
Anituy Rebolledo Ayerdi
Eres mi bien lo que me tiene extasiado
¿Por qué negar que de ti estoy enamorado?
De tu dulce alma, que es todo un sentimiento.
Un voz ronca y susurrante, de esas que dicen brotan del alma misma, invadía hasta el último rincón de aquél breve espacio de penumbras y volutas de humo. El mesero había detenido su trajín al primer rasgueo de la guitarra, acallando el cantinero las titilantes maniobras de su alquimia embriagadora. La parroquia, en tanto, seguía devotamente el fraseo preciso y la cadencia rítmica de aquella palabra exacta, amorosa y reveladora casi como la del Papa de Roma.
¡Shhhiiitt… está cantando José Antonio!
José Antonio Méndez –¡ron con goma, mi helmano!, su petición más frecuente–. Él nunca faltó a su cita en El pez que fuma, de Manolo Pano, las muchas ocasiones en que visitó el puerto. Un rito sacramental cumplido religiosamente por todo cantante, bailarín o cómico cubano, ya en las marquesinas o como simple visitante a la vuelta el siglo XX. Aquí compartió momentos agradables con muchos cantantes, hombres y mujeres, incorporados al movimiento cubano llamado “fílin”, fundado por él, y entre ellos Frank Domínguez, el más grande creador del mismo.
“En Acapulco –Méndez solía comentar– me siento como si estuviera en La Habana y por ello se me hacen tan difíciles los momentos de regresar a la isla”. La lectura biográfica de un compositor y cantante cualquiera podría llevarse páginas enteras. Tal no es el caso de José Antonio Méndez, cuya obra lo retrata: Ayer te vi llorar; Novia mía; Soy tan feliz; Me faltabas tú; Mi mejor canción; Por nuestra cobardía; Quiéreme y verás. Si me comprendieras; Que jelengue y La gloria eres tú. Esta última retrasará la difusión de la obra del cubano en México, donde algunas acapulqueñas lo llamaban cariñosamente mi Tizoncito.
Desdigo a Dios
porque al tenerte yo en vida
no necesito ir al cielo tisú,
si alma mía
la gloria eres tú.
Grabada en México, sin ningún eco, en 1948, La gloria eres tú se escuchará sólo cuando Toña La Negra la abra con un beatífico Bendigo a Dios, porque al tenerte yo en vida, no necesito ir al cielo tisú, si alma mía la gloria eres tú. A partir de entones, Pedro Infante la hará suya, incluso Agustín Lara además de Gonzalo Curiel, Álvaro Carrillo y Avelina Landín
Lana Turner
Fue El pez que fuma el clásico rematadero nocturno e incluso matutino, el último para disfrutar de la Gran Noche, tanto ellos como ellas. Allí remató algunas veces, por ejemplo, la actriz Lana Turner, quien apenas entraba pedía su canción favorita, Bésame mucho, interpretada por Benjamín Cadena, alias El Bullicio, uno de varios trovadores locales con la oferta de sus servicios. La hermosa dama salía del Pez “con el sol caliente”, como decían los desvelados, camino al figón de El Chino, a la vuelta del callejón de La Paz, donde pedía un caldo de pollo con menudencias, cebolla picada y venas de chile seco. Su acompañante habitual era Armando Sotres, quien ya se perfilaba como un personaje de la Noche Acapulqueña. Ella, Lana, esperó aquí el Oscar de la Academia de Hollywood, para el que estaba postulada como la Mejor Actriz de 1956 por su película Cumbres borrascosas. No le llegó y ese fue motivo para que en el Pez se sirvieran por primera vez copas de champaña.
La gringa caliente
Apodada La Gringa, una mujer pecosa y largas extremidades asistió a la taberna durante todo un verano, acompañada siempre de un lanchero diferente. Una leyenda, hilada por ella misma, la presentaba como hija descarriada de un capo de la mafia neoyorkina y por tanto millonaria. Una posición inocultable con la posesión de un Cadillac Eldorado, y sus generosas propinas de 50 dólares. De Acapulco le habían hablado compañeras neoyorkinas de farra, jurándole que aquí encontraría lo que buscaba: auténticas máquinas sexuales. Y en pos de ellas se deja venir directamente al malecón porteño, sede del de gremio de lancheros. Envidiosos que nunca faltan, divulgaron más tarde que La Gringa volvió a Nueva York llamándose brutalmente engañada, además de su Cadillac abollado por la estrechez de las calles de El Pez y la impericia de los maestros del anzuelo.
