4 diciembre,2025 6:04 am

El Acapulco de antes I

Anituy Rebolledo Ayerdi

Los sitios característicos

 

El cerro de La Mira

El nombre del cerro de La Mira data de la Colonia, cuando su cima (175 metros) fue utilizada para vigilar el movimiento marítimo del puerto, particularmente la presencia de embarcaciones beligerantes, piratas o corsarios. Imprescindible desde entonces, el auxilio de una campana mediana con gran sonoridad.

Los primeros vigilantes o atalayadores, eran hombres fuertes y ágiles, especialmente mulatos, capaces de bajar rápidamente de aquella altura para alertar a la guarnición militar sobre la presencia de fuerzas beligerantes o sospechosas de serlo. Se trataba de sujetos bien remunerados dotados de un arcabuz, un cuchillo, un bule con agua y un morral con tortillas embarradas con chilmole.

Un sistema de vigilancia que durante el siglo XVIII fue renovado con la presencia de varios atalayadores escalonados, a efecto de hacer llegar más rápidamente las alertas al fuerte de San Diego, cuyos artilleros lanzaban inmediatamente dos cañonazos. Uno para poner en pie de guerra a la guarnición y otro como advertencia para las embarcaciones que penetraban a la bahía sin identificación.

Cuando llegue la telefonía, los primeros aparatos serán para La Mira, conectados con la Capitanía de Puerto y el Resguardo Aduanal. Los vigías dispondrán, además, de un telescopio, un giroscopio para apreciar los movimientos circulares del viento y además una veleta.

Entonces, la caseta de La Mira se verá espectacular con su mástil soportando una botavara formando una cruz de 15 metros de altura, destinada a la comunicación de señales. La botavara controlaba la posición y el ángulo de la vela en relación con el viento.

La Piedra del Mono

Los tíquites o pintas infantiles de antes resultaban particularmente gozosos en el cerro de La Mira, cubierto por árboles de marañonas sin dueño y por ello a disposición de todos, fuera cual fuera el número. El otro atractivo era la leyenda sobre un tesoro pirata revelado por un monolito de tres por dos metros, ubicado en la ensenada de Potrerillo.

Destacaban en la piedra grabada una cabeza tocada con un turbante desprendida de su cuerpo por un pez vela; un pelícano nadando, una escalera con 18 escalones; el pico de un pájaro apuntando hacia la figura de un arca y, finalmente, un mono que le da el nombre.

No pocas generaciones porteñas han horadado en los alrededores de la Piedra del Mono y ninguna, que se sepa, se ha convencido de que los piratas también solían embromar a sus detractores.

La Piedra del Zopilote

La roca enorme se localizaba en las faldas del cerro La Mira, pocos metros arriba de La Guinea, barrio oficializado por la Corona española como asiento de familias procedentes de Africa.

Eran tal el número de pajarracos reunidos en aquel sesteadero que una broma campeó en el puerto, la que sugería que se encerrara a los enfermos: “No fuera la cosa que los zopilotes cargaran con ellos”.

La piedra del zopilote no escapará a las leyendas de los tesoros ocultos con la versión de que la roca ardía por las noches y que ello era señal de que algo escondía. Quien sí lo creyó fue el recién llegado general Luis Santoyo, comandante militar del puerto, quien ni tardo ni perezoso puso a su tropa a escarbar en torno a la roca hasta dejar un socavón de cinco metros de profundidad deján-dola en situación peligrosa. Pedirá inmediatamente su cambio.

La Pila

Roca de 3 metros de diámetro localizada en las inmediaciones del Campo Marte. Se distinguía por su forma de mortero gigantesco y quizás lo haya sido antes para la elaboración de pólvora destinada a la defensa del Fuerte de San Diego.

Cualquiera que haya sido el uso de una roca tan singular, los niños del Acapulco de antes le encontrarán uno preciso: pileta para chapotear en temporada de lluvias.

La Pila, como otras tantas cosas perdurables, será dinamitada en 1949 para dar paso a los cuarteles militares.

La Piedra del Chivo

En su libro Recuerdos de Acapulco, reeditado apenas por el Ayuntamiento porteño, don Rubén H. Luz ubicó a la Piedra del Chivo en el cerro de El Grifo, a poca distancia de La Piedra del Elefante, poniendo énfasis en que quienes así la bautizaron sabían muy poco sobre el tema. No era chivo, era carnero.

La Piedra del Chivo (o carnero) será dinamitada cuando llegue el auge residencial a la península de Las Playas, dando paso a un embarcadero particular.

Otra piedra con el mismo nombre se localiza en El Veladero, pero esta sí con nombre certero: soportaba en su superficie muy inclinada la concentración de un gran número de chivos. Lo notable del asunto es que nunca nadie reportó caída accidental de ningún animal.

El Cerro de las Iguanas

Llamado así desde siempre por la abundancia de tales reptiles de perfiles antediluvianos, fue cuartel general del generalísimo José María Morelos y Pavón durante su primer y fallido intento de apoderarse de Acapulco.

