
Anituy Rebolledo Ayerdi
El puente San Rafael
El puente de San Rafael fue construido en 1873 para el cruce de una laguneta en el paseo San Vasco, hoy avenida 5 de Mayo. Obra del gobernador Rafael Vasco levantada en el sitio donde hoy confluyen varias calles y por ello conocido como las Siete Esquinas.
Lugar otrora reverenciado por haber sido escenario de uno de tantos episodios heroicos escritos por el cura y general José María Morelos y Pavón. esté relacionado con su perseverante empeño de capturar la fortaleza de San Diego y así cumplir con última orden recibida de su jefe, Miguel Hidalgo y Costilla.
Morelos prepara aquel 9 de febrero de 1811 un segundo asalto a la fortaleza acapulqueña. Atenderá esta vez las revelaciones del realista Mariano Tabares, recién incorporado a su tropa, relacionada una de ellas con las precarias defensas del Fuerte. Lo eran, ciertamente, pero aún así muy superiores a las de los atacantes quienes, finalmente, huirán despavoridas. Bajarán del cerro en un tropel caótico, demencial, para huir a través del puente de San Rafael. Adelantado, el Generalísimo intentará detener aquella enloquecida avalancha tendiendo a la entrada su poderosa humanidad. No escapará de algunos pisotones.
Mientras permanezca de pie, el puente de San Rafael cambiará de nombre en dos ocasiones: México y Morelos.
El cerro de La Pinzona
Se llamó originalmente “cerro de los dragos” por estar poblado con árboles de ese nombre (Drago, árbol de 12 a 14 metros cuyas flores son pequeñas blanco-verdosas con estrías escamadas, y una baya amarillenta, su fruto. De su tronco se obtiene una resina llamada “sangre de drago”, con usos medicinales).
Desde su cima bajaba un suave arroyo cristalino para desembocar en una piscina enorme de la que se servía la barriada y a veces a toda la ciudad. Una ubicación a tiro de flecha del fuerte de San Diego cuya toma era una obsesión para el cura José María Morelos y Pavón. Ello, a partir de la orden de hacerlo, dictada por su jefe Miguel Hidalgo y Costilla, advertido que, de no hacerlo, jamás podría hacerse del puerto del Pacífico. Será por ello que en 1813 lo intentará por segunda ocasión instalando su cuartel en Acapulco, precisamente en el cerro llamado de los Dragos, a tiro de fusil de la fortaleza
Tan cercano asedio por parte de Morelos obliga al comandante del Fuerte a lanzar un obús de advertencia hacia el cerro de los Dragos . Un disparo que impacta muy cerca de la tienda del Generalísimo, discutiendo con su Estado Mayor la estrategia del día. El impacto alcanza de lleno al coronel Felipe Hernández, cuyo cuerpo vuela para estrellarse contra el grupo de la discusión, derribándolos aparatosamente.
“¡Han matado al jefe Chemita, han matado al jefe Chemita!”, vocea dramáticamente la mujer del aseo convocando a toda la población en auxilio del jefe. Este, ya de pie, lanza, un sonoro “¡estoy bien, estoy bien, estoy bien!”, para luego salir de la tienda, e hincado, dar gracias a Dios y a María Santísima. Luego comentará, jocoso: “¡esta es una clara señal de que aún no me toca comparecer ante el Dios Padre y Muy Señor Nuestro.
Entre los generales que rodean a Morelos figura el general Luis Pinzón, de Corral Falso (Atoyac), uno de sus amigos más entrañables y quien, con su hermano Nicolás, cubrieron económicamente la campaña del Generalísimo en el Sur
Será el general Pinzón quien, una vez terminada la guerra, decida establecerse en Acapulco, precisamente en el cerro de los Dragos. Un espacio privilegiado por su aireación y abasto permanente de agua. Indaga y resulta que la montaña era objeto de compraventa. Paga por ella lo que le pide la autoridad municipal, para luego establecerse con su familia, en la que figura su hija mayor, Estéfana Pinzón e invita a hacer lo mismo a soldados y amigos.
Dueña prácticamente del cerro, Estéfana Pinzón, la heredera del general Luis Pinzón, se convertirá en líder absoluta de aquel núcleo poblacional y como tal su voz se escuchará fuerte y tajante. Ignorándose si el apellido se feminizó por macho y golpeado (Pinzón) o un insulto encubierto cuando ella intervenía para limitar el uso público del agua de los Dragos.
