
Texto y foto: DPA
Saná, Yemén, 4 de julio de 2018. Cada día la agricultora yemení Ahlam al Alaja sigue la misma rutina desde hace casi 30 años: se levanta, se pone el mono de trabajo, toma sus herramientas y se dirige a sus plantas. Bajo el sol abrasador Ahlam tararea canciones populares mientras los pájaros pían de fondo.
Ahlam cultiva khat, una planta que proporciona ingresos desde hace mucho tiempo a su familia. La agricultora vive en la región de Hamdan, en el norte de Yemen, donde crece el mejor khat, por el que se paga un buen precio en los mercados de la capital, Saná. Sin embargo, el khat supone para la mujer de 35 años y para la economía del país empobrecido una gran carga, sobre todo ahora que lleva años azotado por la guerra civil.
El khat es más popular en Yemen que en cualquier otro lugar. En algunas zonas del país el 90 por ciento de los hombres mascan sus hojas verdes y se rinden a su efecto embriagador, por el que está considerada como una droga prohibida en otros países. Pero en Yemen mascar las hojas de khat en grupo es un ritual profundamente arraigado en la sociedad.

“Si alguien masca, lo hace diariamente, a menudo entre tres y seis horas”, dice Peer Gatter escritor y autor de un estudio sobre el khat del Banco Mundial.
Incluso en los ministerios hay habitaciones para esta práctica y en ellas se suelen tomar importantes decisiones. Sin embargo, los expertos advierten desde hace tiempo de los efectos negativos del consumo de khat, no sólo para la salud, sino para la economía.
El cultivo de la planta es atractivo para los agricultores, pues significa menos esfuerzo en comparación con otras plantas y garantiza unos precios de venta altos estables. Y puesto que las hojas se venden prácticamente sólo en mercados locales, el transporte es corto y fácil.
No obstante, el khat es una planta que requiere mucha agua. Más de un tercio del agua que se utiliza en Yemen para la agricultura está destinado al cultivo de esta planta, que crece mejor a gran altura. Desde hace años desciende el nivel del agua subterránea en este seco país y la crisis del agua se agrava cada vez más, también debido al cambio climático. Para poder obtener este preciado líquido cada vez a más profundidad, los agricultores necesitan bombas que funcionen con generadores.
Pero desde que estalló la guerra civil entre los rebeldes chiitas hutíes y las tropas leales al Gobierno, el precio del combustible se ha disparado. Ahlam cuenta que debe regar sus plantas 10 horas al día y sólo una hora cuesta 20 dólares, una suma desorbitada en uno de los países más pobres del mundo.
Por eso, Ahlam trabaja por alcanzar su sueño desde que se tuvo que hacer cargo de la plantación de la familia tras la muerte de su padre cuando ella tenía sólo siete años: en lugar de cultivar khat, ella quiere fruta, verdura y rosas. Cuando la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) presentó en su pueblo una campaña de invernaderos, Ahlam fue una de las primeras que se dejó convencer, pero se encontró con la oposición de los vecinos.
La conservadora sociedad de Yemen está dominada por los hombres. “Los habitantes de mi pueblo no permiten a las mujeres participar en el programa de formación de la FAO”, dice Ahlam. Pero ella está acostumbrada a superar estos obstáculos.
Cuando se hizo cargo de la plantación de la familia, sufrió insultos y ataques y los vecinos le robaron la cosecha. “Todo para obligarme a cesar mi trabajo”, cuenta y explica que lloró mucho. “Pero no estoy desesperada”. Finalmente, fue la primera en poder participar en el programa de la FAO.

La familia también dudó de ella. “Mi madre no ha permitido que abandone el cultivo de khat porque es nuestra única fuente de ingresos”, dice. “Ha insistido en que cultive las otras plantas en otro lugar hasta que se demuestre que tienen éxito”.
La agricultora pidió dinero prestado y arrendó un pedazo de tierra en un pueblo vecino. En primavera plantó por primera vez tomates en un invernadero. Ahora primero se dirige allí al amanecer y a veces duerme en el invernadero.
Este tipo de proyectos son más importantes que nunca en un país tan empobrecido. Debido a la guerra, más de 22 millones de personas necesitan una ayuda humanitaria que no llega porque los puertos y las carreteras están bloqueadas. En muchas regiones, las personas están hambrientas y los niños desnutridos. Las ONG hablan de la mayor catástrofe humanitaria del mundo.
Al mismo tiempo, la agricultura del país se resiente del conflicto. De 2014 a 2016, la cantidad de cereales cosechada se redujo a la mitad, según las cifras del Ministerio de Agricultura yemení. El cultivo de khat, por el contrario, se mantuvo estable.
Los tomates de Ahlam son sólo una gota en el desierto, pero ella espera con impaciencia a la primera cosecha. Si tuviera éxito, quiere animar a todos los vecinos a cultivar fruta y verdura en lugar de khat. En las últimas semanas ya han visitado muchos su invernadero: “Me he ganado el respeto”.
La agricultora tiene aún más planes. Se está sacando a distancia un título y después quiere estudiar agricultura. Su nombre, por cierto, significa “sueños”.