La elevación será escogida casi un siglo más tarde para la edificación del hospital que sustituirá al Hospital Real, operando hasta entonces en las calles del Mesón y del Brinco (hoy, Galeana y Mina). El moderno nosocomio, obra del alcalde y doctor Antonio Butrón Ríos, será inaugurado con el nombre de Hospital Juárez. Será Hospital Morelos a partir de 1917.

La Quebrada, la roca del amor

Se dice que no hay marinero en el mundo que no presuma de tener un amor en cada puerto. El de nuestra historia tal vez lo haya sido. Desembarca en Acapulco por primera vez y junto con varios compañeros deciden asistir al famoso baile dominical en la plancha de La Quebrada. Lo ameniza la orquesta porteña de don Alberto Escobar, cuya sonoridad favorita era el danzón, etiquetado como acapulqueño.

Nuestro personaje, a quien sus compañeros llaman Ray, se ha separado del grupo para seguir embelesado los andares de una joven morena de grandes ojos y cuyos movimientos de cadera bailando danzón lo han dejado anonadado. La persigue hasta presentarse con ella y solicitarle una pieza que, para su infortunio. no será al ritmo aludido. Ella se llama Matilde, es acapulqueña, vive con su madre en la calle de Las Damas (Vicente Guerrero, hoy Quebrada), a la que ayuda en una fonda del mercado municipal. La cita será improrrogable para el día siguiente en el mismo lugar, junto a una roca enorme, justo cuando el sol esté a punto de esconderse. Así, cuando han pasado tres meses de cita diarias llegará la primera despedida con lágrimas y promesas.

–¡Matilde, perdóname mi amor, el deber me llama pero te juro que esta será mi última salida! –ruega el marinero colmándola de besos.

“Te juro que a mi regreso dejaré esta chamba para trabajar aquí en lo que sea y así podamos casarnos. Mira, mi amor, vamos a hacer esto: en un mes más pregunta en la Capitanía de Puerto por la fecha del arribo del barco Barlovento y ese día espérame en el malecón.

El retorno

Matilde es la primera persona que llega al malecón el día señalado para el arribo del Barlovento. en el que sirve su amor, pero tendrá que esperarlo el tiempo que le lleven sus tareas cotidianas. Apenas las cumpla correrá hacia Matilde para abrazarla y colmarla de besos. Luego, correrán hasta la piedra de La Quebrada para reavivar las llamas el deseo encendidas en aquél mismo sitio.

Durante el encuentro vespertino del día siguiente, Ray recibirá noticias demoledoras. Matilde le informa que su madre ya le exige conocerlo para fijar la fecha del casorio y terminar así con las habladurías del vecindario, nada favorables para ella. Ray, por su parte, tampoco tendrá noticias halagüeñas. El capitán del barco ha rechazado su renuncia, exigiéndole por lo menos un nuevo viaje. Le debo mucho y no puedo desairarlo, argumenta.

–¿ Y mi madre? –pregunta ella.

–No llores vida mía, te juro que todo tendrá remedio. Cuando vuelva nos casaremos en la fecha que disponga tu mamá, mientras aprovecharé el tiempo para hacer un buen dinero y así poder darte la vida que mereces, la que hemos soñado.

Matilde, omnubilada, solo llora.

Este segundo adiós no será diferente al primero; abrazos, besos y lágrimas, muchas lágrimas,

El tiempo no descansa y así, cuando ha pasado poco más de un año de aquella despedida, el marinero Ray desembarca en Acapulco y lo primero que hace es dirigirse a La Quebrada sin encontrar nada de lo que busca, excepto la roca cómplice de su romance con Matilde, de la quien nadie, hasta aquél momento, le ha dado razón.

Será durante un encuentro casual y desgarrador con un viejo lanchero, su amigo, cuando conozca la suerte de Matilde. La acapulqueña había muerto durante un parto mal asistido junto con su producto, una niña. La madre de Matilde condenará a ambas pecadoras y por ello esconderá el sitio de los sepulcros, si los hubo. La dama desaparecerá avergonzada del puerto.

El marinero Ray vivirá alcoholizado su estancia en el puerto, sólo en espera de un trabajo de albañilería que había encargado a su llegada. Ante el cual, una vez terminado, se dará un tiro en la sien.

En esta roca de espuma salpicada

el sol nativo con sus rayos dora

deja grabado el hombre que te adora

tu bello nombre Matilde, idolatrada.

Debe decirse, final y justicieramente, que Ray había permanecido preso en Nueva York durante casi un año, acusado falsamente de haber incitado a un motín en el barco Barlovento. Un testimonio demasiado bello para ser respetado por la barbarie apoderada cíclicamente de Acapulco. La dinamita hará volar en 1902 con cualquier pretexto la roca en la que se juntaban los enamorados.