
Ciudad de México, 17 de marzo de 2025.- Cuando le preguntan, la escritora colombiana Piedad Bonnett suele decir que su más reciente libro autobiográfico, La mujer incierta (Alfaguara), nació como una reflexión durante la pandemia de Covid-19, suscitada por la enfermedad y la muerte.
Ahora, sin embargo, mientras atiende a los numerosos compromisos de una larga visita por México, en los que ha tenido que hablar del conjunto de su obra literaria, ha llegado a pensar que, más bien, se trató de otra cosa.
“En realidad, si lo pienso, es posible que este libro yo lo haya estado escribiendo toda la vida a través de mi poesía”, reconsidera, con una claridad que la estuvo eludiendo durante las horas que le dedicó al mismo.
“La poesía es muy íntima, confiesa muchas cosas, y tal vez si tú las rastreas, tú vas viendo estos temas”, conjetura.
Apenas el año pasado, Bonnett (Amalfi, Antioquia, 1951) recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, uno de los más prestigiosos en español, por la totalidad de su obra.
A través de las décadas, entonces, la autora ha ido contando en versos la vida que, en este nuevo libro, ahora se narra en una prosa que no está exenta de elegancia poética y que goza de la perspectiva de los años.
“Yo no me había atrevido a escribir este libro antes, o no había sentido la necesidad, porque no estaba en una edad en que ya pudiera hacer eso. De repente, como que empiezo a envejecer y tú empiezas a mirar hacia atrás, a hacer balances, ¿no? Y de pronto se detona esta cosa”, relata.
No obstante, el libro no es una descarga torrencial de anécdotas en orden cronológico, ni pretende ser un retrato exhaustivo de su autora, sino que busca una resonancia política y social.
“Lo subjetivo, lo íntimo, sólo me interesan en el marco de la experiencia colectiva, del yo dentro de la circunstancia social e histórica”, escribió en la nota al lector.
“La que aquí habla, pues, es una mujer de una generación, que aspira a iluminar, desde la singularidad de sus vivencias, cómo nos determinan el origen, la política, la educación, la religión, el género, el momento”, prosiguió.
Como una mujer latinoamericana nacida en los años 50, encontró que gran parte de sus experiencias formativas estuvieron condicionadas por un machismo que, ahora, le resulta completamente evidente.
“Tiene que ver con el hecho de que yo he hecho conciencia cada vez mayor del machismo en que transcurrí toda la vida”, señala.
“Claro, uno siempre sabe qué tipo de agresiones ha sufrido, pero cuando ya se agudiza tu conciencia y empiezas a sentir indignación por una serie de cosas, pues eso se agolpa y cobra un sentido, porque yo no he sufrido grandes maltratos, pero, pequeños maltratos, muchos, como todas las mujeres, o como casi todas, me imagino”.
Nacida en una familia de estricto control paternal, Bonnett fue enviada de niña a un internado religioso donde intentaron atemperar su espíritu rebelde, descrito aquí como un episodio que tuvo consecuencias profundas que le han durado el resto de la vida.
A partir de sus lecturas recientes, donde las escritoras mujeres afirman cada vez más que lo personal es político, la autora se ha rebelado contra la noción de que el interés literario reside únicamente en las grandes épicas masculinas, como le enseñaron en la Universidad.
En lugar de ello, Bonnett cuenta con honestidad sus problemas de salud, como sus ataques de pánico, las complejidades de ser una madre joven, el envejecimiento de sus padres y los machismos cotidianos de la academia y la vida literaria.
“Para mí lo íntimo siempre ha sido tremendamente natural”, evalúa. “Por dos razones: yo tengo facilidad de confidencia, yo le voy contando a la gente cosas mías con desparpajo; la mayoría de la gente como que no cuenta cosas, pero a mí me gusta, a la hora de que alguien me cae bien y la conversación va por un rumbo, yo de pronto digo alguna cosa muy íntima”, evalúa.
“Por otro lado, también tengo una capacidad de ser brutal con la verdad. Yo puedo decir cosas incómodas, como que en mi naturaleza está eso”, agrega.
Entre la facilidad de confidencia y la honestidad brutal, Bonnett se revela a sí misma como la mujer que declara el título del libro.
“Me miro y yo soy una mujer muy vulnerable, físicamente vulnerable, psicológicamente vulnerable, que la vida también me ha dado golpes que me han hecho vulnerable en ciertos momentos, pero, sobre todo, una mujer sin certezas absolutas”, reflexiona.
“Creo que también es mi manera de estar parada en el mundo, porque, si algo he detestado en los últimos tiempos es el dogmatismo”.
Entre los golpes que le ha dado la vida está el que describe en su libro Lo que no tiene nombre, una crónica personal sobre el suicidio de su hijo Daniel, episodio que, como quizá no podía ser de otra forma, se aborda también en este nuevo libro.
Y es que, bien visto, Piedad Bonnett lleva décadas revelando su vida a los lectores, primero desde la poesía, luego en sus novelas y ahora a través de libros autobiográficos, con una constante.
“Todo a lo que aspiramos los escritores es a tener una voz particular. Recuerdas a (Gabriel) García Márquez y tiene una voz; un poeta como José Watanabe tiene una voz, Wislawa Szymborska tiene una voz y, detrás de la voz, hay un ser humano”, considera.
“Yo creo que aquí el lector ya sabe quién soy yo. Si lee toda mi obra, la poesía, el libro de Daniel, las novelas, que son como cosas más alejadas, y llega a esto, ya saben de alguna manera quién soy yo, ¿no es cierto? Entonces, como que le entrego una parte mía”, concluye.
Con su voz inconfundible, la autora deja en La mujer incierta un testimonio personal que resuena en toda en una generación.
Texto e imagen: Agencia Reforma


