6 marzo,2025 5:59 am

Desdendenantes II: Los años de Acapulco

 

Anituy Rebolledo Ayerdi

Poema a Acapulco

El poeta y compositor Fernando de Valenzuela es traído engrillado al puerto para de aquí ser enviado a un presidio filipino. Allá purgará una condena de 10 años de reclusión, todo por haber escrito una letrilla picaresca en la que adjudica bigotes a la señora virreina. Encerrado en la Real Fuerza (Fuerte de San Diego) esperará la llegada de algún barco de Filipinas.
Desde su llegada y por ser reo de conciencia, Valenzuela capta las simpatías de un grupo de artistas porteños, quienes lo aprovisionan de comida y ropa así como de artículos de escritura. Él, por su parte, agradecerá tantas bondades con endechas (poema de cuatro versos de seis sílabas) y canciones dedicadas a sus mecenas. Presintiendo la llegada de la nave que lo llevará al presidio, Valenzuela le dedica al puerto un poema en el que habla de su naturaleza salvaje y su gente buena. ¿El primero de miles?
Sorpresa grande para los amigos de Valenzuela se dará 10 años más tarde, cuando lo vean descender del galeón Santo Niño y Señora de la Guía (18 de diciembre de 1689). Su presencia será breve pero suficiente para reavivar afectos y agradecer las únicas bondades recibidas en toda su vida, según su expresión
Los amigos del poeta preso una década por escribir una rima ridiculizando a la Soberana, recibirán tres años más tarde a noticia de su muerte a causa de una patada de caballo.

Naufragio en la bahía

Una severa tormenta tropical hace zozobrar en plena bahía de Acapulco a la nao Nuestra Señora de la Concepción, al mando del capitán Francisco Lizardo y cuyo rescate estará a cargo del capitán de la fragata Santa Isabel, Ignacio Figueroa.
El propietario de la nave afectada, Jorge Rodrigo de Lisboa, recurrirá a los servicios de Bartolomé Gallardo, reputado como el mejor constructor de embarcaciones de Acapulco. A los pocos días la Santa Isabel saldrá del astillero “como nueva”, según comentario de su propietario.

La Virgen de la Paz

Michoacano con residencia de varios años en Acapulco, don Felipe Espinosa se dedica a comerciar con vino que transporta desde la capital novohispana. Lo hace en barricas a lomo de mula.
Hombre devotísimo, don Felipe adjudica el éxito de su negocio a Nuestra Señora de la Salud, de Pátzcuaro, cuyas bendiciones se propone compartir con católicos de otros mundos. Sin comentarlo con nadie, don Felipe descuelga de la cabecera de su dormitorio una hermosa imagen de la Virgen de la Salud, pintada especialmente para él. La envuelve cuidadosamente en lienzos y con ella se dirige al muelle de la nao de Manila. Sabe que ese día zarpará una y que no faltarán frailes entre sus pasajeros. Su propósito es entregar la imagen a uno de ellos, con la súplica de que sea colocada en algún templo filipino para que llene de bendiciones a sus feligreses.
La encomienda la recibe Fray Pedro de las Llagas, quien viaja con cuatro frailes franciscanos como él, con destino a la evangelización asiática. ¿Cumplió el monje franciscano con el encargo del vinatero michoacano? Hay quienes dicen que sí y lo prueban con la existencia en Filipinas de una parroquia dedicada a la Virgen de Pátzcuaro, ahora en su advocación de Nuestra Señora de la Paz.

Contador honrado

Muere aquí el más antiguo contador del Tribunal de Cuentas de la Nueva España, Francisco Tirol Monte, quien se desempeñaba como Oficial Mayor de la Contaduría Real de Acapulco.
Hombre muy devoto, es sepultado en el camposanto de los franciscanos (Las Crucitas) y durante las exequias se exalta su honradez acrisolada, en medio de una burocracia corrupta y voraz. Se comentará entre los asistentes que su cargo era a perpetuidad, otorgado por el virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Alburquerque, Grande de España, Marqués de Cuéllar y Conde de Ledesma, quien, por cierto, había muerto al tragarse una espina de cuatete.

