
Destruye desde el condominio más lujoso, hasta la vivienda más humilde. Miles de personas quedan damnificadas y otras tantas fueron atrapadas por las corrientes de aire que alcanzaron los 300 km/h y los dejaron sin nada
Acapulco, Guerrero, 2 de noviembre de 2023. El silbido del diablo sorprendió a muchos en Acapulco, cuando en los primeros minutos de la madrugada del miércoles 25 de octubre, las rachas de viento del huracán Otis embistieron todo lo que encontró a su paso, desde el condominio más lujoso, hasta la vivienda más humilde. Miles de personas quedaron damnificadas, miles de ellas fueron atrapadas por las corrientes de aire que alcanzaron los 300 km/h y los dejaron sin nada.
En las historias del pueblo se escucha el terror que vivieron, la mayoría coincide en que la tierra tembló, que el viento silbaba y que el diablo los visitaba, porque nunca en su vida habían pasado un fenómeno así, donde la muerte les soplaba en las puertas de su casa.
Fidela Chávez Teodores tiene 68 años, no usa celular y mucho menos tiene redes sociales, ella sólo supo ese día que venía un huracán, pero nunca supo la magnitud de la fuerza de Otis categoría 5 en escala Saffir-Simpson, tampoco ninguna autoridad se lo dijo.
“Sabíamos que iba a pasar un huracán y a veces pasan, pero no hacen feo como ahora. Se oía horrible los zumbidos (del aire), nosotros pudimos salir, ya (el huracán) había volado nuestra casita, nos salimos por lo más feo, no supimos cómo, pero llegamos a otra casa a protegernos”, platicó mientras mostraba su vivienda sin techo.
Doña Fidela vive en la colonia Los Grados, en la avenida Escénica, donde su casa en el cerro contrasta con las residencias de fraccionamientos como Pichilingue o Las Brisas, es una antítesis que divide la opulencia con la pobreza, pero que la madrugada del miércoles la fuerza de la naturaleza no distinguió clases sociales, sino que destruyó todo por igual.
“Yo no tengo teléfono, ya cuando llegó el golpe me entere, la pasamos muy triste, mi hija, mi yerno, mis dos nietos y una niña de dos años. Nos fuimos a refugiar a una casa más arriba, porque nos dijeron que se iba a repetir y sí nos dieron permiso, nos dieron ropa, porque no llevábamos, nuestros papeles se nos mojaron, perdimos todo”, comentó con nostalgia.
Su casa queda del lado del cerro, en la entrada de la Escénica bajando del puente de Puerto Marqués. Hasta hace una semana era de techo de lámina y paredes de tabique. Lo poco que tenía se le llevó la fuerza de Otis, sólo se quedó el refrigerador y la estufa, ahora espera que el gobierno le ayude a reconstruir su vivienda.
Don Roberto
Muy lejos de ahí, del otro extremo de lo que era el paradisiaco puerto de Acapulco, en Pie de la Cuesta, Roberto Lugardo Quevedo, de 65 años, escuchó “el silbido del diablo” y cuando se dio cuenta de su fuerza ya no pudo hacer nada, sólo aguantar con su familia el embate del viento que los dejó sin techo.
Don Roberto tiene un campo Tortuguero llamado Las Playas, donde recibía a turistas que acudían a liberar tortugas, pero hace unas semanas dejaron de ir porque el huracán Max desapareció su enramada y ahora Otis destruyó su casa.
“A las 12 (de la noche) mi yerno me dijo vámonos, yo le dije que no y me quede adentro (de la casa), se quedó mi esposa, mi suegra, mis hijas, nos quedamos cinco, primero estábamos en la sala y oíamos los trancazos del aire, y cuando cayó la primer lámina dije ‘no va aguantar, ya despellejó la primer lamina’, yo tenía dos tragaluces en el techo y fueron los primeros que volaron”, platicó con su acento costeño, despreocupado y a veces sonriente, con la experiencia de haber vivido constantemente los embates de la naturaleza.
