
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Julio Moguel
Nota benne 1. La onceava entrega de la serie “El caminar histórico del EZLN” (aquí numerada como 3, por corresponder a las que han aparecido en este 2026) continúa la referida historia en el punto el en que aparecen en escena la Comisión de Concordia y Pacificación (Cocopa), la Comisión Nacional de Intermediación (Conai) y “más de 500 organizaciones y ciudadanos de la sociedad civil” que se habían articulado para retomar la ofensiva y hacer posible, con su fuerza, reanimar “el Diálogo de San Andrés y avanzar en los procesos de paz”. Ello logró que se formara, en acuerdo con “la Gobernación”, la Comisión de Seguimiento y Verificación (Cosever) de los Acuerdos de San Andrés, en la que apareció, como invitada por parte del EZLN, “un personaje que nadie esperaba y que distinguiría sin duda a la formación y el desarrollo de la Cosever: doña Amália Solórzano de Cárdenas, quien, más allá de la figura de don Lázaro, el Tata, tenía suficientes “balas” en su revólver para entrar de lleno a una entre otras de las batallas en las que ya había mostrado, desde el sexenio del General (1934-1940), que, por méritos propios, “tenía con qué”. Aprovecho en este texto “la voz” de Doña Amalia (en un libro que en las siguientes semanas aparecerá, en coautoría con quien esto escribe, cuyo título es Buenos días, general (Ediciones 4ª República, en coedición con el FCE) para enfocar parte del relato correspondiente a la situación que se vivió en aquel momento. Estoy seguro que escuchar-leer a doña Amalia será estimulante para quienes aman la historia verdadera.
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(Voz de doña Amalia).
Un día de octubre de 1996, el padre Gonzalo Ituarte, sicario de la Diócesis de San Cristóbal, le habló por teléfono a Cuauhtémoc para informarle que yo había sido invitada por el EZLN a formar parte de la Comisión de Seguimiento y Verificación de los Acuerdos de San Andrés, y saber si era posible saber cuál era mi opinión por su conducto.
Cuauhtémoc me lo comentó de inmediato, y la dije que me sentía muy honrada por la propuesta: participaría si él no veía ningún inconveniente. Por ello decidí decir que sí, contenta de poder involucrarme en alguna actividad de mayor compromiso con el proceso de paz. Sólo esperaría una nueva señal, para saber cuáles eran las tareas, si asistir a alguna reunión en la ciudad de México, ir a San Cristóbal de las Casas, o emprender cualquier otra labor.
Una semana después, el padre Ituarte se comunicó nuevamente con Cuauhtémoc para preguntarle si ya conocía mi decisión. Cuando supo que era positiva agregó que ojalá tuviera la oportunidad de asistir al evento de constitución formal de la Cosever, que se realizaría el 7 de noviembre en el teatro Zebadúa de la ciudad de San Cristóbal de las Casas, y que ellos y otros amigos de la Comisión Nacional de Intermediación se encargarían de atenderme. No lo pensé dos veces, y de inmediato hice los preparativos. Cancelé algunos compromisos que tenía, ordené las cosas de la casa, y hablé con Cuate y Lázaro para ver si estaban dispuestos a acompañarme. Me dijeron que sí. Que esa sería una buena ocasión para conocer más de cerca el conflicto chiapaneco, y para platicar con los zapatistas si se daba la oportunidad. También invité a mi amiga Alicia.
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Llegamos a Tuxtla Gutiérrez el 5 de noviembre, como a las once y media de la mañana, en medio de un calor soportable. En el aeropuerto de la capital chiapaneca ya nos esperaban algunos conocidos del lugar, con una camioneta rentada en la que viajaríamos a San Cristóbal. Muy amables de su parte, nos preguntaron si queríamos descansar a desayunar algo antes de salir hacia la ciudad coleta, pero yo dije que no, que muchísimas gracias pero descansados y desayunados ya estábamos, y teníamos además algo de prisa, pues los amigos del obispado y de la Comisión Nacional de Intermediación nos esperaban hacia las dos o dos y media de la tarde.
A la salida de la ciudad, ya en la carretera, nos encontramos de pronto con el hermosísimo Cañón del Sumidero, y decidimos detenernos unos minutos para admirar sus tranquilas aguas y sus altísimos acantilados recortados y labrados maravillosamente por el tiempo. Retomamos el viaje, subiendo y subiendo –subiendo y subiendo, pues la ciudad de San Cristóbal se encuentra a más de dos mil metros sobre el nivel del mar–, y una hora después entrábamos a la ciudad de Jovel.