Jubilado

Don Miguel Gallo llega al puerto directamente de España para ocupar los cargos de Castellano de la Real Fuerza, Alcalde Mayor y Capitán de Guerra de Acapulco, en relevo de Fabián Dávila Salazar, quien había quedado engarrotado a causa de la artritis reumatoide. Éste, a su vez, había sustituido a don Antonio Polo y Navarro, muerto en circunstancias misteriosas y no tantas porque para muchos la hechicería había tomado la forma de guadaña.
Quienes así lo aseguren, culparán al negro mandinga, agraviado porque el alcalde Polo había perjudicado a una de sus sobrinas. No faltarán, a propósito, las lenguas viperinas que aseguren que el arrecho don Polo había muerto al intentar el salto de tigre en el dormitorio de la chiquilla. Versiones que erizaban los pelos de la familia Polo y Navarro para quien don Antonio había sido un católico fervoroso, un hombre incorruptible y un padre ejemplar.
Pronto todas las plegarias y elogios para don Polo quedarán anulados, cuando la Real Hacienda dé a conocer el resultado de la auditoría a su administración. El faltante de 10 mil pesos, destinados al artillado del Fuerte de San Diego, será recuperado incautando los bienes de su familia. La pregunta que se haga por mucho tiempo en Acapulco, fue esta: “¿¡En que gastó tantísimo dinero un viejo tan miserable y agarrado como Polito!?”.

Los cuiloni

El 6 de noviembre de 1658 se ejecutan en la capital de la Nueva España, las sentencias dictadas por el Santo Oficio contra 15 varones acusados de sodomía, cuya pena es la hoguera. Sólo uno de ellos, por minoría de edad, recibirá 200 azotes para luego cumplir una condena de seis años de prisión.
La mañana de aquél día –narra el cronista– la población entera de la ciudad se agolpa en la ruta que lleva al “brasero” de San Lázaro. Atestigua burlona y soez el paso de 1a cuerda formada por 15 aterrorizados mocetones –indios, mulatos y un español– todos ensogados por el cuello. Un mulato encabeza la procesión por ser el alcahuete mayor y a quien todos llaman “señora grande”, Cotita de la Encarnación para la clientela del lupanar.
Cotita, describe el cronista –es el más guapo y aseado de todos– representa unos 40 años y acostumbra a vestir como indio. Dijo llamarse Juan Galindo y resultó ser el precursor de un sistema de comercio carnal practicado hoy día en todo el planeta. Cotita ofrecía la “mercancía”, la contrataba y concertaba el encuentro de la pareja en sitios convenidos, con la oferta de privacidad y pulcritud.
Camino a la muerte, los 14 sométicos (contracción esdrujulizada de sodomita) marchaban como autómatas siguiendo a la guardia a caballo de la Santa Inquisición. Llevaban en la mano derecha un enorme cirio apagado. Vestían sambenitos (sacos de paño amarillo con cruces encarnadas adelante y atrás), recibiendo aterrorizados la befa y el escarnio de la multitud:
–¡Cuiloni, cuiloni, cuiloni, cuiloni –era el grito unánime.
Si hemos de creerle al maese Bernal Díaz del Castillo, este fue el grito los mexicanos correteando a los soldados españoles, aquella noche en la que Cortés lloró precisamente como un cuiloni. La cuerda de sométicos marcha hacia el crematorio. Camina por la calle de Argentina y pasa frente a la casa de la marquesa de Villamayor, tomando luego la vía recta hacia la albarrada de San Lázaro, a la que llega muy pronto.
Cotita de la Encarnación es el primer somético en pasar al crematorio, y detrás de él, el resto de los sentenciados. El último de ellos pasará a las 8 de la noche, hora en la que los alguaciles dejan de atizar el fuego, siempre en medio del alegre jolgorio popular.
La muerte de Cotita tendrá repercusiones por toda la información obtenida de ella mediante tormentos aplicados por salvajes aguaciles. Dictará nombres de por lo menos medio centenar de clientes pertenecientes a la más alta jerarquía novohispana. Figurarán en tal relación personajes de la corte virreinal, incluso sacerdotes y generales del Ejército del Rey. Todos ellos, en opinión del sapientísimo Fray Bernardino de Sahagún, eran sujetos nefandos, abominables y detestables.

