4 agosto,2018 7:34 am

“Es difícil controlar el uso que se dará a una imagen”, señala Ronaldo Schemidt

Entrevista: Tatiana Maillard/ Foto: Victoria Valtierra/ Cuartoscuro
Ciudad de México, 4 de agosto de 2018. José Víctor Salazar Balza, un joven de 28 años, sufrió quemaduras en todo el cuerpo en un accidente ocurrido durante una manifestación en Venezuela el 3 de mayo de 2017. El instante fue captado por Ronaldo Schemidt, fotógrafo de la AFP. Poco más de un año después, la imagen fue reconocida con el primer premio del World Press Photo 2018.

Hombre en llamas. Foto: Rolando Schemidt/ EFE

Schemidt ha cubierto desde la muerte del presidente Hugo Chávez en 2013 y la elección de Nicolás Maduro en Venezuela, pasando por la Copa del Mundo en Brasil, hasta la muerte de Fidel Castro en Cuba y desastres naturales en México. De ello y otras experiencias de su trabajo como fotoperiodista hablará este sábado, dentro del programa de las Charlas cheleras, a las 2 de la tarde, en la Nueva Casa Noste, ubicada en la colonia Guerrero, en Ciudad de México.
–Al tomar una imagen, ¿el fotógrafo se guía por la razón o por la emoción?
–Lo más fuerte para mí, fue cuando empecé a cubrir tragedias. Cuando pasa un huracán, hay un pueblo devastado y la gente queda mal. Hay patrimonios perdidos. Muertos. Y uno está ahí, metido en medio de todo esto, pero no le pasa nada. Uno está ahí porque quiere, porque está trabajando.
Me tocó estar en la guardería ABC de Hermosillo. Cincuenta niños muertos. Te preguntas: ¿cómo cubrir algo que duele tanto? Tienes que hacer un trabajo que sirva pero, a la vez, debes entender a la gente. Luego cubrí las protestas en Venezuela y empecé a reflexionar sobre esto: ¿cómo manejo esta cantidad de emociones cuando debo cumplir un trabajo? No estoy de acuerdo en cumplir un trabajo como robot. Si dejas de sentir lo que pasa… Y con esto no quiero dar este discurso egocéntrico de: ‘tu dolor es mi dolor’, ¡mentira! Yo no perdí un familiar, una casa. Yo tomé las fotos. Pero la tragedia te afecta, porque eres humano.
Hay compañeros que trabajan distinto, que me dicen que se aíslan. Yo no quiero eso –dice Schemidt, conmovido–. Necesitas sentir para hablar con la gente y transmitir eso, que pasa por un filtro propio y subjetivo. Poder meterme en la historia, ser amable. Ponerte en los zapatos del otro.
Es diferente que con un breaking news, una balacera o un terremoto. Cuando ocurrieron los terremotos en septiembre del año pasado, primero cubrí en Juchitán y después en Ciudad de México. Llegué a Juchitán y vi que estaba destruido, con calma me acerqué a la gente… Tenía la presión del trabajo, fui de los primeros fotógrafos en llegar. Digamos que tienes la velocidad de los fotógrafos de agencia, pero te acercas tranquilo a la gente. Por no es sólo sentir lo que ocurre, sino también llegar sin prepotencia. No somos dueños de las historias, vamos como testigos. Debemos ser empáticos porque cubrimos cosas difíciles.
No estorbar, no traspasar, no manipular
Ronaldo se toma su tiempo para explicar cómo reacciona, o debería, un fotógrafo de prensa. Pareciera que para cada tipo de tragedia se necesita una sensibilidad diferente. Por ejemplo: si se cubre la caída de un avión, “no negocias con la policía, porque es diferente. Te escondes, te vas por otro lado y consigues la foto”. Con la gente que sufre, dice, “si es la que está saliendo del avión, tomas fotos rápidas. Si vas a quedarte más tiempo, entonces te presentas”.
–Reaccionas dependiendo del hecho.