La antigua Ciudad Real nos recibió con una lluvia ligera y con frío que en pocos minutos empezó a calar hasta los huesos. Un poco más tardecito, cuando paró de llover y las nubes y la niebla se esfumaron, Nos instalamos en un antiguo hotel que se encuentra en pleno centro, de nombre Santa Clara. Una hora después nos dirigimos a la Curia, donde nos esperaban el obispo don Samuel, el padre Gonzalo Ituarte, Raymundo Sánchez Barraza, y los poetas Juan Bañuelos y Óscar Oliva. En calidad de invitados del EZLN, como yo, se encontraban presentes el obispo emérito Bartolomé Carrasco, Rocío Culebro, Adelfo Regino, Salomón Nahmad, Rodolfo Stavenhagen, Pablo Latapí, Rafael Reygadas y Ernestina Godoy. Los escritores Fernando Benítez y Elena Poniatowska habían aceptado participar como suplentes, pero por encontrarse en ese momento fuera del país ni pudieron asistir.
Ya en la nochecita, en el hotel, pasó a saludarme el ingeniero Heberto Castillo, quien me habló de la situación política de Chiapas y de otros lugares del sureste, de sus dudas sobre las buenas intenciones del gobierno y de lo que podía venir, Le preocupaban el ambiente enrarecido que se estaba generando y las señales contradictorias que estaba enviando el presidente Zedillo. Le inquietaba además la posición tan cerrada del gobierno del estado. En medio de ese panorama negativo, mencionó, entre otras cosas, no me acuerdo qué agresiones a diversos grupos campesinos y el incendio provocado ese mismo día por manos desconocidas en las oficinas de la organización civil Conpaz –conformada como una red de varios grupos organizados–, simpatizante activa del movimiento zapatista.
3
A la mañana siguiente nos dirigimos al exconvento de El Carmen, lugar donde se celebrarían las reuniones. Aún era temprano y, por ello, mientras esperábamos la hora del primer encuentro, decidimos recorrer la parte de las instalaciones que se encontraba más al alcance. El poeta Óscar Oliva, tan vital y caballeroso como siempre, se prestó gustoso a servirnos como guía. ¡Sabía todo lo que se le preguntaba sobre Chiapas! Estábamos en esas lides cuando se acercó a saludarnos Hermann Belinghausen, quien, como siempre, caminaba de prisa de un lado a otro, pergeñando la información necesaria para su nota periodística de La Jornada. Antes de que se despidiera de nosotros le pedí, si no tenía inconveniente, me presentara al subcomandante Marcos y a los comandantes del EZLN cuando hicieran su aparición. Él rio de buena gana y me dijo que no me preocupara, pues no sería necesaria tal presentación, pues con toda seguridad ellos vendrían a saludarme por iniciativa propia. No acababa de decírmelo cuando escuchamos un barullo proveniente de la puerta principal del exconvento, que anunciaba justamente la proximidad de los delegados zapatistas.
Y lo dicho. De pronto aparecieron con sus vistosos vestidos tzotziles, tojolabales y tzeltales, unos con botas, otros con huaraches, chujs y paliacates, algunos con pantalones de mezclilla, las mujeres con sus trajes de carácter y rebozos bordados, con colores rosa mexicanos, azules, negros y amarillos, todos con pasamontañas de estambre o tela, caminando en hilerita y a paso rápido hacia alguno de los salones del espacioso centro de reuniones. Nos hicimos a un lado para evitar que nos atropellaran los fotógrafos y los periodistas que iban como enloquecidos en el tropel, pero cuando Marcos pasó cerca de nosotros hizo un alto, se separó del enjambre y con una sonrisa franca se dirigió hacia mí. Lo vi muy delgado, aunque fuerte, con ojeras de no haber dormido lo suficiente, su pipa encendida en una de sus manos, sus dos relojes militares de pulsera, su pasamontañas de estambre y su gorrita militar color café caqui toda zurcida y con tres estrellas rojas en el frente.
Me saludó con muestras de cariño y preguntó si me encontraba bien, si me asentaba el clima tan cambiante, y si había algo que nos hiciera falta. Yo le respondí que me sentía en las mejores condiciones, muy bien atendida por la gente, y feliz por tener ese contacto personal con ellos, con los amigos de la Conai y de la Cosever y los compañeros del Congreso Nacional Indígena que se encontraban en la ciudad de San Cristóbal. Algo más me dijo sobre las tareas que los traían vuelto locos, pero luego, en voz baja, como en secreto, me pidió que me acercara para que viera algo que tenía cosido en la parte izquierda de la camisola de su uniforme, a unos cuantos centímetros de una de sus carrilleras. Entonces pude darme cuenta que era una insignia del ejército federal, un águila con las alas desplegadas, correspondiente a un escudo del general Cárdenas. Sonreí. ¿Quién de la familia se lo había regalado, y en qué momento? ¿Cómo era posible que yo no estuviera enterada? Ése era un misterio que Marcos no me revelaría, y sobre el cual yo no le preguntaría, pero que un poco más tarde averigüé. Acariciando el distintivo con las yemas de mis dedos le pregunté: ¿Le ha dado suerte? “Más de los esperado”, me respondió. Entonces le dije: “Siento no haber sido yo la que se lo obsequiara, pero no importa, nomás se me adelantaron”.