Cecilia, La Saurina

Bondadoso, el fraile dominico Domingo Martínez pone a disposición de las autoridades administrativas del puerto a la mulata Cecilia La Saurina, cuando debió entregarla al Santo Oficio por estar acusada de tener pacto con El Maligno.
Todo porque la mujer había previsto la suerte de un galeón de Manila, cuya tardanza rebasaba todos los precedentes. Mientras que todo Acapulco ubicaba a tal nave en el fondo del mar, víctima de una naufragio o bien en manos de terribles piratas, Cecilia sostenía: “la nave llegará, desarbolada y con la tripulación menguada, pero ¡llegará… llegará… llegará!”.
Y que va llegando la nave como anticipaba Cecilia. Se trataba de la nao San Nicolás Tolentino, que, efectivamente, venía desarbolada y con la tripulación menguada a causa de un ataque pirata.
Cecilia La Saurina se salvará de la hoguera pero no de una azotaina en sus partes nobles, acusada de practicar ritos diabólicos. Son tan generosas, opinará el fraile dominico, que ni sentirá los azotes.

Tabaco

A mediados de 1634 llegan al puerto noticias procedentes de la lejanísima Rusia, relacionadas con la prohibición del tabaco y las duras penas para los infractores. El consumo del tabaco había sido difundido en el mundo por los piratas ingleses.
Fumar en Acapulco no era delito y mucho menos pecado, como en otras latitudes del mundo. El porteño Martín de las Heras le ha dado al clavo al instalar en su ventorrillo un espacio exclusivamente para fumadores. No faltarán, sin embargo, quienes denuncien que aquello es en realidad un opiorium donde chinos y malayos “viajan en galeones voladores o luchen contra dragones azules”.
Las noticias sobre el particular se refieren a un decreto del zar de Rusia prohibiendo en sus amplios dominios el consumo de tabaco. Respalda la prohibición la iglesia ortodoxa, con el añadido de que fumar tabaco e inhalar rapé son pecados mortales.
Se explicitan los castigos para los expendedores y fumadores de tabaco. A la primera infracción corresponderá el desprendimiento de la nariz y a la segunda corresponderá el degüello. No había tercera.
Casi 30 años atrás, el rey Felipe II de España había prohibido el cultivo del tabaco en sus dominios ultramarinos, pero no por razones religiosas. Pretendía acabar con el dañino monocultivo, aunque pronto dará marcha atrás.

Cañón y cacao

Júbilo en la población ante el anuncio del alcalde mayor Fernando de Arzeta sobre la adquisición de un “cañón 18” para la defensa del Fuerte de San Diego y cuya fundación se procesa en Filipinas. Y sobre el cual presume que será capaz de partir en dos a la más poderosa embarcación pirata. “Eso si le atinan”, comentan en el Malecón.
El alcalde Arzeta, quien tiene en su haber las gestiones para restablecer el comercio entre España y Perú, sin fruto aparente, hace cumplir la cédula que autoriza la exportación de cacao a través de este puerto.
En Acapulco, a propósito, se consumía desde la Conquista una bebida a base de cacao llamada atextli, famosa por sus virtudes afrodisíacas y en su receta intervienen 100 gramos de cacao tostado, perfectamente molido y cantidades generosas de mercaxóchitl, zochinacaztli y tichilt. Moctezuma lo ofrecía a sus invitados e invitadas. (Urgidos: consultar un diccionario de aztequismos).