
Tlapa, Guerrero, a 10 de octubre de 2025.- Más de 400 jóvenes permanecen en el limbo, sin poder formalizar sus estudios universitarios, ante la falta de reconocimiento oficial a la Universidad de los Pueblos del Sur (Unisur), después de 18 años de haber iniciado labores de forma unilateral, confiada en compromisos de palabra y sin cumplir antes las normas a las que está obligada toda institución de educación superior en México.
Directivos y estudiantes universitarios esperan respuesta de la gobernadora Evelyn Salgado Pineda, a quien han solicitado audiencia sin éxito. El intento anterior fue en el marco de la última visita que realizó el ex presidente López Obrador a Guerrero, donde le solicitaron su intervención.
“El presidente llamó a la gobernadora y le preguntó sobre el asunto, diciéndole que él pensaba que ya estaba resuelto. La gobernadora le dijo que estaba en eso, llamó a su secretario de Educación y ahí dijeron que lo iban a resolver”, recuerda David Benítez Rivera, quien está a cargo de las funciones rectoras de la nonata universidad.
A partir de ese momento abrieron una mesa de trabajo, que terminó en los días siguientes, pues “el gobierno estatal reconoció que no podía hacer nada, porque no tenía recursos”, dice el directivo.
De igual forma, en su pasada visita al estado, le entregaron en mano a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, la petición para que se atienda esta vieja demanda de reconocimiento oficial de la institución educativa. “Le dijimos que es una cuestión de voluntad estatal y le pedimos su intervención para que sensibilice a la gobernadora”, dice Benítez Rivera, en entrevista con El Sur.
La universidad abrió sus puertas en 2007, por la confianza que sus promotores tuvieron en la palabra empeñada de Zeferino Torreblanca Galindo, desde su periodo de campaña en busca de la gubernatura. Pero “una vez en el poder, dio la espalda” y entonces creó la Universidad Intercultural del Estado de Guerrero, la que abrió sus puertas ese mismo año, en La Ciénega, Malinaltepec, por lo que desde entonces ha sido un peregrinar en gestiones.
La Unisur inició en tres sedes: Santa Cruz del Rincón, donde está “la rectoría”; Cuajinicuilapa, donde se construyeron aulas y una estación de radio FM, y Xochistlahuaca. En los años siguientes se sumaron Xalitla, Hueycantenango, El Mezón y Metlatónoc.
Del sentir estudiantil
Como no podía ser de otra forma, el sentir estudiantil se divide entre quienes creen que los embarcaron en una “aventura irresponsable”, sin tener seguridad de que la institución sería aprobada, y los que compraron sin chistar el discurso original de los promotores y que creen haberse instalado en una lógica “decolonial, anticapitalista y antioccidental”, desde donde se forman o formarían intelectuales propios “que defienden el interés real de los pueblos originarios”, y quienes incluso dudarían que el reconocimiento oficial sea necesario.
Para Juliana Altamirano, “nos hicieron perder tiempo valioso de nuestra vida. Uno no sabe, uno confía, y como no iban a cobrar, pues se veía fácil”, señala, pero se siente decepcionada, “y así están todos”, por lo que algunos habrían buscado otras opciones escolares o se incorporaron al trabajo.
Otras dos estudiantes, con reflexión semejante, no quisieron opinar de manera formal, ni dar sus nombres, “para no tener problemas”, pero hablaron de maestros acosadores y de otros “que estuvieron mamando de las donaciones”, pero sobre todo subrayaron la “irresponsabilidad” de los promotores, “como ellos de por sí tenían sus sueldos en otro lado, podían experimentar con nosotras”, dice una con pesar.
Para Estela Cabrera Lucas no hubo sorpresa. Ella ha estado vinculada al proceso de reclamo y está consciente de que se trata de “una lucha más”. No obstante, reflexiona: “Mis compañeros y yo pensamos en estudiar y tener un reconocimiento que no hemos logrado. Aunque tenemos el conocimiento, no podemos competir en lo laboral para tener un cargo o un buen trabajo”, porque no tienen un documento oficial que los avale. Sin embargo, no han perdido la esperanza personal, pues “muchos, con esas ganas de superación, se fueron a otras escuelas”.
Cree que ha sido injusto el trato que el gobierno le ha dado a la Unisur y sabe que “donde quiera que esté un egresado, ahí está la universidad”. Asegura que les dieron “golpe de estado” al haber aprobado la otra universidad intercultural y no la suya.