–En Juchitán yo llegué a trabajar muy rápido en el mercado. Ahí lo que había eran soldados, elementos de Protección Civil y bomberos. Ninguno es víctima. Ninguno de nosotros sufríamos la situación. Ahí negocié, porque en el mercado no hay muchos accesos: ‘déjame tomar fotos cinco minutos’. ¿Y qué pasa? Que me voy a colar hasta que me saquen o me regañen, porque ahí no hay víctimas.
Cuando me moví al otro día, hice los entierros. A la gente le preguntaba: ‘¿puedo tomar fotos?’. Si me dicen que no, hago la toma de lejos, porque tengo que hacer los registros, pero tampoco voy a estar encima de ellos. Millones de veces me han dicho que no.
He visto compañeros que interrumpen o estorban a la hora de un entierro porque quieren una foto. ¡Hay formas de ser discreto! De trabajar sin afectar. Cuando empujas el ataúd, quitas a la madre… Tuve una discusión con un compañero que, en el entierro de uno de los niños del ABC, metió su grabadora al sitio donde bajaban el ataúd para grabar el sonido de las palas cuando tiraban la tierra. Me molestó. Hace que nuestro trabajo se generalice como el de la prensa amarillista o abusadora.
–¿Es común hacer eso para obtener la foto galardonada, reconocida?
–No creo que la gente piense ‘esta foto es para concurso’, qué desgastante. Pero nadie quiere hacer un trabajo mediocre, sobre todo porque en cualquier evento somos 40 fotógrafos. La variedad de fotógrafos y tomas es lo que mantiene vivo este trabajo. Es natural, el medio y la profesión lo exigen.
–¿No se sobrepasan límites para cumplir con las exigencias?
–Tienes que tener presente que tú vas a informar. ¿Vas a aportar algo más a la historia si transgredes ciertas líneas? Como la de seguridad. En Venezuela me pasó muchísimas veces. Por tener un buen trabajo, todas mis fotos se realizaron muy cerca, quizá traspasando la línea de seguridad. Tampoco puedes quedarte con los límites que te impone la policía. Uno tiene la decisión final de qué tomar.
–¿Y si el límite lo impone una familia?
–Buscas explicar. No te quedas con un primer ‘no’. Muchos tienen la idea del fotógrafo amarillista, tienes que aclarar que vas a informar. Y cuando haces tu trabajo, te retiras, para respetar el duelo. También hay otros límites que no deben romperse nunca. Es casi obvio decirlo, pero no hay que manipular las imágenes, poner o quitar elementos, que ha ocurrido en concursos. O bien, cuando tratas de generar la escena: ‘oigan, así no parece protesta, ¿por qué no gritan?’. Si no están gritando, no hay foto. No tienes que provocarla. Hay fotógrafos que hacen sugerencias: ‘¿por qué no pones estas velas encendidas al lado del muerto?’. Esa ya no es la realidad.
–La exigencia de un medio es que pasen cosas.
–Tengo una respuesta para esas situaciones. En AFP a nadie se le ha ocurrido decirme que tiene que pasar algo. Pero si un medio reclamara, la respuesta es: ‘Tome una cámara, venga y haga la foto’.
Escuchar, no sólo mirar
–La mirada subjetiva del fotógrafo también construye escenas.
–Hay una carga de valores en la foto y la objetividad no existe. En Venezuela me tocó estar con la oposición y con la gente pro gobierno. Y si bien puedo tener mis posiciones políticas, yo voy con los dos. Hablo con los dos bandos, a veces sin siquiera levantar la cámara por un buen rato. Los retrato sin consentir a uno y maltratar al otro. Hablo con la gente del gobierno, trato de entender por qué lo apoyan, me río con ellos, se relajan, yo también y tomo fotos. Me llevo un trabajo: esto es lo que pasa. Con la oposición hago lo mismo. Mis opiniones de los dos bandos me las guardo para mí.
–No es sólo usar la vista, también el oído.
