
Reunidos en “El polvo que levantan las botas de los muertos”, sus respectivos relatos se ubican en 1913, cuando el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, desconoce al usurpador Victoriano Huerta tras derrocar al presidente Francisco I. Madero
Ciudad de México, 14 de abril de 2023. Parapetado en la torre de la Catedral de Saltillo, el soldado raso Francisco de Jesús Venegas aguarda la batalla con la que ha soñado desde niño, mientras que, en el otro bando, el maestro rural Gabriel Calzada escala los peldaños de la burocracia carrancista hasta llegar a ser diputado constituyente.
Reunidos en El polvo que levantan las botas de los muertos (Ediciones Era), los escritores Luis Jorge Boone y el acapulqueño Julián Herbert sitúan sus respectivos relatos durante la Revolución Mexicana, en 1913, cuando el gobernador de Coahuila, Venustiano Carranza, desconoce al usurpador Victoriano Huerta tras derrocar al presidente Francisco I. Madero.
Boone asumió como un reto de escritura narrar de una forma singular y nueva el asalto carrancista a Saltillo el 23 de marzo de 1913, hace 110 años; la historia consigna que una de las estrategias para la defensa fue colocar francotiradores en los edificios más altos del centro de la ciudad.
“Quería narrar desde mero abajo y me fui mero arriba, que es el punto de vista de un soldado que está viendo todo desde la torre de Catedral”, explica el autor en entrevista.
Respetó el contexto histórico, pero inventó al protagonista de su cuento Breve fuego de disparos nocturnos, el soldado raso quien en sueños cree ver revelado su destino.
Boone pensó mucho en esos combatientes que tomaron parte importante pero de quienes no contaron su historia, dado que los testimonios eran hechos por personas letradas y, por tanto, no había registro de aquello que al escritor más le llamaba la atención narrar: la confusión reinante en la batalla.
El suyo es un cuento al que Herbert no le escatima elogios, al ser reconocible el mundo del autor, donde la Revolución es el telón de fondo y que a la vez está “perfectamente retratada”.
Lo que contrasta con la novela de la Revolución que, añade Herbert, también en entrevista, se contó mucho desde el punto de vista de los líderes y del campo de batalla.
Herbert, por su parte, escribió Un día de fiebre como una parodia de las novelas de Stendhal, en particular, La cartuja de Parma, y basó a Calzada, su protagonista, en un personaje histórico, del que conservó el nombre original y los principales datos biográficos, así como su trágico final.
“Un día de fiebre es una parodia de La cartuja de Parma, esta idea del hombre napoleónico que cree que va a triunfar en el momento revolucionario y termina envuelto en esta frazada deshilachada.
“Para mí, el personaje de Gabriel Calzada es un personaje stendhaliano”, define Herbert, quien irónicamente caracteriza al protagonista como un lector de Stendhal.
Su ascenso en la burocracia carrancista entraña la corrupción: “Calzada comprendió entonces que, para mantener su rango en el ejército rebelde, lo importante no era tirar bien con el rifle ni estudiar el avance de la infantería en forma de pinza, sino –como le dijo alguna vez con elocuencia el capitán Evelio Prida– chingar al de abajo y lamerle las pelotas al de arriba”.
“Lo que me interesaba contar no era tanto la revolución como campo de batallas sino como campo de grillas, y la grilla sigue siendo la grilla y esta cosa de los burócratas sobajados y trasladados”, recalca Herbert, él mismo burócrata durante 14 años que entendió que ser honesto dentro de esas estructuras es “casi una ofensa” para sus pares.
Una corrupción expresada en el verbo acuñado entonces, “carrancear”: “hurtar al amparo de la ventaja política”.
En este cuento se aprecia la pasión de Herbert por la historia; durante un tiempo le obsesionó el periodo de la Revolución, que reflejó en su novela La casa del dolor ajeno, acerca de la matanza de alrededor de 300 chinos por tropas insurgentes y civiles en mayo de 1911.
Texto: Erika P. Bucio / Agencia Reforma


