
Federico Vite
L’Étoile du Nord es una novela corta del escritor Georges Simenon y forma parte de la serie Detective Maigret. Fue escrita en la comuna francesa de Neuilly durante el invierno entre 1937-1938. Se publicó por primera vez en el semanario Police-Roman No. 23 (Septiembre de 1938), nueve meses después de haber sido escrita. Tuvo una recepción discreta del público. Seis años más tarde, la editorial Gallimard la incluyó en una colección de nouvelles. Adquirió volumen y densidad de libro con un título casi homónimo: L’Étoile du Nord et autres enquêtes de Maigret, pero lo más sorprendente es que este libro publicado hace 82 años no tiene arrugas. Se lee bien, joven, sólido y convincente.
L’Étoile du Nord et autres enquêtes de Maigret (París, Gallimard, 2015, 128 páginas) agrupan tres textos de corta y mediana extensión: Rue pigalle, Stan le tueur y L’Étoile du Nord. En ninguno de estos relatos se nota que fueron escritos hace ochenta años; la mano sobria del narrador es precisa, pero no se somete nada más a los hechos, pues las disertaciones –características del entrañable Maigret– dan un rango de movimiento al cuerpo del relato y a ratos pareciera que se trata de un autor contemporáneo, alguien que habla de un mal de nuestro tiempo, eso se debe a que Simenon era un conocedor del mundo criminal y hábil para dar información en pocas líneas y en breves diálogos. Es imposible negar el talento y la elegancia de este narrador nacido en Bélgica. Su obra, insisto, tiene la lozanía de lo joven.
En Rue pigalle, Maigret investiga un caso que involucra a dos bandas rivales: Los corsos, liderados por Christiani, y el Clan Marsellés. Cuando el líder marsellés es arrestado, procesado y condenado, su banda sospecha que todo fue obra de Christiani y lo buscan para consumar una venganza. Esta pesquisa involucra otros crímenes. Maigret identifica a todos los integrantes de las bandas y trata de apaciguar la creciente ola de violencia. Así que gracias a sus habilidades deductivas logra adelantarse un paso a los delincuentes. Eso le permite cerrar con fortuna la historia. Me gusta el inicio de este relato. Las primeras líneas anuncian que algo grave ocurrirá de una manera singular: “Cualquiera que hubiera entrado a la casa de Marina en busca de aventuras, sin duda, no habría visto nada más que el fuego”. Aparte de la pericia narrativa, hay destellos humoristas que agrandan el placer de este cuento.
“Stan le Tueur” también fue escrita en Neuilly durante el invierno de 1937 y 1938. Es decir, tiene el mismo sitio de gestación que “L’Étoile du Nord”. En esta historia Maigret y sus inspectores vigilan un hotel en la Rue de Birague, en París, donde se escondía una banda polaca; los bandidos asaltaban granjas aisladas en el norte de Francia y, no sobra decirlo, eran extremadamente peligrosos. Un hombre extraño, también polaco, se acercó a Maigret y le ofreció ayuda para arrestar al líder de la banda, Stan, El Asesino”; pero en la medida que se inician las pesquisas y debido a que los resultados de la vigilancia son malos, Maigret se da cuenta que busca a un hombre alto, fornido, malencarado; pero a Stan nadie lo ha visto. ¿Es posible que sea una mujer? El giro de la trama es impecable. A buen tempo. “Yo creo que nunca había sentido tanta rabia en mi vida… yo sabía que la solución estaba allá, muy cerca, que sólo faltaba un poquito. Al traer los retratos vi que eran perfectamente parecidos”.
La Estrella del Norte es el más elaborado de los tres; el autor requirió de mayor precisión en los trazos de los personajes y de una estrategia narrativa de mayor engranaje, no sólo tensó la trama mediante peripecias, sino que puso en marcha una maquinaría novelística.
Maigret planea dejar irresoluto su último caso, pues está a dos días de su jubilación, pero explora una idea que le ayuda a encontrar la llave de todo el misterio. Hablo del asesinato de un hombre que despierta gran interés en el público y en la gendarmería. Es un homicidio pasional de compleja resolución. El protagonista requiere, por tanto, de una constante serie de deducciones, de análisis informativo y, sobre todo, debe soslayar los prejuicios que no le ayudan a entender la maldad de la situación que tiene frente a sí.
A Maigret no le sirve lo que sabe. Sólo le queda seguir su instinto y, aunque teme equivocarse, busca la manera de armar el rompecabezas que empieza de una manera sui generis. “Un gruñido inusual, escuchado por teléfono, fue la causa por la que Maigret se vio involucrado en esta desconcertante aventura”. Alguien llama durante la noche y, al oír que levantan el auricular al otro lado de la línea, gruñe. Eso pone en alerta al comisario. “Maigret tenía un particular horror a los dramas de los hoteles y lamentaba haber tomado la llamada maquinalmente, porque creía que no estaba destinada para él”.
La premura por la jubilación de Maigret es el principal motor del relato. Suena de nuevo el teléfono, el comisario escucha que hubo un asesinato en el hotel Étoile du Nord, cerca de la Gare du Nord. Se trata de Georges Bompard, un agente de ventas, quien fue apuñalado. Entre los huéspedes del hotel está Céline Germain, una joven de 19 años a la que le falta un calcetín y esa prenda fue encontrada en la habitación de Bompard. Maigret lleva a Céline a la Dirección Regional de la Policía Judicial de París y la trata como a una huésped, ¿por qué? ¿Qué intuye él de ella? ¿Es una mitómana? ¿Qué hizo con George Bompard?
Maigret envía al inspector Lucas a investigar a todos los huéspedes del hotel; descubre que el portero, Joseph Dufieu, es de Moissac, al igual que la camarera, Lucienne Jouffroy. La historia se va estructurando por detalles; al final, sabemos que el verdadero nombre de Céline es Geneviève Blanchon, hija de un juez. Estaba enamorada de Bompard y viajó a París para hablar con él. Bompard fue amante de la hija de Lucienne, quien murió por un aborto mal practicado. Todos tienen un motivo para matarlo. ¿Quién apuñaló a Bompard? ¿Fue la camarera, la hija del juez? Maigret, a pesar de los berrinches, la insolencia y las mentiras de Céline logra resolver el caso. “Tengo mucha sed”, dice al final el comisario, “¡anda!, llévame a una cervecería ya”.
Simenon publicó 200 historias, algunas como novelas y otras como cuentos. Pero lo atractivo no es la cifra, sino la calidad de los textos que, como mencioné al inicio, tienen la virtud de no envejecer.
*La traducción de las líneas entre comillas es mía.
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@Federì Vite


