EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

2018: la ruptura con las élites

Raymundo Riva Palacio

Agosto 03, 2016

La Presidencia en México vive en una dialéctica absurda. Por diseño es una Presidencia débil, pero es inmensamente poderosa en función del carácter y personalidad de su ocupante. La Presidencia de Vicente Fox, abierta y bastante democrática, fue idéntica en términos de operación que la de Carlos Salinas, que en su reconstrucción de la economía utilizó atajos metaconstitucionales, o como la de Ernesto Zedillo, que dio un golpe de Estado técnico cuando para lograr la reforma al Poder Judicial, descabezó durante 11 días a la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Eran Presidencias iguales a la de Enrique Peña Nieto, a quien hay que observar en el último tercio de su gobierno para ver qué conejo tiene en la chistera porque de otra forma no se puede uno imaginar cómo terminará la administración enfrentado con las élites, con las que ha roto.

Los anteriores gobiernos no rompieron con todas las élites al mismo tiempo. Cada uno de los gobiernos anteriores escogió a sus enemigos y tuvo alianzas, dentro de los mismos sectores. En el caso del presidente Peña Nieto, la estrategia es sorprendentemente distinta. Como se lo dijo Manlio Fabio Beltrones al presentarle su renuncia al PRI, el gobierno se ha enfrentado a todos los grupos de poder que, como respuesta, se volvieron beligerantes, como los empresarios, la Iglesia católica, los medios de comunicación y los propios gobernadores priistas.

Para botones de muestra esta semana el SAT informó que la recaudación aumentó en el primer semestre 14.9% adicional a lo programado. Si bien es cierto que la base de contribuyentes subió, alrededor del 80% sostienen, como siempre, la mayor carga impositiva. Vino acompañado del aumento en las tarifas de energía eléctrica para industrias, comercio y los hogares de mayor consumo. Mientras tanto, la rebelión de las calles ganó: la disidencia magisterial obtuvo concesiones legales y económicas del gobierno, para que dejen de alborotar en la cuenca del sur del país. La lectura es que arriba, a las élites, se les sigue castigando; abajo, a quienes generan conflicto, se les premia para que eso le ayude al gobierno a recuperar la gobernabilidad.

La lógica parece fincarse en la creencia de que hay un sector, el que paga impuestos, que puede sacrificar porque sabe que no se va a ir a las calles a dañar bienes, propiedad privada o afectar el aparato productivo. Que ese sector sigue poniendo de su parte para amortiguar las concesiones que el gobierno hace con los grupos radicales y beligerantes. Ese sector paga el costo para apaciguar a quienes, a diferencia de los primeros, se oponen a todas las reformas impulsadas por Peña Nieto y aprobadas con el respaldo prioritario de quienes ahora castiga. El conejo en las chistera que uno pensaría debe traer Peña Nieto, es para evitar que la liga tan tensionada con las élites, se rompa. Anteriores presidentes, que no tenían ese recurso –si en verdad dispone de uno Peña Nieto–, tuvieron que esforzarse con creatividad y concesiones a una parte de las élites, para evitar que les descarrillaran sus programas de gobierno.

El caso más notable en la historia reciente se dio durante el gobierno de Zedillo, en la crisis económica del llamado error de diciembre. El gobierno diseñó el Programa de Restructuración para renegociar créditos empresariales e hipotecarios llamado coloquialmente como “UDIs” (unidades de inversión), mediante el cual alivió las penurias de un pequeño sector de la sociedad, identificado en las clases medias. La razón por la que se diseñó ese plan que disfrazó un subsidio a un grupo minoritario de los afectados, fue porque, explicó años después uno de sus arquitectos, ese grupo tenía acceso a tribunas públicas y medios de comunicación, y “si no se resolvían sus problemas, sus molestias crecerían, y al poder hacer uso de los medios para sus denuncias, podrían generar tanto ruido que contaminarían el resto de las medidas de emergencia que se estaban instrumentando y descarrillar los programas de emergencia”.

El presidente Zedillo logró introducir medidas draconianas sin tener el ruido que afectara al conjunto de las medidas de emergencia. El presidente Salinas, por ejemplo, golpeó quirúrgicamente a los sectores empresariales y sindicales para poder consolidar el cambio de modelo económico, y además fue construyendo una nueva clase de banqueros que remplazó a la vieja oligarquía financiera. Una vez más, la lección fue no ir contra todos al mismo tiempo. Las élites, cuando se enfrentan homogéneamente al régimen, siempre ganan.

Un caso histórico fue Nicaragua en los 70, cuando después de lustros de unión entre el sector empresarial y la dictadura de Anastasio Somoza, el llamado Grupo de los 12, comenzó su acercamiento con el Frente Sandinista de Liberación Nacional, que produjo, como represalia, el asesinato de uno de sus faros, Pedro Joaquín Chamorro, propietario del periódico La Prensa. Ese grupo de empresarios e intelectuales tuvo el apoyo del gobierno de Estados Unidos, que presionó a Somoza a negociar con ellos. Muy tarde. Después de más de dos décadas de lucha inútil, el FSLN recibió el respaldo y el dinero del Grupo de los 12 y derrocó a Somoza.

Las condiciones de Nicaragua en los 70 son muy distintas a las de México de hoy en día, pero las dinámicas de las élites se mantienen igual. Cómo le va a hacer el presidente Peña Nieto para manejar esta ruptura, es lo que veremos en el epílogo de su gobierno.

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