28 febrero,2018 6:55 am

Crisis renacentista y literatura / 2

POZOLE VERDE

 

 José Gómez Sandoval

…es don Dinero

El arcipreste de Hita acusa especialmente al autoritarismo y a la corrupción que se daba en el ámbito eclesiástico. Muchos años después, más maduro el idioma español y más delineado el amplio e influyente poder económico (con frecuencia alternado con “la pobreza”), Luis de Góngora escribiría una letrilla en la que, combinando ciertas cualidades o virtudes sociales con las más verdaderas y contundentes del dinero, juega al estribillo con las palabras verdad y mentira. Escribe, por ejemplo:

Dineros son calidad,

¡verdad!

Más ama quien más suspira,

¡mentira!

Cruzados hacen cruzados,

escudos pintan escudos,

y tahúres muy desnudos

con dados ganan condados;

ducados dejan ducados,

y coronas Majestad,

¡verdad!

Como otras, esta estrofa parece escrita ayer:

Todo se vende este día,

todo el dinero lo iguala:

la Corte vende su gala,

la guerra su valentía:

hasta la sabiduría

vende la Universidad,

¡verdad!

A la mitad de la confrontación verdadmentira de la letrilla, el introductor visible del “nuevo” lirismo italiano en España se acordó de la “mordaza” inquisitorial con dedicatoria a los pobres:

No ha persona que hablar deja

al necesitado en plaza;

todo el mundo le es mordaza,

aunque él por señas se queje;

que tiene cara de hereje

y aun fe la necesidad,

¡verdad!

Ante la despoblada Castilla, que se debate entre situaciones de hambre pues el oro y la plata que vienen de “las Indias” o “Nueva España” sólo sirven para enriquecer a Italia y otros países europeos, Francisco de Quevedo y Villegas dedicaría más de una sátira poética al ubicuo poder del dinero. En “Poderoso caballero” va directo:

Nace en las Indias honrado,

donde el mundo le acompaña;

viene a morir en España

y es en Génova enterrado.

Y pues quien le trae al lado

es hermoso, aunque sea fiero,

poderoso caballero

es don Dinero.

Por ahí, dice:

Es galán y es como un oro;

tiene quebrado el color,

persona de gran valor,

tan cristiano como moro.

Y pues da y quita el decoro

y quebranta cualquier fuero,

poderoso caballero

es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra ,

¡mirad si es harto sagaz!,

sus escudos en la paz

que rodelas en la guerra.

Pues al natural destierra

y hace al propio forastero,

poderoso caballero

es don Dinero.

 

Miré los muros de la patria mía

Según Fernando Lázaro Carreter, “Amor constante más allá de la muerte” es el mejor soneto que se haya escrito en lengua española. Para otros, como poeta, su autor está a la altura de Cavalcantti o del Shakespeare de los sonetos. Hay quienes consideran a Francisco de Quevedo “poeta metafísico”, y quienes lo ponderan como el creador de la más brillante novela picaresca (por El Buscón). Sus sátiras abarcan todo lo que se mueva en sociedad. Con frecuencia, éstas, como algunos de sus poemas, resultan síntesis nostálgicas de los valores españoles perdidos o en entredicho. A Quevedo no le gusta (como a Góngora) el distanciamiento estético; es tan directo que llega a preguntar:

¿No ha de haber un espíritu

/ valiente?

¿Siempre se ha de sentir

/ lo que se dice?

¿Nunca se ha de decir

/ lo que siente?

Hoy sin miedo, que libre

/ escandalice,

puede hablar el ingenio

/ asegurado

de que mayor poder

/ te atemorice.

Otros estudiosos han señalado que Francisco de Quevedo añora la poderosa España medieval y sus virtudes, acaso porque él mismo, cortesano, descendía de la pequeña nobleza (aunque murió, pobre, en un convento). Las estructuras feudales no se habían ido totalmente y Quevedo extrañaba la estructura orgánica que suponía en ellas; así escribe: La robusta virtud era señor, / y sola dominaba al pueblo rudo; edad, si mal hablada, vencedora. Ante la España derrotada (por mar y tierra) y pobre, “Enseña cómo todas las cosas avisan de la muerte” en uno de sus sonetos memorables. Lamento que, para que quepan en la columna, cada verso venga en dos partes:

Miré los muros /

de la patria mía,

si un tiempo fuertes,

/ ya desmoronados,

de la carrera de la edad

/ cansados,

por quien caduca ya

/ su valentía.

