
El amenazado sitio ubicado en la Montaña de Guerrero podría ser uno de los primeros del continente con arquitectura ceremonial, indica especialista
Martín Equihua / Segunda parte y última
Tlapa, Guerrero, 5 de mayo de 2025. Es probable que el amenazado sitio de Contlalco, ubicado en la Montaña, sea uno de los primeros del continente americano en donde se desarrolló una arquitectura ceremonial, a decir del doctor en Arqueología Gerardo Gutiérrez Medina, quien pudo determinar mediante datación científica, una edad de más de 3 mil años para su primera etapa de ocupación.
Se ha planteado al Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a gobernadores, presidentes municipales, diputados y otras autoridades, “que urge reinstalar el cerco perimetral y brindar vigilancia en Contlalco, pero nada”, señala Alejandro Morales Ibarra, principal promotor de la importancia y urgencia de preservar el complejo arqueológico.
Y es que, si bien la falta de interés gubernamental y social con los vestigios arqueológicos es generalizado, en la Montaña, que es y ha sido culturalmente diversa, se ilustra muy bien esa situación.
En esta tierra agreste se han registrado objetos que revelan la presencia de diversas culturas y tiempos, como la teotihuacana, tolteca, mexica y otras más antiguas, como la olmeca, además de petrograbados y pinturas rupestres, y vestigios, también, de los precursores de los actuales pueblos indígenas del estado.
Y claro que hay una línea explicativa para ese olvido a lo largo del tiempo, pues la sustitución primero, y el abandono y desprecio después, de dioses y lugares sagrados prehispánicos, fue clave del proyecto evangelizador de los invasores europeos. La orden de los agustinos, a la que se encargó la evangelización en la Montaña, fue destacada en esa función sustitutiva de deidades, a través del corredor de conventos a lo largo del río Tlapaneco y otros puntos.
Y como se ha dicho, entre los pocos estudios sobre ese colosal pasado, destaca el Catálogo de sitios arqueológicos de la Montaña y la Costa Chica, publicado en 2007, del citado Gutiérrez Mendoza, quien hizo la búsqueda más sistemática realizada hasta ahora, descubriendo múltiples sitios y objetos, a partir de cruzar información de códices y registros, con visitas de campo y, para entonces, con costosa fotografía area que dejaba entrever los esqueletos petros de las antiquísimas estructuras arquitectónicas prehispánicas.
En algunos casos, como el de Piedra Pinta, de Zapotitlán Tablas, apenas señaló su presencia, mientras que de otros sitios recreó las condiciones en que fueron descubiertos años atrás, como el de Texmelican, en 1933, “producto de un saqueo”, pero que no dejó de ser significativo por los “varios collares y cabecitas de jade y turquesa perfectamente labrados y pulidos; láminas y discos de oro, orejeras de obsidiana translúcidas, cascabeles y anillos de cobre, fragmentos de huesos labrados y otros objetos”, registró el investigador.
En su vasto estudio, el especialista delimitó tres grandes áreas: valles de Tlapa y Huamuxtitlán; Costa Chica y otros puntos de la Montaña, con el propósito de dar cuenta del patrón de expansión del señorío de Tlapa-Tlachinolan, a la llegada de los españoles, y basado en la cronología de conquistas de los códices de Azoyú 1 y 2.
Contlalco y Valle de Tlapa
El valle de Tlapa, con más de 12 kilómetros de longitud, cruzado por el río Tlapaneco, fue escenario de ocupaciones diversas, en tiempos también diversos, según la interpretación de ruinas como el juego de pelota y plataformas indeterminadas de Axoxuca y Xochitepec, pasando por las terrazas de uso agrícola de Atlamajalcingo del Río, Cerro de la Cruz, Ahuatepec Ejido, Cerro Quemado y otros puntos en los que se han encontrado áreas de rituales cívicos y religiosos, áreas de habitación, montículos y variedad de piezas de cerámica.
Destacan las antiguas pirámides de Contlalco, probablemente uno de los primeros asentamientos del continente americano, “el sitio arqueológico más complejo del oriente de Guerrero y del poniente de Oaxaca”, a decir de Gutiérrez Mendoza, y una de las evidencias más tempranas del pueblo guerrerense actual.
Mediante datación científica se pudo determinar que la primera etapa de ocupación de Contlalco ocurrió hace más de 3 mil años, por lo que, la sola antigüedad debería motivar a la acción de quienes deciden el destino de presupuestos públicos.
Se trata de una área con vestigios de ocupación en 85 hectáreas, al oriente de Tlapa, en la ahora colonia Pirámides de Contlalco, y de las cuales, hasta el último registro, sólo quedaban 14, que siguen bajo presión de lotificadores, a pesar de que el ejido cedió el predio mediante asamblea al inoperante INAH.