El Pez
El pez que fuma se localizaba en las calles de La Paz e Ignacio Ramírez y su entrada era una puerta enrejada un poco más grande que la de un baño, en tanto que la capacidad del salón podía albergar a un máximo de 50 personas. Los asientos acojinados adosados a la pared, sillas con respaldo igualmente acojinado con formato acorazonado. La barra con dosel y ornada con quinqués; dos murales del pez fumador y el resto de la paredes recubiertas con maderas tropicales. El piano vertical mostrando las huellas implacables de su uso cotidiano como cenicero. Piano al que Juan Bruno Tarraza arrancará en madrugadas mágicas sus sonoridades más recónditas, ya en solos explosivos o acompañando a voces sensuales como las de Toña La Negra, Olga Guillot y Amparo Montes, Él, Juan Bruno, creador de la canción Soy feliz, que elevó a las alturas para siempre a María Victoria y su larguísima queja de “es que estoy taaaaaaaaannnn enamorada”. Devotos de El pez que fuma fueron también Los Rivero, ya sin Facundo; Celio González –¡coño, me sé otras además de Total!– y mientras que otros cubanos serán adoptados como acapulqueños: Chimmy Monterrey (Pascual Capote) y Tabaquito, bongosero de Tongolele y acompañante del pianista costarricense conocido simplemente como El Pibe.
María Luisa Landín
“En una mesa de atrás está una señora sola muy parecida a una de las hermanas Landín”, reporta un mesero
–Yo las acompañé, revela el pianista El Pibe, al tiempo que ejecuta una introducción majestuosa de Amor perdido.
Como impelida por un resorte, la dama aquella llegará el piano para cantar la canción de su autoría… y muchas más
Carlos Denegri
Los empresarios nocturnos de Acapulco nunca pudieron escapar a las extorsiones y patanerías de algunos periodistas capitalinos. Uno de ellos, Carlos Denegri, el más temido, llega a El pez que fuma y se acerca al pianista para pedirle “La Bamba pero con arreglo sinfónico”, logrando una reacción enérgica de El Pibe con esta pregunta: “¿¡de cuál fumaste, pinche viejo loco!?”.
Adivinando lo que se viene, Manolo Pano interviene pidiéndole al pianista que por favor atienda la petición y este lo hace tocando algo con frenesí por espacio de diez minutos. Los ¡bravo, bravo! del periodista atruenan el espacio concluyendo cuando él mismo entrega a El Pibe su pluma y lapicero Parker con chapa de oro.
–¿Pos que le tocaste, cabrón? –fue la pregunta de un Pano azorado.
Los habitués de El Pez
Habitué de El pez que fuma, como otros muchos empresarios locales, César Balsa abandonaba la parroquia cuando se escuchaban las primeras campanadas de la catedral de La Soledad, siempre bien acompañado. El hispano cargaba entonces la pesada cruz de ser prestanombre de la señora María Isaguirre de Ruiz Cortines (1952-1958), de la que se decía era la verdadera y única propietaria del hotel El Presidente. Balsa, se recordaba, nunca abandonó la taberna sin ordenar: ¡“igual para todos!”, orden aplaudida por la parroquia. Se ha de decir que la cuenta nunca fue la misma porque los sedientos cambiaban tipo de licor y marca. Otro personaje generoso fue el productor cinematográfico José Luis Calderón, adicto a la ginebra Gordon, con coca, quien también ordenaba “igual para todos”. La pequeña diferencia era que esto lo hacía cuando solo quedaban él y una o dos personas más… André Tofel, caminaba al Pez una vez terminado su show en La Perla. Aquí cantaba sus éxitos Cest si bon, Fascinación y Pobre gente de París.
Hedy Lamarr
La célebre actriz e inventora austriaca Hedy Lamarr, considerada en su momento la mujer más hermosa de Hoollywod, vivía en Acapulco formando un matrimonio feliz con Teddy Staufer, (el tercero de seis), director entonces del beachcomber del hotel El Mirador. La dama tenía como canciones preferidas Perfidia y Frenesí, universalizadas por la banda de Artie Shaw, mismas que escuchaba en El Pez cantadas por El Bullicio.
Meseros y cantineros
Entre los meseros del momento en Acapulco figuraban Memo, Chalo Polanco y Nachito y entre los cantineros Reynold Méndez, Chava Añorve y Manuel Ávila. Este último escribía una columna para el diario Trópico titulada De Noche, firmándola como El Búho en la que daba cuenta de las primicias jolibudescas en Acapulco.
Afroantillanos
La presencia constante en el puerto de bailarinas y bailarines indicaba la tendencia del momento por los coreografías con ritmos afroantillanos. Tal fue el caso de los conjuntos de Ricardo Luna, Martín Lagos y León Escobar. Y por si no fueran suficientes, el empresario y gurú socialité, Agutín Barrios Gómez, los traerá de París, extraordinarios, para sus cabarets Rumba Casino, acapulqueño, y Afro, metropolitano.
Piel Canela
El puertorriqueño Boby Capó no compuso en Acapulco su Piel canela, pero sí triunfó con ella en La Bocana. El también autor de Poquita fe solía llegar a El pez que fuma, acompañado por el cubano Abelino Muñoz, autor de Irremediablemente solo, de quien era intérprete oficial. Nunca preguntaban la hora.