Para el egresado y activista Fermín Procopio, la explicación de la negativa del gobierno estatal al reconocimiento oficial de la Unisur, “es sencillísima: ningún gobierno quiere que el pueblo se eduque para despertar. Estamos en un sistema capitalista, es más fácil tener a borregos que a gente pensante”, considera. Además, la Unisur tendría el compromiso de la “descolonización” y no como la otra Universidad Intercultural de La Ciénega, abierta “desde un punto de vista occidental, para formar técnicos obedientes, útiles a las empresas y el sistema capitalista”, mientras que la suya, según Fermín Procopio, trata de “formar sus propios intelectuales para que nuestros pueblos sean ellos mismos. El objetivo central no es exportar profesionistas al mercado laboral, a la explotación”, señala.
En esta lógica de Fermín Procopio, la universidad no es necesario que dependa de un reconocimiento oficial y de un presupuesto público, porque siendo así, “en ese momento, el Estado va a querer manosear el proyecto, por eso nos es más útil que siga siendo un proyecto de resistencia”, concluye.
El engaño con la UACM
Parte del grupo promotor original de la Unisur no ha dejado su peregrinar en interminables puertas, de todos los órdenes de gobierno y poderes del Estado. Ha buscado, incluso, salidas temporales como la cobertura institucional de otras universidades, pero también han tenido sus decepciones.
Así fue con la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), con la que hace una década tuvieron un desencuentro, después de que la universidad capitalina firmó y seguidamente se retractó de un convenio que daría cobijo temporal y permitiría la anhelada titulación de sus egresados.
En su origen, el filósofo Enrique Dussel, rector interino de la UACM, a solicitud expresa ofreció la titulación de los guerrerenses a través de dos posibles vías, narra en entrevista David Benítez, “mediante decreto del rector, sin la necesidad del Consejo Universitario”, o en una segunda vía, que implicaba adecuaciones normativas “que a la larga convenía más”, dice.
Sin embargo, Dussel dejó la rectoría y aunque su sucesor, Hugo Aboites, se comprometió a consolidar el acuerdo, sucumbió a la presión interna, resumida en una carta pública de 113 académicos de esa institución, quienes cuestionaron la legalidad de ese convenio y la legitimidad de la decisión de que la UACM, pensada para Ciudad de México, buscara “resolver problemas de Guerrero”. El desencanto sureño fue mayúsculo.
El historial de gestiones
A lo largo de este tiempo han buscado respaldo de instancias estatales y federales, como lo evidencia el abultado archivo documental al que El Sur tuvo acceso.
Solicitudes de intervención a diversos titulares del poder Ejecutivo, federal y estatal; exhortos y cartas solidarias de legisladores estatales y federales, de dependencias educativas, indigenistas, de derechos humanos, de intelectuales y otros.
Incluso, cuatro años después de su arranque, en 2011, atendieron el protocolo de apertura que establece la Comisión de Educación Superior del Estado de Guerrero (Coepes), instancia insalvable en la normativa vigente.
“Hay una acta donde esa instancia revisa y aprueba los planes y programas de estudio de Unisur desde 2011”, señala el también académico de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), David Benítez, quien agrega que incluso hay una carta firmada por el subsecretario de Educación Superior de Guerrero en el gobierno de Ángel Aguirre Rivero, en la que “da la anuencia y prácticamente dice que pronto iniciarán los trabajos de creación oficial”, que de igual forma se diluyó.
El problema, “en resumen, es falta de voluntad estatal, porque a nivel federal nos dijeron que lo único que se necesita es el decreto de creación, que lo tiene que emitir el Ejecutivo estatal o la Cámara de Diputados”, señala Benítez Rivera.
Invitado a una reflexión autocrítica, el directivo que forma parte del grupo inicial, dice que se dejaron llevar por esa “práctica recurrente” en las comunidades, en otros niveles educativos, donde dirían, “abrimos y luego obtenemos la clave”, lo que sin duda fue “un error, al tener la esperanza de que el reconocimiento vendría rápido”, además de que “no fuimos lo suficientemente hábiles para leer otras señales, como el reflujo de los movimientos sociales, que nos pegó a todos”.
Sin dejar la crítica, “creo que lo que lo que también hicimos mal, fue seguir creciendo. De tres sedes pasamos a ocho, en Costa Chica y Montaña. Y así como creció, empezó después a caer el apoyo. Ese fue el principal error”, concluye.
Martín Equihua / Foto: Cortesía de la Unisur


