EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Cacería de brujas

Raymundo Riva Palacio

Agosto 28, 2006

Uno de los subproductos peligrosos de la elección presidencial es el fenómeno que se está desarrollando en torno a muchos periodistas. La escalada de violencia va creciendo, de la simple crítica al insulto, de los correos electrónicos insultantes a los blogs donde los calumnian, de los amagos a los ataques. Los diferentes pathos de una sociedad política enconada hacen imposible los puntos medios, o las rectificaciones. Se es o no se es. O es blanco o es negro. Los radicalismos avanzan rápidamente y la pregunta ya no es si van a linchar un día de estos a un periodista en la calle, sino quién y cuándo será linchado.
Los periodistas, en particular aquellos que tienen espacios en medios electrónicos, han galvanizado el rencor de quienes creen que le robaron la Presidencia a Andrés Manuel López Obrador, y aquellos que, en la crispación por la resistencia civil de los lópezobradoristas, desean soluciones radicales para aplacar su protesta. Quienes han tomado partido por uno de los campos, reciben acicates de un solo lado. Pero los que han procurado mantenerse en el amplio espacio del centro, como la mayoría, con balance y apertura para todas las partes, reciben los latigazos de las dos partes.
El tono de ambos campos es similar en las partes más radicales, donde la desinformación es la reina del momento. Todos se sienten decepcionados de todos y se rehúsan a aceptar que la prensa deba guardar equilibrio. La violencia creciente adolece sin embargo de la misma falla de origen, cuando muchos periodistas se sumaron a causas que encontraban justas, plasmadas en dos grandes marchas: contra la inseguridad pública y contra el desafuero. Cuando muchos periodistas, violentando el principio ético del equilibrio, mostraron militancia por una de las marchas, eran baluartes de la libertad de expresión, en un diagnóstico social equivocado sobre el papel de un medio y un comunicador. Cuando ahora regresan a ese principio, son traidores de la causa y vivos ejemplos de la corrupción, con un nuevo diagnóstico social equivocado sobre el papel que deben jugar.
La sociedad tendría que haber cuestionado en su momento la falta de equilibrio y la inclinación para uno u otro bando, haciendo de lado el balance que, éticamente, correspondía exigirlo. El no hacerlo tiene que ver mucho con ese problema de ignorancia colectiva sobre el papel que juegan medios y periodistas en un sistema. Los medios deben de ser la arena en la cual dirimen sus diferencias los actores públicos, lo que no se entendió ni por la gente, ni por los propios medios, que ocuparon la esfera pública ante la pequeñez de los actores públicos, y dejaron de ser la arena donde se enfrentan los agentes del cambio para convertirse, ellos mismos, en agentes de cambio. La deformación del papel de los medios no tenía relevancia en ese momento, porque así como había una queja constante de los políticos sobre el poder que iban amasando los medios, en particular la televisión, no dejaban de aceptar sus invitaciones porque, admitió un dirigente de oposición, “la necesitamos para ganar votos”. Como los votos no son parte ya de la lucha, sino asumir la Presidencia, o evitar que el presidente electo tome posesión del cargo, el amago y la amenaza contra medios y periodistas lo ven con costo bajo para sus fines políticos.
Ciertamente hubo una deformación del papel de medios y periodistas dentro del ordenamiento de una sociedad por razones que habrá que explorar introspectivamente y a fondo. La forma, que no técnica, de entrevistarlos, descalificando su dicho a priori o encajonándolo, y demoliéndolos a golpes de palabras sin permitir en casos notables que pudieran inclusive terminar sus réplicas, son un episodio muy negro en la prensa mexicana que habrá que revisar en forma autocrítica. También hubo, quizás, un poco de ingenuidad al no pensar que ese círculo perverso en el cual las fuerzas centrífugas aparentemente las controlaban los comunicadores, iban a convertirse en centrípetas y volverse en su contra. Este fenómeno lo estamos viendo ahora, y algunos lo están sufriendo mucho más que otros, siendo sujetos de juicios sumarios en las plazas públicas, o víctimas de la contrainformación que navega impunemente por Internet.
Habrá quien piense que lo que le sucede a muchos periodistas es justicia poética, y quien considere que hay que ir más allá. El discurso de varios políticos ayuda a incendiar esta caliente pradera, alimentando el odio entre sus seguidores. Pero los excesos en los cuales puedan o han incurrido algunos medios y periodistas, no puede encontrar en la hoguera su destino. Dirán algunos que cambiar de canal, irse a otra estación de radio, dejar de comprar un periódico, o de leer a alguien en particular no es suficiente. Bajo esa lógica está impregnada la arenga de castigo que se busca imponer en la actualidad. Pero, ¿a dónde nos llevará?
La consecuencia más inmediata es el discurso del odio, que es uno de los antídotos más eficaces contra la libertad de expresión. En una definición sucinta pero clara sobre el discurso del odio, Ursula Owen, editora de Index on Censorship, una publicación británica, lo calificó en 1998 como “abusivo, insultante, intimidador. Y puede conducir a la violencia, el odio o la discriminación. Y puede matar”. En el México actual, el primer grupo de categorías ya fue rebasado. Nos encontramos inmersos en el segundo grupo donde ya hay “listas negras” de periodistas de “derecha” o “izquierda”, violencia creciente, odio sedimentándose y una discriminación clara entre los “buenos” y los “malos”. Todavía no hay muertos, pero ya se han dado ataques físicos contra periodistas en la ciudad de México, y golpes, disparos contra sus vehículos y pistolas sobre sus cabezas en Oaxaca. ¿Cuánto falta para el primer periodista muerto? No mucho, por la velocidad de los acontecimientos.
Esta cacería de brujas es inaceptable. Si nos centramos en el conflicto postelectoral, los dos candidatos punteros tuvieron en contra casi al 65 por ciento del país que no creyeron en ellos por la razón que se desee. Y aún si hubieran tenido la gran mayoría de los votos, eso no les daría el mandato, ni la autoridad moral o política para emprender la represión contra medios y periodistas que piensan distinto a ellos. Enfilar las pasiones hacia los medios y periodistas es un acto propio de dictaduras y fascismos que buscan en el sometimiento de las voces distintas eliminar a quien refleja sus carencias y errores. Su no condena a las crecientes agresiones a medios y periodistas se combina con su incitación al linchamiento. Se equivocan si creen que callarán a todos. Pero que no se equivoquen: sobre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón está la responsabilidad última del muerto que se viene construyendo en las calles de este país.

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