
Texto: DPA / Redacción / Foto: Twitter
Buenos Aires, Argentina, 10 de marzo de 2018. La muerte de un niño de 12 años baleado al parecer por policías mientras viajaba en una moto conmociona en Argentina y se suma a otros hechos que involucran a agentes de seguridad ocurridos en las últimas semanas.
“No me quedan lágrimas. Nos destrozaron la vida. El Negro era un niño maravilloso, lleno de amistades. Y anteayer a la madrugada, a pocas horas de su primer día en la (escuela) secundaria, lo mataron, me lo mataron. Tenía 12 años: 12 años, tenía, ¿entienden?”, interpeló hoy en una carta pública Mercedes del Valle Ferreira, abuela de Facundo, el niño muerto este jueves.
El hecho ocurrió en la ciudad de San Miguel de Tucumán, situada a unos mil kilómetros al norte de Buenos Aires.
Según el relato de los testigos, la policía perseguía a varios motociclistas que habían participado de una carrera clandestina, llamadas “picadas” en Argentina, cuando apareció en escena una moto manejada por un adolescente de 14 años y en la que viajaba el niño.
La autopsia realizada al cuerpo de la víctima determinó que el disparo que le provocó la muerte corresponde a un calibre similar a las que utiliza la fuerza de seguridad, declaró la abuela del niño. La bala ingresó a la altura de la nuca y le destrozó el cráneo.
La imagen del niño tendido en el asfalto y rodeado de un charco de sangre fue publicada por varios medios de comunicación, tanto como la fotografía en la que se lo veía, tiempo antes, sonriente y sentado en la falda de su abuela.

El adolescente que conducía la motocicleta también sufrió heridas de bala, de las que logró recuperarse en un hospital de la zona.
La policía explicó que la muerte del niño ocurrió en medio de un tiroteo.
La fiscal del caso, Adriana Giannoni, ordenó el secuestro de las armas de los policías involucrados en el hecho. Ninguno de los agentes, en tanto, quedó detenido.
La muerte del niño en San Miguel de Tucumán ocurrió poco más de un mes después de que el presidente argentino, Mauricio Macri, diera públicamente su respaldo a un policía procesado por el homicidio de un joven de 18 años que había herido gravemente a un turista estadunidense en Buenos Aires.
“Estoy orgulloso de que haya un policía como vos al servicio de los ciudadanos. Hiciste lo que hay que hacer”, le dijo Macri el 1 de febrero último al agente Luis Chocobar.
Macri recibió al policía en su despacho presidencial para darle “su apoyo”, dijo. El agente también tuvo el aval de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, y del alcalde de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta.
Días después de la reunión trascendieron imágenes en las que se observaba al policía disparando a la espalda del joven ladrón cuando escapaba, desarmado, de la escena del robo.
El aval otorgado por Macri al policía Chocobar derivó en una discusión en Argentina acerca de la legitimidad de la mano dura frente al crimen.
Diferentes organismos defensores de los derechos humanos calificaron desde ese momento al accionar violento de la policía como “la doctrina Chocobar”.
Dos días antes de la muerte del niño en Tucumán, la familia de un adolescente de 17 años denunció que un policía baleó y asesinó a su hijo en la localidad bonaerense de Quilmes, en el sur de los suburbios de Buenos Aires.
La víctima, destacó la denuncia, recibió dos disparos por la espalda cuando habría intentado robarle un teléfono celular al agente involucrado en el hecho.
“Un policía lo mató por la espalda, sin piedad. Lo mató como a un perro”, afirmó Claudio Enrique, padre del adolescente, publicó el diario “Página/12”.
El chico 11 años habría disparado contra los policías
Sin embargo, el caso podría tomar un giro inesperado porque este sábado medios de Tucumán informaron que los dos menores habrían formado parte de una banda de asaltantes.
En una de sus notas que publicó en su versión digital, La Gaceta (de Tucumán) precisó: “El menor de 11 años que murió de un disparo en la cabeza en El Bajo habría disparado un arma en contra de los policías. Así quedó determinado al conocerse que el dermotest que se le practicó había dado positivo”.
El periódico recuerda parte de los hechos: “El jueves a la madrugada, dos policías comenzaron a perseguir a un grupo de jóvenes que se movilizaban en tres motos. Al llegar a la esquina de Francia y pasaje Río de Janeiro, según el informe policial, los sospechosos abrieron fuegos contra los uniformados.
Los agentes respondieron e hirieron de un disparo en la nuca a Facundo Burgos, que murió minutos después y detuvieron a J.A, que conducía la moto en la que viajaban los menores”.
