7 abril,2019 11:22 am

Emiliano Zapata: una presencia constante en la historia de México

En su nombre se repartieron tierras, se construyeron ingenios, se fundaron centrales campesinas, los agraristas tuvieron representación política y el partido de la revolución institucionalizada creó un sector específico para los hombres del campo.
Ciudad de México, 7 de abril de 2019. Este año se conmemora el centenario luctuoso del general Emiliano Zapata Salazar. La efeméride resulta en sí mismo significativa, aún más, si consideramos la presencia constante que su figura ha tenido durante estos años en la vida pública del país como tal vez no la tenga ningún otro personaje histórico. Para algunos esta presencia resultará hoy en día muy familiar, sin embargo, habría que apelar al pasado si queremos entender cabalmente la complejidad del jefe revolucionario y su persistencia en el tiempo.
El 10 de abril de 1919, las balas de la traición acabaron con la vida del general Emiliano Zapata. Muchos de los que ese día vieron su cuerpo inerte en Cuautla aseguraron que no era él, que había logrado burlar la infamia para marcharse a Arabia con un compadre suyo y algún día volver. Ese mito que ayudó a los zapatistas a seguir resistiendo ante la derrota se mantuvo soterrado, mientras que el régimen político que surgía de la Revolución se encargaba de construir su propia leyenda: la del eterno retorno del héroe.
Así fue como Emiliano empezó a regresar cada 10 de abril cuando –como ahora– celebramos su aniversario luctuoso. Una de las primeras referencias sobre su retorno es la de la conmemoración de su muerte, en 1924, cuando el entonces candidato presidencial, Plutarco Elías Calles, visitó Cuautla y declaró que los ideales agrarios de Zapata eran los suyos.
El Caudillo del Sur ingresaba así al panteón de los héroes nacionales, con esa etiqueta los hombres del poder le utilizaron para la construcción de la historia legitimadora del régimen revolucionario.
En su nombre se repartieron tierras, se construyeron ingenios, se fundaron centrales campesinas, los agraristas tuvieron representación política y el partido de la revolución institucionalizada creó un sector específico para los hombres del campo.
Anenecuilco, la tierra del caudillo, y Cuautla, se convirtieron en santuarios donde cada 8 de agosto (fecha de su nacimiento) y 10 de abril la clase política nacional y local se reunía para rendirle homenaje.
En ese continuo rememorar, el discurso político le fue arrebatando a Zapata el espíritu revolucionario para convertirlo en un héroe de bronce. En 1931 se aprobó que su nombre (junto con el de su acérrimo rival Venustiano Carranza) fuera inscrito con letras de oro en la Cámara de Diputados por los “indiscutibles servicios” que prestó a la Revolución. Un año después, el gobernador de Morelos, José Urbán, declaró que, en efecto, Zapata no había muerto, pues vivía en los corazones de sus compatriotas convertido en ideas.
En 1934, el historiador Baltazar Dromundo declaró: “El hombre, ya no es el hombre: Emiliano Zapata es ya un símbolo”. Por esos años también se tergiversó el lema original zapatista de “Libertad, Reforma, Justicia y Ley” por el de “Tierra y Libertad”.
Durante muchos años esta imagen del Zapata broncíneo apuntaló al régimen de la revolución institucionalizada; sin embargo, conforme éste empezó a mostrar fisuras, el Zapata soterrado, el revolucionario, empezó a emerger de nueva cuenta. Uno de los casos más emblemáticos fue el del antiguo zapatista Rubén Jaramillo, quien se levantó en armas en 1943 al considerar que los ideales de la Revolución habían sido traicionados; su clamor fue apagado en 1962 al ser asesinado.
Aunque el ejemplo que muestra con claridad la dicotomía de nuestro personaje es el movimiento estudiantil de 1968. Los jóvenes universitarios, en medio de las críticas por adoptar a héroes extranjeros como el Che Guevara, retomaron la imagen del general Emiliano Zapata y marcharon sosteniendo su consigna: “Quiero ser esclavo de los principios, no de los hombres”.
En contraparte, el 10 de abril de 1969 el presidente Gustavo Díaz Ordaz encabezó en la soledad la ceremonia del 50 aniversario luctuoso de Zapata, no en Morelos, sino en la Ciudad de México, que duró 15 minutos y en la que no hubo discursos.
Estos desencuentros simbólicos se fueron convirtiendo en enfrentamientos abiertos durante los siguientes años. Para finales de la década de 1970 personajes como Mateo Zapata, hijo del general, empezaron a hablar del fracaso de la reforma agraria porque no se cumplían los preceptos del Plan de Ayala.
Ya en la época del desmantelamiento del Estado benefactor surgido de la Revolución, el presidente Carlos Salinas decidió modificar en 1991 el histórico artículo 27 constitucional (referente a la tenencia de la tierra y base del ejido) para “modernizar” el legado de Zapata y permitir, entre otras cosas, la privatización de los ejidos.
Precisamente de este choque entre dos concepciones distintas de país, emergió la figura del líder social Zapata. De esta manera, el 10 de abril se convirtió en un acto de protesta para exigir la presentación de los presos políticos, la reivindicación del campesinado, el cese a la represión, contra el Tratado de Libre Comercio y la moderna esclavitud. El paso de esta insurgencia civil a la militar es de todos conocidos: la formación y posterior levantamiento, el primero de enero de 1994, del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas.
El neozapatismo en sus distintas vertientes revitalizó la vida política del país y dejó al general Emiliano Zapata como el gran líder de los movimientos sociales contemporáneos, como quedó demostrado en las protestas para evitar la construcción de un club de golf en Tepoztlán y del aeropuerto en Atenco.
Incluso el actual gobierno también experimentó ya la oposición zapatista en Huexca, Morelos, ante la construcción de una termoeléctrica y el EZLN ha dicho que resistirá y combatirá al nuevo régimen. Porque no importa que tan progresista sea un gobierno y afirme que sus acciones son en beneficio del pueblo, Zapata y el zapatismo en su vena crítica se erigen en un dique en contra de los abusos del poder.
Felizmente para la salud de la vida pública del país, Emiliano Zapata seguirá vigente porque está anclado en la historia, en su sentido revolucionario, en la búsqueda de la justicia y por su enorme arraigo popular.
Texto: Édgar D. Rojano García / Foto: Agencia Reforma 
Édgar D. Rojano García es historiador de la UNAM, autor de Las cenizas del zapatismo (UAEM, Unicedes, 2007) y ex director del Museo de la Revolución.