“Ya cuando se fue la segunda lámina nos pasamos a otro cuarto, parados y tapados de la cabeza, todas las láminas se fueron despegando y ya que se cayeron, pensé entre mí que ya no había problema, porque ya no nos cae nada, pero la estructura comenzó a temblar y nos metimos atrás de la puerta, ‘agáchense, para que no les caiga nada’, les dije, no podíamos asomarnos hasta que ya pasó, casi tardó tres horas y media, comenzó a las 12 y media y terminó a las 3 y media, ya cuando acabó el aire peligroso ya no pudimos salir, porque todo volaba por todos lados, las láminas volaban muy feo, si alguien se sale corría el riesgo de que algo le pegue, hasta que pasó”, contó apacible.
Roberto Lugardo reveló que el primer golpe del aire venía del cerro y no del mar como estaban acostumbrados cuando llegan los ciclones, después de una hora el viento regresó del mar. “Comenzó a bufar, se oía fuerte, yo decía que no iban aguantar las paredes, yo esperaba que se cayeran porque se oía como pegaba el aire en las paredes, como que chocaba algo, como que aventaban una bola de aire, hacía buuuf, descansaba y después de otros cinco segundos de nuevo buuuf, más bolas de aire, todo el que tenía láminas (en el pueblo) no tiene ninguna”, expresó el tortuguero.
Finalmente aprovechó que la barda de su vecino se cayó y pudo correr a refugiarse con su familia en el sótano de la casa, donde esperaron hasta el amanecer y donde el restó de la noche la pasaron con gatos, tlacuaches y ratas, que “al igual estaban espantados por el huracán”.
Otis lo dejó sin el techo en la casa, sin camas, sin refrigeradores, sin pantalla, todo se perdió, ahora él junto a su familia levantan los destruido y se preparan para desovar a miles de tortugas al mar, pues la llegada de turistas por muchos meses no existirá.
Doña Marielena
Marielena tiene 70 años, vive en la colonia La Poza Zanja, cerca del bulevar de Las Naciones en Punta Diamante, pero en la zona humilde.
Al igual que muchos acapulqueños también fue sorprendida por el violento viento del huracán Otis y también como muchos, coincide que al momento que llegó tembló la tierra y se empezó a sentir la fuerza del aire.
“Se oía un silbido, un rugido del aire, pensamos que era gente que andaba silbando y quisimos salir (de la casa), pero el aire nos los impidió, mi esposo trato de amarrar con mecates el techo, pero fue imposible, el aire estaba muy fuerte, le dije que se metiera porque podría lastimarlo, luego también, el silbido del aire quería abrir las puertas y sentíamos que el piso se cimbraba cuando entró el aire, yo pienso que fue cuando tocó tierra el huracán, todos aclamamos a Dios, porque es el único que podía ayudar”, contó entre sollozos.
“Oíamos que la gente gritaba, lloraba, pedía ayuda, pero ¿quién iba a salir? Si todo el aire estaba devastando todo, no más se veían cómo las láminas salían volando, pasaban y uno tenía miedo de salir, pero gracias a Dios estamos vivos, aunque sin techos, sufriendo de agua, tortillas, pero eso es lo de menos, aunque sea arrocito o lo que sea vamos a comer, todos necesitamos el apoyo”, clamó doña Marielena, que además de su techó perdió sus cosas, porque su casa se inundó.
El huracán Otis dejó hasta el momento 46 muertos, 58 desaparecidos y más de 200 mil damnificados. Cerca de 600 condominios y hoteles de lujo quedaron destruidos en las zonas exclusivas del puerto. En la franja rural y urbana la mayoría de las casas se quedaron sin techos y bajo el lodo, pero la misma población limpia y construye sus viviendas ante la ausencia de las autoridades. Más de 100 hospitales y clínicas quedaron inservibles. En las calles y las avenidas el olor a muerto y descomposición se dejan sentir.
Acapulco quedó devastado por “el silbido del diablo” y poco a poco comienza a levantarse.
Texto y foto: Lenin Ocampo Torres


