7 mayo,2019 5:11 am

El camello

Florencio Salazar
 
La protesta social se ha incrementado en el mundo. Lo que vivimos en México también se vive en Francia, España, Argentina, Chile, Brasil, China, Estados Unidos… Las causas son variadas pero en esencia es una sola: el malestar de la gente.
Los medios de comunicación, especialmente las redes, han acelerado el conocimiento del planeta, cualquier cosa que se quiera entender por conocimiento, el caso es la identificación de reacciones colectivas frente al poder por desempleo, alza en los costos de servicios, demandas gremiales, migración, asuntos ambientales, igualdad de género,  seguridad y terrorismo.
Como hasta ahora ha ocurrido, una minoría organizada, activa, belicosa, se impone a una mayoría pasiva. Sin embargo, se observa una variable significativa. En el siglo pasado, pues sí soy de otro siglo, como la mayoría de los que gobiernan este país; en el siglo pasado, la protesta era secuela de una gestión específica y dirigida a quien tenía la capacidad de solución. En los tiempos que corren la protesta, o mejor dicho, las protestas, son como los hongos, parecen surgir de la nada, se multiplican y sin decir agua va, mojan a todo el que pasa.
Hay cambios considerables: hoy la protesta se impone sin considerar la afectación a terceros y puede tener componentes locales, nacionales y globales. Nadie en su sano juicio se opondría a que las mujeres ocupen espacios con las mismas oportunidades de los hombres o que se conserve el medio ambiente sano. La puerca tuerce el rabo cuando a los manifestantes no importa el daño que puedan causar a amplios sectores sociales o a las personas atrapadas en la carretera por causa de un bloqueo.
A hoteleros, restauranteros, taxistas, comerciantes, vendedores de chucherías, fondas, taquerías y un largo etcétera, les pasa como a los campesinos que ven venir las nubes, nubes que se van poniendo negras como una moneda falsa y esperan que revienten, que caiga el temporal y se produzca el milagro de la germinación de las semillas. De pronto, cambian los vientos y el agua cae lejos de sus parcelas, que se abren como talones de campesinos pobres.
Así, igualito pasa a los que viven del turismo. Próxima la temporada de vacaciones o algún puente largo esperan a los clientes, promueven diversos eventos, promocionan paquetes y cuando están por recibir a los turistas, el bloqueo, la protesta social, hace que el dinero caiga en otros lugares.
Siempre será insuficiente el esfuerzo de gobierno sin la colaboración social. La protesta no debe centrase en la reivindicación exclusiva de un gremio, pues siempre debe considerase al conjunto de la población. Entre todos debemos proteger los intereses colectivos, el bien púbico.
La metáfora de la nave del Estado es muy elocuente porque en ella viajamos todos: capitán, oficiales y marineros (gobierno); cocineros, amas de llaves, mantenimiento (servicio); y los viajeros (población). Asumamos que algún grupo está inconforme por el maltrato de los oficiales, jornadas extenuantes o mala comida. ¿Qué se espera? Tratar el asunto con el capitán y exigir su solución. Pero los radicales no gestionan el problema y lo que hacen es empezar a hacer agujeros a la nave sin importar poner en riesgo a los ocupantes.
Se suma a la acción directa, el poco juicio de algunos prestadores de servicios que, con protagonismos dignos de mejores causas, hablan mal del camello sin entender que ellos mismos se hacen propaganda negativa.
Les cuento esto de hablar mal del camello. De vez en cuando, en la Ciudad de México, me invitaba a desayunar uno de los empresarios mas importantes de América Latina, don Isaac Saba. Un día, a propósito de no recuerdo qué, me habló del camello.
Había un rico mercader libanés que tenía un camello que todos querían comprar, pues dicho rumiante bailaba, cantaba, aseaba la casa, lavaba la ropa, cocinaba, cuidaba a los niños, además de trasportar cómodamente a su dueño. Las ofertas se multiplicaban para comprarlo, pero el mercader nomás no vendía al camello. Hasta que llegó el día que el libanés no pudo resistir la cantidad de oro ofrecida ¡y vendió al camello!
No había pasado un mes cuando volvió el comprador a quejarse con el libanés: “No baila, no canta, ya ensució toda la casa, ha roto los muebles, además no obedece y ese animal es un problema. Necesito que me digas que hago con él”, concluyó al punto de la furia. La respuesta fue concreta: “Habla bien del camello”. El nuevo dueño pasó las manos alisando su túnica: “¿Pero como voy a hablar bien del camello si ya te dije todos los destrozos que ha hecho?”.
“Porque si no hablas bien del camello –dijo el mercader– no habrá quien te lo compre”.