–Escuchar es indispensable. Me pasó en Oaxaca, durante una manifestación de maestros. Había ocho bloqueando una carretera. No pasaba nada más. Pero tenían una autopista que unía a la mitad del país. Me quedé ahí sentado, platicando, hasta que salía una foto. Si no escuchas, no sabes qué pasa.
–¿Qué tanto cambia la manera de trabajar según la cobertura?
–En Venezuela yo trabajo con chaleco antibalas con placas de cerámica, muy pesado; casco y máscara. Aquí no uso eso. En Ciudad de México casi no pasa nada durante las manifestaciones. Nada. En cambio, en Venezuela hay tres personas gritando y ya les tiran gas. Por eso llevo la máscara todo el tiempo. Cuando cubrí las manifestaciones por la desaparición de los estudiantes en Guerrero, usaba un chaleco ligero, casco y máscara. En el norte, llevo equipo de seguridad, pero no lo uso, porque te pueden confundir. No puedes andar en Ciudad Victoria con un chaleco puesto.
–Usted habla de ser testigo del dolor de otros.
–La tragedia es lo que abunda. ¿Qué ves en la exposición de World Press Photo? Migración, atentados terroristas, devastación ecológica, manifestaciones y violencia. No hay empatía ni entendimiento por el otro, los intereses políticos o económicos mandan. Empiezas a desconfiar de lo que escuchas. Al principio me ilusionaba con discursos que escuchaba. Veía a gente que se organizaba, que hablaba de autogestión y de igualdad, y después resultaba que detrás había un partido político. Te ilusionas con algo que puede funcionar desde la comunidad y resulta que en realidad se utiliza a la gente. Aunque quisiera ser positivo, hay discursos que ya he escuchado 30 veces.
La otra cosa que me ocurre, es que uno no ve soluciones después de tanto desastre. Un huracán acaba con un pueblo completo, y aunque el alcalde diga que habrá reconstrucción y las cosas estarán mejor, eso no va a pasar. Te acostumbras a ver que a la gente le va mal. Pero nosotros no damos soluciones a los problemas, sólo contamos los problemas. Las cosas en Venezuela están peor ahora que cuando yo cubrí las protestas. Contamos lo que pasa, la gente se impresiona, pero no hay soluciones. Y no le toca nada más a la prensa. La gente debe exigir soluciones.
Confusión y tergiversación
–¿Ocurre que las imágenes que toma sean sacadas de contexto y usadas para otros fines? ¿Fines políticos?
–Antes una foto no salía de la primera plana del periódico. Con internet, cualquiera dispone del material. No lo controlas. Encuentro pinturas y esculturas hechas a partir de la foto (del joven quemado). La han comprado a la agencia para portadas de disco. Bien. Pero hay otra parte, a pesar de haber explicado que el muchacho de la foto se quemó de manera accidental, no lo quemó la Guardia Nacional, ni la policía, ni sus compañeros, fue por la explosión de una moto. A pesar de toda la explicación, un periódico del gobierno puso en el pie de foto que el chico se quemó a sí mismo al lanzar una molotov. Se usó la foto como discurso contra los manifestantes. Una foto del mismo hecho, tomada por un compañero de Caracas, fue tomada para hacer un meme sobre ir al Oxxo por caguamas. Es difícil controlar el uso que se hará de nuestro trabajo.
–¿Se involucra con los fotografiados luego de capturar su imagen?
–En el caso de José Víctor Salazar, pienso que estaría bueno que nos encontráramos algún día. Me gustaría hablar con él, pero él no quiere hablar con la prensa. Su hermana, que es quien ha dado declaraciones a medios, dice que él ni siquiera ha querido ver la foto. Es terrible, quedó afectado de por vida. Yo estaba al lado, me pude quemar también. Su foto le ha dado la vuelta al mundo, aunque su rostro está cubierto, se sabe que es José Víctor. No sólo le pasó eso, sino que ha tenido que soportar los comentarios criminalizadores de la gente: terrorista, culpable. ¡Ni siquiera fue su culpa el incendio! Y a mí me han dicho cómplice de asesinato. Esa es la descarga de la gente que está completamente confundida por las redes sociales.