
Ciudad de México, 27 de agosto de 2026. Su arte, extrovertido al mundo, chocaba con la introspección de su autora, internada voluntariamente desde 1977 en una clínica psiquiátrica de Tokio.
Yayoi Kusama, la artista más célebre del panorama contemporáneo de Japón, falleció a los 97 años el pasado 14 de mayo, aunque el mundo recién ayer se enteró.
“Continuó pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca de lado su pincel, y siguió explorando el amor eterno y el alma inmortal”, señaló su estudio en un comunicado que pegó fuerte a la escena del arte: “Llevaremos adelante los deseos de Kusama y, a través del arte, continuaremos llevando esperanza y fortaleza para el futuro a personas de todo el mundo”.
Expuso ampliamente en todo el mundo, incluidos el Museo de Arte Moderno y el Whitney Museum of American Art de Nueva York. Incluso en México, en el Museo Tamayo, entre 2014 y 2015.
El arte de los lunares
Los característicos lunares en la obra de la artista aparecieron en su niñez, cuando experimentó visiones y alucinaciones que dieron origen a sus primeros dibujos con este motivo.
Técnicas como la acuarela, el pastel y el óleo le sirvieron para expresarse desde temprana edad.
“Formuló una filosofía del arte que denominó ‘autodestrucción’, basada en motivos simples de repetición y proliferación obsesivas”, narra su biografía oficial.
Su obra trascendió rápidamente la pintura y saltó a los desfiles de moda, performances antibélicos y al videoarte, lo que la catapultó a la fama y la colocó como una artista vanguardista.
En 2014, en ocasión de su primera muestra retrospectiva en México, la entonces octogenaria artista japonesa dijo a Reforma en una entrevista: “Vivo para mi trabajo, por lo tanto, no hay distinción entre mi vida diaria y mi práctica artística”.
Los colores vivos, figuras infantiles o patrones repetidos de lunares y redes, contribuyeron a englobarla dentro del pop art, derivado también de su estancia en Nueva York en la década de los 60 y 70, cuando destacaban artistas como Andy Warhol, los hippies, el movimiento pacifista contra la Guerra de Vietnam y el amor libre.
“Yo establecí el arte de Yayoi Kusama con fe y esfuerzo”, dijo a Reforma: “Nadie puede destruir ese mundo. No es ni pop art ni minimal art ni expresionismo abstracto, es el arte de Kusama. Quiero mostrar, con las características propias de cada disciplina, que estoy dejando allí mi vida, el esplendor alcanzado por una visión repetitiva de lo más profundo del universo”.
Su internamiento voluntario en un hospital psiquiátrico afianzó la idea de Kusama como una artista excéntrica, que le granjeó mayor interés del gran público.
Estudió formalmente el nihonga pintura japonesa tradicional, en su juventud, y ya afincada en Nueva York empezó a trabajar en su serie de pinturas Infinity Net. Pronto se movió a la escultura-objeto, reflejada en series como Accumulations.
Kusama no conoció el éxito económico desde un principio y luchó siempre con su salud mental.
Fue una crítica del mercado del arte, el capitalismo y los conflictos bélicos; consideraba que su obra contenían mensajes de concordia.
“Si puedo seguir creando arte que le dé amor y paz al mundo, entonces vale la pena vivir”, sostenía.
Siempre audaz
Aunque hablaba en voz baja y su comportamiento era tímido, siempre fue descaradamente audaz al defender su visión de los lunares, no solo al mantener ese estilo durante décadas, sino también al hacerlo accesible a las masas.
En sus últimos años, cuando la época finalmente alcanzó a su arte, disfrutó de la fama. Firmó acuerdos con marcas de moda como Louis Vuitton, además de licenciar sus ilustraciones para otros productos, como tazas, camisetas y llaveros, incluidas réplicas de su propia imagen utilizadas en escaparates y otras estrategias de mercadotecnia.
En 2008, Christie’s subastó una de sus obras por 5.8 millones de dólares. En 2016 recibió el máximo reconocimiento que Japón concede a sus artistas: la Orden de la Cultura.
Staff / Agencia Reforma