La versión que dieron los parientes de la víctima y el adolescente aprehendido, agrega, se fue debilitando con el correr de las horas. Primero se confirmó a través de las cámaras de seguridad que los chicos habrían formado parte del grupo que escapaba de los uniformados.
Y el jueves se confirmó que el dermotest practicado al adolescente de 14 años también había arrojado resultado positivo.
“Con esos elementos y el testimonio de al menos una persona, Giannoni sospecha que los menores sí atacaron a los policías con armas de fuego. También cree que ese grupo no fue a participar de las picadas que se realizan en la zona del parque 9 de Julio, sino que habría concurrido allí para buscar motos que robar“.
Carta de la abuela que se viraliza en las redes

“MATARON A MI NEGRITO”
* Por Mercedes del Valle Ferreira, abuela de Facundo, asesinado a los 12 años por la Policía.
Ya no me quedan lágrimas. Nos destrozaron la vida. El Negro era un niño maravilloso, lleno de amistades, que no tenía problemas con nadie. Y anteayer a la madrugada, a pocas horas de su primer día en la secundaria, lo mataron, me lo mataron. Tenía 12 años: 12 años, tenía, ¿entienden? Un niño, hermanito de otras dos niñitas, de repente pasó a estar en el hospital Ángel Padilla, tirado en un rincón, con la cabeza destrozada… Era una criaturita, mi criaturita.
¿Cómo se hace? ¿Cómo hacemos? ¿Quién se lleva este dolor? Para colmo, debemos soportar infinidad de historias falsas, circulando por internet o televisión, porque no, nada hubiera justificado lo que hicieron, pero mi nieto no robaba, ni manejaba un revólver, como inventa la Policía.
Había terminado la primaria en la escuela Miguel Lillo con muy buenas notas y estaba por arrancar su nuevo ciclo en la ENET Nº5. Ya tenía todos los útiles, la mochila preparada y su ropa lista. Es más, acabábamos de comprar unos zapatos que no le gustaban para nada, pero los necesitaba para arrancar el colegio. Vivía conmigo y con sus tíos, en mi casa, en el barrio Juan XXIII, conocido como Villa Bombilla, en Tucumán.
El miércoles a la noche, Facu salió en moto con Juan, un amigo dos años más grande, para ir a ver las picadas en el Parque 9 de Julio, como es común acá entre los changos… Al regresar, pasada la medianoche, unos uniformados les dispararon a quemarropa, así, ¡a quemarropa! No existió ningún enfrentamiento. Y en cuanto nos enteramos, salimos corriendo al hospital, donde nos recibieron con mentiras los voceros arreglados con las Fuerzas. “Sufrió un accidente vial”, nos dijeron. Y minutos después, la tomografía nos anunció que había fallecido por el tiro de un arma 9mm.
La versión oficial vino acompañada por un cordón policial, porque “íbamos a generar problemas”. Y entonces inmediatamente fuimos a la Comisaría 1ª, donde nos dijeron que los agentes ya estaban detenidos. Éramos dos mujeres y ellos un montón de hombres, apuntándonos con itakas. Nos ocultaron información y nos sacaron zamarreándonos de los brazos. Ahora, el barrio está lleno de patrullas y, mientras dejo caer estas palabras como lágrimas, comienza una razia en la otra cuadra, bajo la mira de un helicóptero policial que sobrevuela la zona.
El 7 de mayo, Facu iba a cumplir 13. Y sí, soñaba ser como Messi, para poder comprarle una casa a su mamá, que vive en Santa Fe. Allá, él había jugado al fútbol en Unión de Sunchales y tenía pensado volver en unos meses. ¡No podrá! Me parece verlo ahora, jurándonos que algún día nos iba a comprar “una mansión, para poder vivir mejor”. Lo pienso y todavía no entiendo. ¿Cómo que no volveré a ver a mi nieto? ¿Cómo que no volverá a correr hasta mis brazos, gritándome “Pachona, Pachona”? ¿Cómo que lo mataron, si nunca nadie dijo nada malo de mi negrito? No puedo explicar lo que siento aquí, en el pecho. ¡No saben cuántos amigos tenía! No saben cuántos niños había en su entierro.
¡Su entierro!
Ahora sólo nos queda luchar, yendo a Tribunales todos los días, caminando en los pies de todos ustedes, todas las veces que haga falta, porque nosotros no tenemos plata, pero tenemos dignidad. No entendemos y nunca podremos entender por qué hicieron lo que hicieron, pero no van a detenernos hasta que no se haga justicia, para que mi nietito pueda descansar en paz. Yo sigo llorando. No puedo parar. Siento un dolor inmenso, que ya no puedo calmar con sus abrazos…
Te juro, mi negrito, que no voy a bajar los brazos.