Salíme al campo: vi que

/ el sol bebía

los arroyos del yelo

/ desatados,

y del monte quejosos

/ los ganados,

que con sombras hurtó

/ su luz al día.

Entré en mi casa; vi que,

/ amancillada,

de anciana habitación

/ eran despojos:

mi báculo, más corvo y

/ menos fuerte;

vencida de la edad

/ sentí mi espada.

Y no hallé cosa en que

/ poner los ojos

que no fuese recuerdo

/ de la muerte.

Quevedo hizo propias las contradicciones de la época y su nobleza de miras y su reaccionarismo lo hicieron preguntarse por la brevedad de la vida y la latente proximidad de la muerte. En lo que medita sobre la vida, su intromisión entre el ser y la muerte cobran fuerza:

Ya no es ayer; mañana

/ no ha llegado;

hoy pasa, y es, y fue,

/ con movimiento

que a la muerte me lleva

/ despeñado.

Azadas son las horas

/ y el momento

que, a jornal de mi pena

/ y mi cuidado,

cavan en mi vivir

/ mi monumento.

Polvo enamorado

En el torbellino existencial, sólo el “amor constante”, una especie de voluntad íntima y sensitiva, salva al asceta, angustiado y terco Francisco de Quevedo de la muerte:

Cerrar podrá mis ojos

/ la postrera

sombra que me llevare

/ el blanco día,

y podrá desatar esta alma

/ mía

hora a su afán ansioso

/ lisonjera;

mas no de esotra parte

/ en la ribera

dejará la memoria en donde

/ ardía;

nadar sabe mi llama el agua

/ fría

y perder el respeto a ley

/ severa.

   Alma a quien todo un dios

/ prisión ha sido;

venas que humor a tanto

/ fuego han dado,

medulas que han

/ gloriosamente ardido,

   su cuerpo dejarán,

/ no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrán

/ sentido,

polvo serán, mas polvo

/ enamorado.

Huérfano de Dios

Para otra pozolada dejamos a Calderón de la Barca, y a los poetas ascéticos y a los místicos, que vivieron y expresaron el espíritu de la época a su particular modo, unos (como Fray Luis de León, encarcelado por la Inquisición) admirando la vida con mirada platónica, otros (como San Juan de la Cruz, aprisionado por su propia congregación religiosa) planteando una “escalera al cielo” y llevando a la acción vivida, sobre un papel, en busca de Dios, a través de la poesía, lo inefable.

La página se acaba con Félix Lope de Vega (1562-1635), quien por su desmedida creatividad sigue siendo conocido como Monstruo de la Naturaleza y Fénix de los Ingenios. Menos se sabe que fue familiar de la Inquisición y que en sus obras teatrales hasta la rebelión colectiva (Fuenteovejuna, ¡todos a una!) tiende a fortalecer el orden imperial. La demostración científica de que la Tierra no era el centro del Universo (ni terminaba en un abismo, como aseguraba la Iglesia católica) tambaleó la creencia de que el rey era el centro del mundo y relativizó la legitimidad “divina” del poder. Lope escribió sonetos magistrales “a lo divino”, pero en el que sigue, no sólo el dramaturgo y poeta genial, sino también el sórdido e influyente ejecutivo de la Inquisición se hubiera quedado sin Dios, en un sórdido rincón de su conciencia:

Si fuera de mi amor verdad

/ el fuego,

él caminara a tu divina

/ espera;

pero es cometa que corrió

/ ligera

con resplandor que se deshizo

/ luego.

“¡Qué deseoso de tus brazos

/ llego

cuando el temor mis culpas

/ considera!

Mas si mi amor en ti no

/ persevera,

¿en qué centro mortal tendrá

/ sosiego?

Voy a buscarte, y cuanto más

/ te encuentro,

menos reparo en ti, Cordero

/ manso,

aunque me buscas tú del alma

/ adentro.

Pero dime, Señor: si hallar

/ descanso

no puede el alma fuera de su

/ centro,

y estoy fuera de ti,

/ ¿cómo descanso?