24 agosto,2020 5:19 am

Cuando la realidad supera la ficción

Silvestre Pacheco León

 

El hombre de 45 años viajaba aquella tarde fría en una camioneta que salió del exclusivo complejo residencial de La Zagaleta en Málaga, España. Iba con la intención de dejar por un rato el encierro en el que vivía escondido desde ocho meses atrás cuando huyendo de México supo de la  orden de aprehensión en su contra girada a la Organización Internacional de la Policía Criminal,  la famosa Interpol, que lo busca hasta debajo de las piedras.

Emilio Lozoya Austin no quería seguir escondiéndose, dicen que dijo después de su detención el que había sido director general de Pemex durante el gobierno de Enrique Peña Nieto y luego se convirtió en el símbolo del funcionario corrupto y ambicioso que trató de esconderse para no pisar la cárcel como castigo por los delitos de cohecho, asociación delictuosa y operación con recursos de procedencia ilícita. Dicho en palabras llanas, acusado por recibir dinero como funcionario público como parte de una red de delincuentes que se aprovechaban de Pemex para saquearlo otorgando contratos ventajosos a empresas que operan bajo esquemas de corrupción.

El hombre de 45 años de edad, de familia rica, economista educado en Harvard, se mostraba desesperado porque cargaba en su pesar que su madre, de 70 años, Gilda Austin había sido detenida en Alemania acusada de asociación delictuosa, mientras su esposa Marielle Helene Eckes era buscada por la policía acusada porque adquirió una costosa casa en Ixtapa con recursos provenientes de un soborno del presidente de Altos Hornos de México Alonso Ancira, beneficiario de un sobreprecio que recibió de una planta chatarra que Pemex adquirió para producir fertilizante, y su hermana de 21 años, Gilda Susana, investigada por haberla involucrado en sus negocios ilícitos como prestanombres para recibir en sus cuentas depósitos millonarios que se usaron para la adquisición de una residencia familiar en el barrio de millonarios Las Lomas, de la Ciudad de México.

En esas circunstancias el hombre detenido por la policía española había estado  buscando la manera de negociar con el gobierno de México ofreciéndole denunciar toda la trama de corrupción en la que participó, “presionado” y “amenazado” –dijo– por personajes que se comprometió a señalar, además de descubrir los sobornos recibidos para la campaña electoral de Enrique Peña Nieto de la empresa brasileña Odebrecht, a cambio de otorgarle contratos de Pemex  cuando los priístas se hubieran hecho del poder, así como los pagos que le ordenaron para los políticos que negociaron su voto en el Congreso aprobando la reforma energética con la que ese gobierno pretendió entregar la paraestatal a los particulares.

Aceptado como testigo colaborador por el gobierno mexicano interesado en conocer y difundir la confesión del ladrón, éste ha contado con detalle lo que ya se ha  difundido por las redes sociales sobre la manera de operar de la mafia que controlaba al Estado mexicano. Lo que narra supera la más audaz y creativa de las imaginaciones. Las películas que se han hecho sobre el poder corruptor de los narcos para el libre trasiego de drogas y el de las organizaciones criminales que se dedican a la extorsión, el secuestro y el robo, palidecen frente a la realidad que cuenta este hombre educado en el extranjero, empleado en el Banco Interamericano de Desarrollo del 2003 al 2006, quien comenzó su carrera política en el 2012 como responsable de las relaciones internacionales del equipo del candidato presidencial Enrique Peña Nieto y recibió en premio la dirección de Pemex del 2012 al 2016, año en que la Secretaría de la Función Pública lo inhabilitó por diez años, acusado de haber mentido en su declaración patrimonial porque encontró una cuenta bancaria a su nombre con cientos de miles de pesos como saldo.

Poco tiempo después los propios funcionarios de Odebrecht llevados a la justicia en Brasil  declararon que el mexicano había recibido 10 millones de dólares a cambio de contratos que después obtuvieron de Pemex.

Las revelaciones del ex funcionario de Peña Nieto confirman lo que ya muchos sabíamos, que el jefe de toda la trama se llama Carlos Salinas de Gortari quien no encuentra suficiente entretenimiento en los voluminosos libros que escribe y se da tiempo para demostrar que la verdadera ambición no conoce ni ideologías ni partidos, por eso habla y negocia también a nombre de los panistas recomendando a sus diputados y senadores exigir dinero al gobierno a cambio de sus votos para aprobar la reforma energética.

Muchos conocen el chiste publicado por El Chamuco en aquellos años donde aparecía Carlos Salinas de Gortari como gobernante pensando en hacer algo verdaderamente grande para ser recordado y lo que se le ocurre deja pasmado al propio demonio cuando escucha que la idea del presidente consiste en hacer pobres a todos los mexicanos y entonces satanás apenado reconoce que aquel hombre le gana en maldad y perversidad.

Emilio Lozoya narra al respecto que el ex presidente le exigió el pago de 15 millones de dólares a la empresa TRESE, propiedad de su hijo Juan Cristóbal, dueño de una plataforma petrolera cuyo contrato se le había cancelado cuando en ella se produjo una explosión con pérdidas humanas debido a la falta de mantenimiento que debió dar dicha empresa, y agrega que Carlos Salinas era sumamente exigente en su demanda, tratando como a sus enemigos a quienes no le hacían caso.

Los negocios que los priístas hacían con los contratos de Pemex ni siquiera tenían límite en las cifras de los ingresos petroleros. No les importaba endeudar a la empresa. Al contrario, querían quebrarla porque aspiraban a que fuera pretexto para entregarla completa a los particulares. Por eso el priísta David Penchyna, senador por el estado de Hidalgo y presidente de la Comisión de Energía del Senado durante el gobierno de Peña Nieto insistía con tanta elocuencia en la afirmación de que el peor negocio para la 4T era invertir dinero en Pemex confiado en que lo harían mejor las trasnacionales.

Todo lo que ha confesado Lozoya Austin confirma también que en la trama había un sistema judicial a modo, construido para garantizar la impunidad de los delincuentes al servicio de la mafia, y conociendo ya el camino para financiar sus campañas los priístas creían asegurado el control electoral de por vida, por eso se confiaron en que distraídos y asustados con el huachicoleo y el número de muertos por la violencia generalizada en el país, los mexicanos viviríamos en la resignación y que el hartazgo por el sistema corrupto lo soportaríamos por generaciones.

Los perdió su ambición y ahora están frente al hartazgo y el coraje de los mexicanos que quieren ver tras las rejas a los responsables de la enorme desigualdad en la que se encuentra la mayoría de los mexicanos.

Los mexicanos han mandatado al gobierno de la 4T para combatir a fondo la corrupción  hasta llegar a los estados y municipios, porque solo entonces podremos hablar de que estamos creando el piso parejo donde solo la virtud y el trabajo haga distingo.