
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Julio Moguel
Nota bene. Había programado trabajar el “bloque del EZLN” en sólo dos entregas. Pero al escribir este segundo texto me di cuenta de que ello no sería posible, pues la narrativa necesaria para “cerrar el círculo” de dicha experiencia requería de un desarrollo mayor. Por ello es que me di licencia para extenderme en un relato que incluye dos entregas más en lo que sigue.
En el primer texto de este bloque hablé sobre la insurrección del EZLN, y mencioné algunos aspectos relativos al diálogo que llevó a cabo con el gobierno federal unas semanas después del “alto al fuego” decretado el 12 de enero de 1994. En la presente entrega retomo la temática relativa a los contenidos de las “conversaciones en la Catedral” y a la consulta que el EZLN llevó a cabo con las comunidades indígenas de la Selva unas semanas después.
1
Los puntos de diálogo y discusión que se incluyeron en la mesa de San Cristóbal de las Casas contenían demandas de carácter general que el gobierno federal no tuvo mayores problemas en aceptar de hecho o de palabra. Pero había no pocos puntos que marcaban un “techo” inalcanzable y/o inaceptable en la práctica por quienes tenían el límite definido, en sus capacidades para “conceder y prometer”, una “razón de Estado” a mantener (la vieja y mal parida raison d’État).
El más relevante de los aspectos puestos sobre la mesa fue el “Reconocimiento del EZLN como fuerza beligerante”. La definición de este ítem era en la práctica el punto crítico de la cuestión. Pues aceptarlo por parte del gobierno implicaba conceder a los zapatistas que en adelante la relación del movimiento armado de Chiapas se rigiera por las convenciones mundiales sobre la guerra, con derecho a contar con una intermediación internacional. Por ello, el principal objetivo de Manuel Camacho Solís (cabeza de la delegación gubernamental) era que el EZLN renunciara a esa específica demanda, y renunciara además a su exigencia de que el presidente de México abandonara su cargo.
Lo anterior no quería decir que los planteamientos de Camacho Solís no incluyeran importantes promesas de cambios políticos –como la ciudadanización de los órganos electorales, una ley indígena, representación indígena en el Congreso nacional, reglamentación del artículo 27 constitucional–, pero ponía importantes acentos en conceder en el rubro de la “demanda económica”, a sabiendas de que con ello empoderaba las posiciones de los grupos sociales y políticos que, desde el campo de un importante sector de las fuerzas movilizadas en contra del gobierno (y por supuesto, las ya cercanas al gobierno), se crearan o fortalecieran aquellos posicionamientos que no estaban necesariamente del lado de la “perspectiva armada” del zapatismo.
Cabe mencionar aquí que, en paralelo a la emergencia armada del EZLN, 280 agrupamientos sociales de todas las regiones del estado de Chiapas habían conformado el Consejo Estatal de Organizaciones Indígenas y Campesinas (CEOIC). Esta organización fue inicialmente impulsada directamente por el gobierno, como una estrategia para generar “otro polo” social de agrupamientos que hicieran contrapeso “desde abajo” a la fuerza y exigencias zapatistas. Pero en un mar de descontento generalizado, y bajo la influencia misma de la rebeldía zapatista, el CEOIC no pudo desarrollarse más que en forma por demás contradictoria: radicalizada, por un lado, en determinados momentos, obsecuente al mando gubernamental por el otro.
Así las cosas, las conversaciones de la Catedral quedaron enmarañadas en muy diversas contradicciones que impidieron que pudieran tener un “final feliz” en aquel momento crítico del conflicto global que se venía desenvolviendo. Lo que era claro, en definitiva, era que el EZLN no se conformaría en absoluto con la resolución de “la demanda económica” (y otras promesas políticas que los zapatistas le dieron rango de “segunda mano”) –a pesar de presiones que venían de algunos núcleos del CEOIC e incluso de algunos núcleos del propio cuerpo del zapatismo–, y la representación gubernamental no cedería, entre otras exigencias de peso político mayor, en el punto relativo al reconocimiento del EZLN como “fuerza beligerante”.
2
Cuando el subcomandante Marcos me invitó a “la consulta” que se realizaría en la Selva sobre los resultados de las conversaciones en la Catedral, en aquel febrero frío de 1994, ya tenía él, y su núcleo más cercano, plena conciencia de que no habría mayores posibilidades para ganar en la Mesa de San Cristóbal el punto de ser reconocidos como una “fuerza beligerante”. Pero la inteligencia político-militar del zapatismo daba para entender que “el fracaso” (seguramente prefigurado por las propias fuerzas zapatistas) de las conversaciones en la Catedral les permitiría escalar el conflicto y llevarlo a una “etapa superior”.
