12 diciembre,2023 4:46 am

Huracán Otis, complacencia colectiva ante el cambio climático y el desastre que pudo ser diferente

Alejando Carabias Icaza

 

Antes que nada, expreso mis condolencias y solidaridad hacia las familias que con el huracán Otis perdieron seres queridos o el patrimonio construido con muchos años de esfuerzo.

Lo que vivimos en Acapulco la noche del pasado día 24 de octubre y la madrugada del día siguiente, no fue otra cosa que el efecto violento producto de la crisis climática que está atravesado el mundo, provocada por el calentamiento global.

En Acapulco hemos vivido en una especie de complacencia y negación de autoridades y ciudadanía. Es decir, aunque sabemos que el calentamiento global ha incrementado la frecuencia y magnitud de fenómenos meteorológicos extremos como lo son los huracanes, tomamos la decisión consciente de “jugárnosla”.

De que otra manera llamarle a una situación donde se sabe que se está expuesto a algo que sucederá en algún momento, se acepta, se internaliza, para luego decidir hacer poco o francamente nada para prepararse a minimizar los efectos cuando ese algo se presente.

Sabemos que, por su ubicación, Acapulco está todos los años sobre aviso permanente. La pregunta no es si un huracán de gran magnitud va a golpear, la pregunta es ¿cuándo y con qué fuerza?

Y aún con esta condición Otis nos tomó por sorpresa, desprevenidos, descuidados y sin haber preparado una ciudad mas resiliente, sin la oportunidad de ejecutar acciones para mitigar las consecuencias y atenderlas de inmediato y con mayor efectividad. Fueron por lo menos tres días antes de ver una respuesta importante a la emergencia, síntoma de que algo no está bien.

Decidimos pues en Acapulco jugar a la ruleta rusa, confiando en tener suerte, solo que es difícil tener suerte siempre, cuando la ruleta se juega todos los años en la temporada de huracanes y las consecuencias del calentamiento global cada año son más severas.

Queda claro que aun conociendo los riesgos, gobierno y ciudadanos no hemos estado dispuestos a asumir la plena responsabilidad de desarrollar una cultura de preparación colectiva e individual y de respuesta ante emergencias.

No hemos estado dispuestos a invertir en serio para desarrollar capacidades locales razonables. La intervención de la Federación ante eventos de esta magnitud será siempre indispensable, sería imposible atender solos, pero eso no debe de ser pretexto para no desarrollar mucha mayor capacidad estatal y municipal.

Debe ser prioridad la capacidad para adaptarnos y adaptar mejor nuestra ciudad al cambio climático, y al peligro permanente que representa estar en una ubicación expuesta a huracanes, tormentas, lluvias torrenciales, deslaves, inundaciones, incendios, sequías y sismos.

Los intereses políticos y económicos son un gran obstáculo. La corrupción, la falta de visión, compromiso, liderazgo, conocimiento y capacidad, nos ha condenado por años a estar expuestos y a merced de las consecuencias de los fenómenos naturales.

Para muestra seguimos sin concluir el proceso y publicación oficial del Ordenamiento Ecológico del Territorio (POET) de Acapulco, instrumento fundamental para que el uso de suelo no entre en conflicto con su vocación natural. (¿le suenan esas zonas habitacionales construidas en humedales que sí o sí siempre se inundan cuando los cauces de los ríos y las lagunas se desbordan?).

Dos veces en los últimos 15 años se gestionaron recursos para finalizar el POET, en ambas ocasiones no se concluyó por culpa de los saboteadores que quieren construir sobre humedales y manglares, y por los “lideres sociales” que siguen lucrando con invasiones. Ricos y pobres jalando juntos hacia el desastre.

Seguimos sin Instituto de Cambio Climático Estatal que marca la ley vigente en la materia, Ley que promovimos publicada desde el 21 de agosto de 2015, y cuya tarea principal es facilitar y promover al interior del estado, los municipios y la ciudadanía, capacidades, acciones, y en general una cultura de adaptación y mitigación a los efectos del cambio climático. Esto sin mencionar los demás instrumentos de política que están contemplados en la ley y que están en la omisión total desde hace ocho años.

Los Atlas de Riesgo cuando los hay son documentos anecdóticos, no están vinculados a nada, cuando deberían ser un insumo crítico para desarrollar y actualizar los planes de desarrollo urbano, los reglamentos de construcción, y los protocolos de respuesta a emergencias.

Y hablando de protocolos locales de respuesta a emergencias para cada tipo de desastre natural, ¿dónde están y quién los conoce?

¿Que pasó con el Fondo de Solidaridad del Estado (Fonsol) para atención a desastres, y que permitía poder apalancar seguros para daños catastróficos por el estado y los municipios?

Urgen liderazgos que asuman un compromiso personal con mejorar las condiciones de administración de los riesgos de la ciudad, y con la implementación de los mandatos de ley que permiten prevenir y mitigar.

Porque la fácil es siempre decir que no hay recursos. Pero cuando el argumento es no hay recursos y los que hay se invierten mal, la naturaleza nos recuerda de vez en vez cómo se debe de invertir.

Dentro de lo malo de esta tragedia, hoy tenemos la oportunidad única de reconstruir Acapulco, pero no podemos hacerlo igual, tenemos que rediseñar el futuro del municipio con la gestión de riesgos y la resiliencia a los efectos del cambio climático en el centro del rediseño, o acabaremos reconstruyendo, pero llegando al mismo lugar de vulnerabilidad en donde nos encontró el huracán Otis.

Se le atribuye a Albert Einsten la siguiente frase: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes”. Espero de corazón que los acapulqueños no acabemos siendo parte de un manicomio después de la reconstrucción.

 

* Ingeniero Industrial Certificado en Ingeniería de Seguridad y dirigente estatal del PVEM.