
Texto: Roberto Fonseca, Apro / Foto: EFE
Managua, Nicaragua, 22 de julio de 2018. En los alrededores del viejo estadio nacional de béisbol de la capital nicaragüense está el Parque Museo de la Victoria Sandinista Carlos Fonseca, espacio plagado de fotos y leyendas históricas, orientado a que los visitantes conozcan la historia del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), desde su fundación en 1962 hasta la etapa final de la insurrección contra el dictador Anastasio Somoza, en 1978 y 1979.
Pero ese museo no se ajusta a la verdad histórica. Daniel Ortega, presidente de Nicaragua por segunda vez en los últimos 11 años y secretario general del FSLN desde 1994, aparece omnipresente en los paneles, dirigiendo y combatiendo en casi todos los frentes guerrilleros.
Lo cierto es que luego de su liberación –era preso político– por un comando del FSLN en 1974, Ortega permaneció primero en La Habana y luego en la capital costarricense hasta que la guerrilla tomó el control de la ciudad de León; entonces volvió a la cabeza de la Junta de Gobierno Provisional que entró triunfante a Managua el 19 de julio de 1979.
Uno de los protagonistas de esa acción de liberación es el comandante Luis Carrión Cruz, miembro de la Dirección Nacional del FSLN hasta 1995, quien entre abril y julio de 1979 dirigió el Frente Guerrillero Oriental Carlos Roberto Huembes.
“El FSLN y el orteguismo se fusionaron; no existe FSLN separado de Ortega. Él destruyó al FSLN como partido, lo convirtió en un instrumento de su poder y de su familia. No tiene órgano de dirección, no hay debate, no hay grupos decisorios, no hay nada. Sólo existe su voluntad y todos los demás son ejecutores, operarios, de sus órdenes”, comenta Carrión en entrevista.
Agrega: “El FSLN no tendría vida después de Ortega, excepto que algunos sectores sanos puedan agruparse y reconstruir un FSLN que no sea orteguista; pero es una gran incógnita si eso va a pasar o no”.
Carrión se integró al FSLN en 1972 y en marzo de 1979, en vísperas de la ofensiva final contra Somoza, se incorporó a la Dirección Nacional Conjunta, integrada por nueve comandantes.
Ese fue el máximo órgano de dirección en el FSLN al triunfo de la revolución, hasta que en 1994 Ortega se erigió como su único líder.
El martes 17, cuando en Nicaragua se celebra el Día de la Alegría (en esa fecha, en 1979, Somoza huyó del país), Ortega concluyó la ofensiva contra el barrio indígena de Monimbó, el último bastión de la rebelión cívica iniciada tres meses antes.
El operativo se inició hacia las 06:00 horas y a mediodía las fuerzas orteguistas –gracias a su superioridad numérica y de poder de fuego– tenían bajo control al aguerrido Monimbó, en la ciudad de Masaya.
Ese día en las redes sociales oficialistas se viralizó el hashtag #DanielSeQuedaChallenge, en el que se ven tuits de militantes, simpatizantes, policías y parapolicías encapuchados y bailando una cumbia llamada Aunque te duela, en la que le gritan vivas a Ortega y reiteran que permanecerá en el poder, porque “el pueblo está con él”, como dice uno de los estribillos de la pieza.
Hasta el martes 17 la Comisión Interamericana de Derechos Humanos contabilizaba ya 285 muertos, la mayoría civiles.
“Ortega decidió acabar con la protesta a sangre y fuego. La represión es su manera de resolver la crisis. Pero, la inmensa mayoría del pueblo está repudiando a Ortega y al FSLN, porque se ven como una y la misma cosa. Por eso digo que la caída de Ortega significará la caída del FSLN”, afirma Carrión.
Desde abajo
Tras la derrota electoral de 1990 frente a Violeta Barrios de Chamorro, Ortega entendió que para volver al poder debía apropiarse primero del liderazgo del FSLN, desplazar a cualquier potencial adversario interno y tejer una imagen de líder único y combativo, “gobernando desde abajo”, encabezando las luchas sociales y políticas contra el gobierno de transición de la viuda de Pedro Joaquín Chamorro.
Henry Petrie, excoordinador nacional de la Juventud Sandinista 19 de Julio y exsecretario de organización del FSLN de Managua, recuerda que tras la derrota de 1990 –en la que Barrios venció con 54.7% de los votos– hubo una deserción de dirigentes, cuadros políticos y militantes del FSLN, lo que tuvo el impacto de un tsunami político.
“Fue una estampida de cuadros, tanto dentro de la Juventud Sandinista como del Frente, pero fue más dramático en el partido. Muchos compañeros abandonaron las estructuras, así que fueron reemplazados por combatientes históricos, con disciplina y trayectoria militar, que rápidamente reconocieron el liderazgo de Daniel (Ortega) y se subordinaron a su voz de mando”, refiere en entrevista.
Para cohesionar al sandinismo, que todavía estaba pasmado por la derrota electoral, Ortega dirigió la lucha social en las calles. La primera acción llegó el 15 de mayo de 1990, cuando enarboló la exigencia de aumentos salariales para los trabajadores públicos organizados en la Unión Nacional de Empleados, brazo gremial del FSLN.
“Las calles de Managua comenzaron a llenarse de grupos o piquetes de sandinistas de todas las organizaciones de base… Bloquearon el tránsito con pilas de llantas en llamas y levantaron barricadas con adoquines y chatarra. Las consignas, las pañoletas cubriendo las caras y los puños en alto parecían atizar llamaradas de una nueva insurrección”, escribió entonces Antonio Lacayo –ya fallecido y quien fuera ministro de la Presidencia en el gobierno de Barrios– en su libro ‘La difícil transición nicaragüense. En el gobierno con doña Violeta’.
Posteriormente, el 6 de julio del mismo año, Lacayo refiere en su libro que estalló una segunda asonada, esta vez promovida por Ortega mediante el Frente Nacional de los Trabajadores (FNT), brazo también del FSLN.
“Ortega optaba constantemente por ‘montarse en la ola’, poniéndose siempre al lado de los que protestaban, tuviesen o no la razón. Me quedó la impresión que Daniel nunca valoró la paz. Más importante para él parecía ser el mantener su liderazgo sobre la maquinaria sandinista. No importaba que esto fuese a costa de la estabilidad nacional”, escribió Lacayo.
Y ahora Dora María Téllez, quien dirigió en 1978 y 1979 la insurrección en la ciudad de León y luego la liberación y proclamación de esa ciudad como “Capital de la Revolución”, concluye: “Daniel demolió el FSLN. No hay dirección colectiva, no hay congresistas, no hay debate interno y se consagró como dictador del Frente, al concederse la facultad de escoger y nombrar a su compañero de fórmula presidencial en 2016 y escoger a Rosario Murillo, su esposa. Ahí confirmó que no conoce límites”.
Tras tres meses de protestas y de lucha cívica, que se iniciaron en reclamo de una reforma a la seguridad social y derivó luego en la demanda de la salida de la pareja presidencial del poder a causa de la brutal represión, Téllez está convencida de que Ortega tiene los días contados al frente del país.
“El futuro del FSLN va a depender de Daniel Ortega, pero también de la decisión que tengan los líderes dentro de esa organización. Pero creo que el orteguismo va a morir, como fenómeno estructurado, organizado, así como desapareció el somocismo como aparato de poder. El orteguismo está totalmente condenado a muerte y quien lo ha condenado es la propia familia Ortega Murillo”, concluye Téllez.