Así es que llevar a cabo la consulta se convirtió en un paso táctico fundamental. Estar presente era entonces para mí, como para una variopinta tropa civil de alborotados creyentes a piel en la transformación que perfilaba el zapatismo, un compromiso fundamental.
La entrada a la Selva fue por el lado de San Miguel, población-puerta de La Garrucha y El Prado, espacios tzeltales del municipio de Ocosingo. En el Safari que nos prestaron íbamos, como sardinas, Gloria Muñoz, Raúl Ortega, Hermann Bellinghausen, Amado Avendaño y yo. Manejaba Raúl. Este mismo grupo quedó integrado desde entonces como “uno” en particular, mismo que le dio curso a un ir y venir entre San Cristóbal de las Casas y la Selva que quedó desde el primer momento claramente identificado por los militares que integraban los dos retenes que obligadamente teníamos que pasar.
El caso es que, en total, en aquella ocasión hicimos presencia, para ser testigos y generar las noticias necesarias en torno a la consulta indígena de que venimos hablando, unos 40 “periodistas”, término genérico para nombrar a los que sí lo eran, pero también a quienes, con un disfraz que no engañaba a nadie, tenían otras “tareas” o “funciones” en su clandestina o abierta relación con los zapatistas.
Los integrantes del grupo que arribó a la Selva en el Safari prestado pudimos asistir, ya cada quién por su cuenta, a algunas de las asambleas en las que se discutían los términos en los que se habían desarrollado los diálogos de la Catedral. Pero volvimos a vernos en el momento de la Asamblea de Representantes en la que se haría el recuento de los votos emitidos en todo el territorio zapatista, reunión masiva dirigida por el comandante Raúl, quien entonces, consideramos algunos, era el “jefe de jefes” de toda la tropa zapatista.
Los números de la consulta fueron aplastantes. El 96 por ciento de los sufragios marcó un NO definitivo a los resultados de los diálogos de la Catedral, en un nivel de definiciones en el que prevaleció la exigencia de que el EZLN fuera considerado como “fuerza beligerante”, pero a la vez en el que se transitó a un esquema programático de más largo aliento que apuntó en forma más clara hacia propuestas o planteamientos dirigidos a la transformación global del país. Y ahí el sello de “lo indígena” adquirió mejores y más nítidas tonalidades.
3
El grupo compacto con el que había entrado a la Selva para “cubrir” la fase de consulta se desintegró de manera temporal, pues algunos de ellos regresaron a San Cristóbal de las Casas inmediatamente después de saber los resultados finales de la votación. Tres de los cinco que habíamos puesto un pie en los terrenos zapatistas permanecimos en la comunidad de El Prado unos diez días más.
Recordé entonces, en alguno de esos momentos en los que el reloj sirve de poco para saber qué hacer sobre el terreno, que mi hija Mariana, entonces de 10 años de edad, le había enviado al Sup una carta en la que le preguntaba, con dibujos de por medio, el “cómo sería posible llegar a ser subcomandanta”. Tres o cuatro días antes de regresar a San Cristóbal se la entregué a Marcos, pensando en que no habría respuesta escrita de su parte, pues sólo tomó el papel de la misiva cuando flotaba un poco distraído en el sabroso olor de la vainilla y maple que hacía erupción desde su pipa. Pero me equivoqué: ya encarrerado en la única camioneta que podía darme un aventón de regreso a San Cristóbal, nos alcanzó el poderoso vehículo de Marcos manejado sin él por “El Monarca”, quien la hacía en esos días de chofer. Y me entregó en sobre cerrado una carta de respuesta dirigida a mi hija. No pude evitar la tentación de abrirla unas horas después, y me enteré así lo que decía: escrita con trazos claros, bien delineados, señalaba que “los dibujos que le había enviado la hacían merecer el grado que pedía, por lo que en adelante sería considerada por el EZLN como la “subcomandanta Mariana Moguel”. Para, a continuación, dedicarle con “respeto y cariño” el primer cuento de “Durito” (a partir de ahí La Jornada publicó toda la serie de esa obra literaria).
Una cosa lleva a otra, como se dice, y Mariana y el Sup se encontrarían por mi conducto un año después en San Cristóbal de las Casas, donde el jefe de las milicias zapatistas le obsequió un simpático dibujo delineado con plumón en cartulina, mientras platicaban gozosos sobre algunos extraños mundos ideales del presente y del futuro.
Mariana, mi hija, guarda hasta ahora, ya adulta, esos tesoros. Y guarda también en su memoria “el día en que estuvo platicando con el Sup por un par de horas que le parecieron siglos”.


