
Luchó durante años contra la enfermedad. Era una “voz en su esplendor”, remarcan
Ciudad de México, 29 de agosto de 2025. En Del Mago al Loco, un espectáculo germinado en el tarot, Lourdes Ambriz (1961-2025) era la Emperatriz. Cantaba el aria Rejoice Greatly de Händel, caminando altiva, cargada por una veintena de actores.
Esa es la imagen perdurable de la gran soprano que evoca Claudio Valdés Kuri: “Lourdes se despidió coronada en la cúspide”.
Todavía el pasado 20 de julio, en su cumpleaños, a pesar del cáncer, deslizó una promesa al director de Teatro de Ciertos Habitantes: volvería para la reposición de la obra.
“Es cierto que los grandes artistas que se van así, en su esplendor, se quedan en nuestro imaginario. Lourdes quedará siempre hermosa, virtuosa, coronada. Coronada desde jovencita”, expresa a Reforma Valdés Kuri, invocando un halo romántico, propio de ella.
Se mantuvo en la cima de su carrera hasta su muerte, ocurrida la tarde del jueves a los 64 años en el hospital donde era atendida por el cáncer.
Pero más allá de su habilidad técnica y privilegiado instrumento, sus colegas recuerdan a una persona generosa y amable. Una querida amiga, con inquebrantable fuerza y resiliencia ante la enfermedad.
“Éramos compañeras de vida”, resume en entrevista la mezzosoprano Encarnación Vázquez, testigo de la trayectoria ejemplar e impresionante de una cantante que no solamente abordó la música antigua sino también estrenó las obras de compositores contemporáneos.
Una complicidad forjada desde los comienzos de sus carreras y acrecentada a lo largo del tiempo. Eran unas “niñitas” cuando hicieron de los geniecillos en La flauta mágica, de Mozart; Ambriz tenía sólo 19 años en su debut escénico. Fueron también las ondinas de El oro del Rhin, de Wagner, y estuvieron en el estreno mundial de Aura, de Mario Lavista, como Aura/Consuelo en la adaptación de la novela de Carlos Fuentes.
“No solamente hizo desde música antigua, medieval, sino hasta los estrenos de compositores de música contemporánea muy importantes de este país. Tenemos una tarea compartida, de mucho compromiso y excelencia en el trabajo profesional”, añade Vázquez, quien visitó a su amiga en el hospital apenas el miércoles, sin pensar que era la despedida.
Aclamada cantante, su carrera en los escenarios se remonta a 1980. Debutó en el Palacio de Bellas Artes como Teobaldo y la voz celestial de Don Carlo, de Verdi, en una versión de concierto con la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Sergio Cárdenas.
En su repertorio figuraron, además de Händel, Mozart, Wagner, Lavista y Verdi, compositores como Bach, Graun y Chávez, de quien estrenó la versión definitiva de The visitors, hasta Dvorák y Mahler.
“Era una persona intrépida, tanto en lo actoral como en lo musical, un músico completo sin temor a abordar una amplia gama de estilos”, define Vázquez.
“Aportó a mi vida tener a una compañera interesada en hacer música de cámara, oratorio, las obra de Bach…”.
Compartieron las etapas más hermosas pero también las más difíciles tanto en el escenario como cuando ocuparon puestos directivos en la Ópera de Bellas Artes. De 2015 a 2018, Ambriz fue su directora artística.
Su particular flexibilidad vocal como cantante y desprovista del ego podía adaptarse a cualquier género.
“Así como en la música antigua y cierto repertorio operístico que era el adecuado para su voz, en la música contemporánea Lourdes fue pieza clave”, añade Valdés Kuri.
Tal como se decía del pintor José Clemente Orozco, que manejó todos los géneros, así la cantante: “Abordó todos con un virtuosismo que es para quedarse atónito”.
Durante su enfermedad estuvo rodeada de familia y amigos: cantantes, alumnos y músicos.
Erika P. Bucio / Agencia Reforma