Un apellido que respetará sin añadidos cuando la Junta Federal de Mejoras Materiales legalice habitacional la montaña
La Inalámbrica
Una torre metálica de 100 metros se erige durante el porfiriato en la cumbre del cerro de la Pinzona, con fines comunicacionales. El vecindario la inspecciona y la llama “la Inalámbrica” por carecer de precisamente de alambres. Un espectacular objetivo fotográfico, eso sí, pero que hará ¡crac! en 1938, víctima de los vientos.
La Inalámbrica creará en su torno a uno de los muchos personaje populares de la ciudad. Será este El Mudo Balboa quien, con escalamientos casi cotidianos, mantuvo una Inalámbrica siempre reluciente. Nunca reveló a quién o a quiénes servía.
La ensenada de Ray
Harry Ray fue el nombre de un arquitecto inglés contratado por una compañía de su país para trabajar en Acapulco. Se encargaría del tramo Acapulco-Iguala del ferrocarril mexicano. (Hay quienes hoy lo piden hasta México). Al suspenderse por causa de la Revolución, Ray ofrecerá sus servicios a empresas locales para la ejecución de planos y obras menores.
Rubio, corpulento y narigón, según una crónica de época, Ray vivía abonado en la casa de doña Josefa Martínez, en la calle Galeana, donde gozaba de las simpatías generales por su carácter alegre y despreocupado, siempre haciendo bromas con su inglés tartajeado.
Una mañana de diciembre de 1911, Ray informa a doña Josefa que viajará a Coyuca de Benítez, contratado para un trabajito sencillo que le llevará uno o dos días. Cuando han pasado cinco, doña Josefa se preocupa y encarga la localización de Ray y es así como se entera del hallazgo de un cuerpo sin cabeza, semidevorado por los zopilotes. La revelación la hace el juez menor, don José Solano, y será entonces cuando la dama no abrigue ninguna duda de que se trata de su huésped. ¿Suicidio? En efecto, Harry Ray se había inmolado en El Patal, de Acapulco, y había utilizado para ello un cartucho de dinamita que le vuela la cabeza.
Amigos porteños de Harry, Hugh Sthepens y Francisco Funes harán la identificación cadavérica, negándose a especular sobre las causas del suicidio. Dirán que El Patal era un sitio donde Ray gozaba de Acapulco como nadie. A ellos se unirá Federico Pintos, para incursionar los tres por aquellos agrestes parajes (hoy cercanos a la bifurcación de los caminos que llevan al hotel Flamingos y a Caleta) y serán ellos mismos quienes bauticen la pequeña ensenada como la Ensenada de Ray.
El fortín Álvarez
Acapulco resiste en enero de 1863 el intenso bombardeo de una escuadrilla francesa integrada por los vapores Pallas y Diamante y las fragatas Cornelis y Galatea. Defienden a la ciudad las baterías del Fuerte de San Diego y los fortines Hidalgo, Guerrero, Galeana y Álvarez, en torno a la bahía porteña. Este último, al mando del coronel José María Herrera, ha resistido durante seis horas el ataque frontal del Pallas, mientras que el resto de las naves lo han concentrado sobre ciudad entera, afectándola seriamente.
“Nuestras bajas son cada vez mayores y los daños en la población se calculan en cien mil pesos, más o menos”, dice el parte de guerra del general Juan Álvarez al ministro de Guerra y Marina del presidente Juárez.
Amanece el tercer día de la agresión y ya cuatro fortines han sido silenciados y sólo en el baluarte de La Mira ondea orgullosa la bandera tricolor. Será entonces cuando las naves francesas se aproximen para quedar a tiro con las baterías del Fortín Álvarez, llevándose la peor parte. La Galatea recibe el impacto de un proyectil que le provoca una seria avería en el casco , mientras que la Pallas es silenciada.
“A las seis de la mañana del día 12 (dice el último parte de La Mira) el fortín Álvarez rompió fuego sobre la escuadra enemiga, misma que sólo responderá hasta las 5 de la tarde con 20 minutos, ya enfilada hacia la Bocana. Será entonces cuando el Fortín Álvarez lance todo su poder de fuego contra los invasores”.
A la hora del recuento de daños se hablará de un artillero muerto y dos sargentos y un soldado lesionados. Cuantiosos, sí, los daños en el puerto.
Huidas las naves agresoras, el general Juan Álvarez enaltecerá el desempeño de los defensores del fortín. “El valor, serenidad e intrepidez con las que han desafiado el peligro: el capitán Carlos Schied, el no menos valiente coronel José María Herrrera, los tenientes de artillería Camilo Bracho y Francisco Díaz, así como el subteniente Laureano Liquidano (tronco de una respetable y numerosa familia porteña)” Y termina:
“Recomiendo a todos ellos para recibir ascensos y solicito aparte ayuda económica para los familiares del soldado muerto y los lesionados”.