Incluye montículos piramidales saqueados, plazas, un gran juego de pelota de “74 metros de largo por 16 de ancho”, entre otros vestigios, además de gran cantidad de cerámica, que incluso se ha localizado en todas direccciones, a cientos de metros de la plaza principal, en puntos registrados como domicilios particulares.
Dado que no hay estudios concluyentes de las etapas de ocupación y sus protagonistas, las hipótesis se diversifican. Para el promotor cultural Alejandro Morales, “es posible que se haya desarrollado una cultura propia en la región”, por lo que podría pensarse en una continuidad de territorio y tiempo desde Contlalco, pasando por pinturas rupestres vecinas como en Chiepetlán, por vestigios en los cerros de enfrente, de La Zeta, La Cruz y La Coquera, “que tienen las mismas características, lo que sugiere una misma comunidad cultural”, dice en entrevista.
“Nos han dicho siempre que a la Montaña la llegaron a poblar de otros lugares, pero es posible que desde un principio se haya desarrollado una cultura propia”, considera.
Entre 2011 y 2012 se restauró una pequeña base, “con lo que sobró del cercado”, del cual sólo quedan trozos desgarrados de alambre, y en cada administración se ha pedido apoyo pero “siempre salen con que no hay dinero ni recursos para nada”, lamenta Morales Ibarra.
Máscara de Malinaltepec
Mención especial merece la famosa máscara de Malinaltepec, descubierta en 1921 y depositada desde entonces en el Museo Nacional de Antropología.
Se trata de una pieza de belleza extrema, tallada en piedra, con un toque de mosaico en sus incrustaciones de piedra amazonita, turquesa y concha, y fue encontrada junto a esqueletos humanos en una urna funeraria de barro. Se asocia a la cultura teotihuacana, pero hay quienes señalan rasgos que difieren de ella, por lo que no se tiene un estudio concluyente, salvo que su hechura se realizó en dos periodos distintos, separados por siglos uno del otro, y que habría sido labrada en el primero, con el toque teotihuacano, y llevada al sitio de su descubrimiento en un segundo momento, en el cual se habría dado el toque de mosaico.
Igualmente, los estudios han determinado que la máscara no está emparentada con la estela cultural de los pueblos mixtecos, tlapanecos y nahuas, que hoy permanecen en la geografía montañera de Guerrero.
La máscara representa un rostro humano de “alguna deidad femenina, como la diosa del agua”, labrada en roca cloritita “de color verde oscuro con manchas negras y pequeñas vetas de color pardo”, con un glifo al centro de la frente, que refería a “los conceptos de muerte y renacimiento”, según la versión de la investigadora Elizabeth Jiménez García.
Las placas del mosaico son de amazonita de color azul verdoso, de turquesa y conchas de mar, que en conjunto simbolizaban el agua y la fertilidad.
Así, Malinaltepec, siendo un pueblo me’phaa (tlapaneco), fue centro clave en ese tejido de relaciones a lo largo del tiempo; siendo la etapa mexica la más clara, dada la información de los códices (1 y 2) de Azoyú y otras fuentes que ponen de relieve su función recolectora de tributos, juntos a otros centros como Tlapa, Chiepetlán, Ixcateopan, Atlamajac, Alcozahuca y Totomixtlahuaca, entre otros, que tenían que entregar “dos trajes de guerreros con escudo, 800 mantas decoradas, diez tiras de oro, 20 jícaras con arenas de oro”, y más, según un conocido texto de la investigadora Jiménez García.
Esa función relevante se perdió en el momento cercano al año 1500 d. C, cuando los mexicas eligieron a Tlachinola como el punto concentrador de tributos, al que designaron con el nombre de Tlapa, mientras que, a quienes tributaban de toda la región, les dieron el nombre genérico de tlapanecos.
Piedras mudas, maestros mudos, funcionarios mudos
Sorprende el silencio y la apatía de los profesores de la Montaña. Su activismo podría sacudir esta situación y coadyuvar a develar los mensajes pétreos, y a desandar la historia de abandono que convirtió en piedra muda a la Piedra Pinta de Totomixtlahuaca, a sus caracoles, arañas y vulvas.
Como parte de esa gran batalla por lo derechos culturales de las últimas décadas, es necesario abrir brecha para que el sistema de educación termine por incluir a ese mundo históricamente negado, esa matriz cultural del México Profundo
Tal vez como dice la promotora cultural Andrómeda Jiménez, “en Tlapa nos ha valido madres, porque este es un lugar de todos y de nadie, pero aún estamos a tiempo de rescatar lo que queda, y tal vez eso nos ayude a darnos la unidad que necesitamos para eso y mucho más”, señala, a propósito de que se observa que, por igual, a nadie parece generarle escozor y vergüenza el deterioro ambiental, que se mira grotesco en la obscena desnudez de sus cerros.
Texto: Martín Equihua / Segunda parte y última


