EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Aeropesadilla

Raymundo Riva Palacio

Diciembre 28, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

 

 

Imagínese tratar de llegar a un aeropuerto internacional sin señalización alguna, con avenidas donde los carriles siempre dan nacimiento a más carriles imaginarios que nadie respeta de cualquier forma, sin contar con que se tienen que ir sorteando los hoyos en lo que se han convertido lo que alguna vez fueron baches mientras se respira ese humo denso con el negro de la muerte pintado en la gasolina atascada de plomo despedida por camiones que escupen su diesel sin misericordia por escapes que dejan esa estela pastosa que parece gozar embarrándose en la cara de quien se les acerque. Y entonces, cuando entre barricadas de obras que quién sabe para qué son pero que tienen como premisa el que nunca se acaban, viene lo peor: la romería de humores y olores en el gran caos.

La mar de gente camina como en laberintos que adornan letras y números en naranjas y verdes, chocantemente eléctricos, y que usan las filas como un mero formulismo porque ni las respetan ni quien atiende en los mostradores respetan claramente el orden, o les dan el uso de camino de Damasco. “Llegué ayer a las 3 de la tarde porque mi vuelo salía a las 5 y 10”, imploraba una joven de color al empleado de la aerolínea. “Ya son las 6 de la mañana, pasamos la Navidad acostados en el suelo del aeropuerto y ni siquiera nos informaron nada o nos dieron algo con qué taparnos. ¿Qué me dice?”. El hombre del mostrador era impasible. “Hable con su agencia de viajes que tengo gente que atender”, decía. “Su vuelo no era a las 5 sino a las 8, y a esa hora el aeropuerto estaba cerrado por la niebla”. ¡Ah!, se le había olvidado decirle, con esa soberbia del que con nada, se asume como el poderoso: “Hasta ahora, le quiero informar que no controlamos la niebla”.

En efecto, todos los vuelos, por el imprevisto atmosférico, habían sido cancelados. Eso de que en invierno, sino hace frío es peor porque la tierra caliente despide tanto calor que con lo fresco de la temperatura lo único que arruina es la vida de la aviación comercial, tiene sus serios costos. En los pasillos del aeropuerto, pasajeros que se toparon con la realidad del calentamiento global, encontraron su hábitat después de interminables esperas por un vuelo, atascando los suelos, acostándose semivestida o enrollada en cobertores de esos que venden en cualquier esquina. Llevaban muchas horas                                                   esperando alcanzar espacio un avión porque el techo tan bajo que dejó la niebla impide aterrizar a otras naves y acortó drásticamente la vida aeropuertaria. Llegaron algunos, a media mañana de la Navidad, pero para las cinco de la tarde, la historia era diferente. El banco de niebla logró que ningún avión aterrizara, y que el desorden de por sí habitual, se dislocara aún más de lo que podía desarticularse.

¿Puerto Príncipe? ¿Nueva York? ¿Tánger? ¿Kigali? ¿Kingston? Ninguno se parece a este, el de Tijuana, la más grande pesadilla vuelta realidad. Lo que hace la diferencia entre todos esos aeropuertos citados y el de Tijuana, es que ninguno de ellos se enreda en tantas pretensiones que resultan absurdas porque se incumplen. La mañana del 25 de diciembre pasado, por ejemplo, la Sala Ejecutiva para pasajeros de primera clase que poseen tarjetas de algunas empresas como el banco HSBC, se encontraron con el letrero en la puerta que ese día iban a abrir a las siete de la mañana. Claro, lo estaban leyendo a las 8 y media de la mañana en la puerta cerrada de la sala. Cuando llegó el encargado, un pasajero le preguntó que si no les ofrecería disculpas por abrir una hora y media después de lo programado. “No”, respondió con un cinismo desafiante. No y se acabó. No, como cuando en el mostrador de Aeroméxico ironizó sobre su incapacidad para regular los bancos de niebla con una turista estadounidense a la que su agencia de viajes engañó con un horario y en la línea de aviación mexicana simplemente se desatendieron, como de decenas de otros pasajeros mexicanos.

El aeropuerto de Tijuana da servicio a la frontera más cruzada del mundo. Poco más de 300 mil personas cruzan hacia Estados Unidos todos los días, y una cantidad importante de ellas llegan por avión hacia esa ciudad. Uno pensaría que, por ese nivel, gobierno y sector privado local, tendrían que haber hecho un poco más siquiera para evitar que su aeropuerto sea un icono de lo que no es México. No lo hacen. El aeropuerto es una ruina y todos los servicios prometidos son un fiasco. Sucia la instalación, sin una mecánica aparente de operación, el tiempo es para sus negocios como el tiempo musulmán: nunca se sabe si “ahorita” es dentro de cinco minutos o llevará horas y días. Para regresar un automóvil rentado hay que estacionarlo uno mismo en un estacionamiento donde casi hay que atinar su entrada y luego ir a la arrendadora y tirarles por la ventana las llaves para que, cuando finalmente lleguen a trabajar, procesen el contrato. Para documentarse, otro problema, pues el ausentismo hace que la tardanza pueda convertirse en otro principio de infarto. Insuficiente todo, las salas de espera, sus sillas, sus espacios, convierten al aeropuerto en algo que uno debe temer repetir. ¿Es Tijuana un microcosmos del país? Faltaría hacer un estudio detallado para responder esa pregunta. Pero si la idiosincrasia se extrapola y la cultura sí es nacional, no deberíamos sorprendernos de nuestros bajos niveles de competitividad y eficiencia en negocios y servicios en el mundo, sino el porqué no estamos mucho más peor de donde nos situamos. Viendo Tijuana, uno no tiene más que admitir que nos lo tenemos bien merecido.

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