado, conocemos la música que oía, las cosas que le gustaban y el impacto es muy fuerte cuando fallece. Bajo la óptica del detective Strange, siempre hay un motor interno que conduce a la fatalidad, no sólo por las cosas que desea obtener quien comete los delitos, sino porque un barrio determina en gran medida la existencia y el futuro de sus habitantes. Es imposible salir indemne de un sitio armado, con drogas, un barrio en el que se vive en la ilegalidad. Para mala fortuna de los personajes, el daño hecho nunca podrá resarcirse. Los matones también aprenden a ser lo que son a base de sufrimiento. Y eso no lo muestran con tanto poder muchos novelistas, sólo los destacados.
En contraposición a Hell to pay me viene a la mente un libro de Elizabeth Brundage, titulado La apariencia de las cosas (Traducción de Juanjo Estrella. España, Duomo Ediciones, 2018, 499 páginas), en el que la autora estadunidense narra la tragedia de George Claire, profesor universitario que vuelve a casa una tarde y encuentra a su esposa Catherine asesinada en la cama. A pocos metros juega su hija Franny, de tres años de edad. Al parecer no se ha enterado de nada. Esto es lo que George cuenta a los vecinos y sirve de arranque para una historia de intriga. Cada personaje reconstruye los hechos y el regodeo con el daño está bien capitalizado, pero el lector no logra salir de ese juego, no ve un más allá, en especial, porque la trama se regodea con el asesinato. La niña de esta historia no goza de la verosimilitud literaria que logra Pelecanos, pero a pesar de esa pifia elemental, la novela de Brundage ilustra muy bien un hecho: no basta con escribir bien para hacer una estupenda novela. Es decir, no sólo se necesita saber escribir para que la novela proyecte su mundo interno sobre el lector. La buena literatura siempre tiene una dosis de malicia. Y en el caso de La apariencia de las cosas, la astucia literaria es poca. La prosa pierde intensidad cuando supuestamente debería ganarla al describir la brutalidad del asesinato cometido.
Pensando en estos dos autores, me parece que quien mejor comprende el mal es Pelecanos. El proyecto de Brundage, a pesar de que tuvo una muy buena campaña de publicidad, se ha olvidado muy rápido. Sería motivo de otro artículo replantear lo hecho por Pelecanos en varias novelas, pero la que hoy comento abre un panorama interesante, el mal en una comunidad no puede sostenerse si no es con la complacencia o el silencio de muchos. Basta con denunciar para que los eslabones de ese mal pierdan fuerza. Es tan obvia esa premisa que al terminar de leer la novela uno piensa que puede cambiar el alma de su barrio, pero vamos, esa ilusión sólo ocurre cuando un autor es espléndido.
Pienso también que los libros de Coben se fundamentan en una resolución de enigmas que no hacen más grande la experiencia de lo humano sobre la página escrita; al contrario, la reducen a un hecho: la comodidad de haber contado una anécdota, no la de haber recreado el universo interno que todo autor respetable doma para depositarlo en un libro.
Pelecanos sigue vivo y publica con cierta frecuencia. Sus libros se traducen cada vez menos al español porque no habla de narcotraficantes; pero póngalo en una lista, porque si puede conseguir alguna de sus novelas, créame, no se sentirá defraudado de esto que él hace y cada vez es más difícil de hallar: buena literatura criminal. Ya sabe a qué me refiero, no a encontrar culpables o sondear misterios, sino a radiografiar los instantes, los motivos, las carencias, las desilusiones y el odio, pulsiones que convierten en delincuentes a más de uno.
Elizabeth Brundage trabaja en las adaptaciones visuales de sus novelas para convertirlas en series y en películas. Netflix transmite desde hace algunos años Things heard & seen (2021), filme basado en La apariencia de las cosas.

@FederìVite