
Federico Vite
Algunas de las preocupaciones recientes de mis actividades de relectura tienen que ver con la forma en la que se perciben ciertos textos conforme pasa el tiempo. Jonas ou l’artiste au travail (Francia, Gallimard, 2015, 121 páginas), del autor francés Albert Camus, propone una interesante percepción de dos géneros de narración breve: el cuento y la nouvelle. Este caso es atractivo porque exige una revisión del punto de vista editorial de cierta época. Por ejemplo, L’exile et le royuame (El exilio y el reino) fue publicado por primera vez en 1957 por Gallimard y reúne seis cuentos: La femme adulté, Le renégat ou un spirit confus, Les muets, L’hôte, Jonas ou l’artiste au travail y La pierre qui pousse. Hasta ahí todos vemos a los textos de Camus como cuentos, pero desde el año 2002, la misma editorial francesa Gallimard reedita dos de esos textos como nouvelles: Jonas ou l’artiste au travail y La pierre qui pousse. Cada una de estas estructuras tiene una extensión de 60 páginas y, para nosotros, eso no es un cuento, sino algo más, porque los cuentos no son mayores de 20 páginas; además, poseen un entramado muy atractivo que aunque no alcanza los niveles de intensidad de un buen cuento, sí permite que el lector entre en la piel de los personajes; dicho de una manera más elegante: estas dos piezas ilustran muy bien cómo rasgar los lindes de la estructura de un buen cuento.
Recordemos que todo cuento moderno posee dos historias en constante tensión –gracias a eso se yergue una estructura literaria– y en una nouvelle existe una viga maestra que encauza una historia, y aunque posee características del cuento, no tiene la intensidad ni la brevedad de éste, sino que apuesta por un mayor desarrollo del relato con altas y bajas cargas de intensidad.
Jonas ou l’artiste au travail (Jonás o el artista en el trabajo) tiene una extensión de 61 páginas y se somete a la rigurosa precisión de los hechos tanto interiores como exteriores de la psique de Jonás, un pintor con familia e hijos; aparte de todo, tiene amigos y una vida social activa. Se le considera un buen artista y eso implica ser famoso, pero la fama no le sienta bien a todos. En algunos momentos de la vida creativa de Jonás, la pintura es todo y no hay tiempo para nada más. Recibe atención de los críticos, de los amigos, de los compañeros de oficio; tiene poca cercanía con esposa e hijos. Años después, la pintura ya no era todo, como si a cierta edad cambiara el artista de opinión y asumiera que la vida también ofrece otras virtudes. El arte pierde lustre cuando el artista madura. Una vez que Jonas arriba a la edad otoñal, la actividad primordial de su vida es relegada por una inexplicable tristeza que lo conduce al ostracismo. “Sin embargo, él huía de ciertos lugares y evitaba barrios frecuentados por artistas. Cuando encontraba a algún conocido que le hablaba de su pintura entraba en pánico”. Y este fragmento contrasta mucho con el estupendo inicio del texto: “Gilbert Jonas, pintor y artista, cree en su estrella; no cree en nada más, aunque sentía respeto e incluso una especie de admiración por la religión de los demás”.
Grosso modo esa es la historia, pero la resolución está más cerca de la nouvelle que de un cuento, no porque uno exija la sorpresa, sino porque la intensidad de esas dos historias dentro de ese enramaje pierde potencia y queda, frente al lector, una relato de buena manufactura e incluso aleccionador en cuanto a las penurias de la vida bohemia se refiere. Desarrolla con elegancia los usos y costumbres artísticos de la primera mitad del siglo XX en Francia.
En La pierre qui pousse (La piedra que crece) el lector se ciñe a las líneas de acción del ingeniero D’Arrast en Brasil. En 55 páginas se expone el ingreso a un continente ignoto, ubicado a kilómetros de Río de Janeiro. El ingeniero percibe de primera mano una catástrofe debido a las lluvias potentes de la época. Hubo un accidente marítimo, deslaves, ruptura de puentes y se ponen en marcha múltiples labores de reestructuración. Estos hechos coinciden con una festividad religiosa de la comunidad. Algo que no entiende D’Arrast, pero le excita al grado del delirio; en especial, por la belleza de algunas jovencitas, quienes, no sobra decirlo, bailan todo el tiempo y son de piel oscura. “Su cuerpo grácil, su linda cabeza oscilaba, un poco inclinada hacia atrás, en su rostro dormido se reflejaba una melancolía con la misma intensidad que la inocencia”.
La idea de la piedra, como una entidad viva, es más que un dios mineral, para D’Arrast es el símbolo de un misterio mayor; otra forma de entender el mundo. “Y allí, tragando bocanadas desesperadas del hedor a miseria y a ceniza, escuchó la marea creciente de una alegría oscura y jadeante que no podía nombrar”. Cosa compleja, sin duda, para una mentalidad eurocentrista es el hecho de testimoniar el fervor por dioses paganos ante una roca que crece. El texto nos hace redescubrir la riqueza humana de la fe.
La prosa de Camus es concisa, sin adornos, sólo con la voluntad de contar. Comunica esa sensación de extravío que padecen los personajes. Primero Jonás, después D’Arrast; ambos están dentro de las labores cotidianas, el primero un artista y el segundo un ingeniero, pero se sienten cada vez más y más extraños en el mundo de siempre, no como si fueran ajenos, sino porque el mismo escenario les permite entender la sinrazón de sus tareas, como si hubiera muchas más cosas por hacer y ellos se limitaran a laborar en detalles nimios del decorado existencial.
Después de haber leído estas dos apuestas de Camus entiendo un poco más El perseguidor (1959), de Julio Cortázar, pues parece cuento pero es nouvelle. Valoro más este tipo de proyectos que sólo pueden ser atractivos si mantienen la intriga y, de ser honesto, no cualquiera puede escribir una buena nouvelle, porque lo usual es caer en los sinsabores del relato a secas, el que ahora muchos autores noveles consideran “anticuentos”, pero de eso no vamos a hablar hoy. No.
Aunque haya muchos, tengo en mente tres casos excepcionales, porque escribieron buenos cuentos, buenas nouvelles y buenas novelas: Herman Melville, Lev Tolstoi y Edith Wharton. Bueno, cinco casos. Súmele a Virginia Woolf y a James Joyce esta exigua lista. Pero hay más. Muchos más.
* La traducción de las frases entre comillas es mía.
@FederìVite


