
Gaspard Estrada
Las elecciones previstas en Francia, Italia, España y Polonia en 2027 pueden constituir el mayor punto de inflexión político europeo desde la invasión rusa de Ucrania. No porque los cuatro países vayan necesariamente a modificar simultáneamente su política exterior, sino porque sus resultados determinarán si Europa conserva el consenso construido alrededor del apoyo militar a Kiev o entra en una etapa más fragmentada, donde cada capital redefina sus intereses nacionales frente a Moscú.
Francia representa la elección más importante. Emmanuel Macron ha convertido el apoyo a Ucrania y la autonomía estratégica europea en elementos centrales de su política exterior. Pero no puede volver a presentarse. Marine Le Pen llega a 2027 en una posición electoral excepcionalmente fuerte, mientras el centro y la izquierda permanecen fragmentados. Una victoria del partido Encuentro Nacional no implicaría necesariamente una alianza con Rusia: la guerra ha obligado a Le Pen a distanciarse de sus antiguas posiciones respecto de Moscú. Sin embargo, probablemente supondría mayor resistencia al envío de armamento, al compromiso militar francés y a una integración europea de defensa más profunda.
Las consecuencias serían enormes. Francia es la única potencia nuclear de la Unión Europea, miembro permanente del Consejo de Seguridad y, junto con Reino Unido, principal impulsora de las garantías militares destinadas a proteger Ucrania después de un eventual alto al fuego. Una presidencia francesa reticente podría reducir considerablemente la capacidad europea de sustituir un eventual repliegue estadunidense.
Italia ofrece una paradoja diferente. Giorgia Meloni ha sido uno de los dirigentes de la derecha radical europea más firmes en el apoyo a Kiev y en la relación transatlántica. Pero su propia coalición contiene fuerzas más ambiguas respecto de Rusia, mientras una parte importante de la opinión pública cuestiona el aumento del gasto militar. Además, tanto la Liga como sectores del Movimiento 5 Estrellas intentan convertir la oposición al envío de armas en un argumento electoral. Las elecciones italianas pueden, por tanto, obligar incluso a un eventual nuevo gobierno de Meloni a moderar su política hacia Ucrania.
España aparece geográficamente alejada del frente, pero políticamente será igualmente importante. Pedro Sánchez mantiene un apoyo explícito a Kiev, mientras las encuestas favorecen actualmente al Partido Popular y muestran un crecimiento significativo de Vox. Una victoria de Alberto Núñez Feijóo no significaría una ruptura con Ucrania: el PP pertenece a la tradición atlantista del Partido Popular Europeo. La interrogante residiría en su dependencia parlamentaria de Vox. Mayor sea el peso de la derecha radical en una futura mayoría, mayor será la presión para priorizar la lucha contra la inmigración, la seguridad interior y el Mediterráneo frente al frente oriental.
Polonia constituye probablemente el caso más estratégico. Desde 2022, Varsovia ha sido una plataforma logística fundamental para el suministro occidental a Ucrania y uno de los países europeos que perciben más directamente la amenaza rusa. Donald Tusk ha reforzado la cooperación con Kiev y la integración defensiva europea. Sin embargo, el apoyo social a Ucrania se ha erosionado por las disputas agrícolas, la cuestión de los refugiados y los conflictos históricos entre ambos países. El crecimiento de fuerzas nacionalistas hostiles a nuevas concesiones a Kiev podría condicionar cualquier gobierno surgido de las legislativas de 2027.
Por ello, el verdadero riesgo para Ucrania no es necesariamente la llegada simultánea al poder de gobiernos “prorrusos”. El escenario más plausible es más sutil: una renacionalización de la política europea hacia la guerra. Francia podría reducir su ambición estratégica; Italia condicionar la ayuda militar; España concentrarse en el flanco sur; y Polonia exigir una relación más transaccional con Kiev. Moscú no necesita que Europa cambie de bando. Le basta con que pierda cohesión.
Esta fragmentación sería especialmente importante si Estados Unidos continúa reduciendo su papel directo en la seguridad europea. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, los europeos han asumido que deberán financiar una parte creciente de su propia defensa y garantizar buena parte de la seguridad futura de Ucrania. Las elecciones de 2027 determinarán si existe voluntad política para hacerlo.
También está en juego algo más amplio: el modelo democrático europeo. Rusia lleva años intentando explotar polarización, inmigración, inflación, memoria histórica y rechazo a las élites para debilitar desde dentro el consenso occidental. Las campañas de 2027 serán, por ello, también escenarios de confrontación informativa.
El futuro de Ucrania dependerá obviamente de lo que ocurra en el campo de batalla y en las negociaciones internacionales. Pero dependerá cada vez más de las urnas europeas. Si las fuerzas favorables a mantener el apoyo a Kiev conservan el poder en las principales capitales, Europa podrá avanzar hacia una arquitectura de seguridad más autónoma. Si prevalecen fuerzas nacionalistas y soberanistas, no necesariamente habrá una reconciliación con Moscú, pero sí una Europa menos coordinada y más difícil de movilizar.
En ese sentido, 2027 puede terminar siendo para Vladimir Putin casi tan importante políticamente como cualquier ofensiva militar: el año en que se decida si el tiempo trabaja finalmente a favor de Rusia o si Europa demuestra que puede sostener a Ucrania incluso cuando la guerra deja de ser una emergencia y se convierte en una prueba prolongada de voluntad política.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada


