EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Caprichos

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 22, 2007

 

La demora para la normalización de las relaciones política y diplomática con Cuba no pasa
por una mala química entre Fidel Castro y Felipe Calderón, o por la influencia económica
que tiene Hugo Chávez sobre la isla. Tampoco obedece a presiones de Washington o
como resultado de nuevos ajustes en la geopolítica regional. La razón por la cual el inicio
del proceso ha sido demorado tiene que ver con algo bastante más rupestre: el enojo de
Gabriel Jiménez Remus porque su nombramiento como embajador en La Habana no se
dio en los tiempos que él deseaba. Por lo mismo, está chantajeando al presidente
Calderón, diciéndole que se busque otro.
El nombramiento de Jiménez Remus era esperado este jueves en la Comisión
Permanente del Congreso dentro de la lista de 12 embajadores que fue enviada para su
aprobación, pero no llegó. Aunque los legisladores especulaban que llegaría a fin de que
fuera como embajador designado a la reunión interparlamentaria México-Cuba el próximo
mes en La Habana, ello hubiera sido imposible. Los nombramientos que llegaron en la
lista tenían más de un mes y medio de haber sido realizados y de haber recibido el placet,
a diferencia con el status quo de Jiménez Remus. No había nadie como él, de todos los
que se enviaron, con más posibilidades de pasar sin problema alguno, por sus
antecedentes parlamentarios y por la cercanía que tiene con el gobierno de Castro, que
hizo que desde el primer momento en que su nombre apareció como el representante que
quería Calderón en La Habana, fuera muy bien recibido. Lo conocían personal y
profesionalmente en Cuba, y en México tendría el picaporte en la oficina presidencial. Lo
que nadie esperaba era que Jiménez Remus entraría en su fase de caprichoso.
La historia del más ridículo desaguisado diplomático que vive este gobierno surgió cuando
Calderón le preguntó a su viejo amigo qué quería hacer en la nueva administración. Contra
lo que muchos esperaban que dijera, retirarse a su rancho en Jalisco, Jiménez Remus
pidió ir a La Habana. Calderón, que conocía sus antecedentes parlamentarios y le tenía
plena confianza, vio en él una buena posibilidad para reencauzar las relaciones
diplomáticas plenas con Cuba, totalmente desencajadas durante el gobierno de Vicente
Fox. Aceptó de inmediato la propuesta de su amigo y dio instrucciones a la Secretaría de
Relaciones Exteriores para que procedieran con los trámites.
Ahí comenzaron los problemas. En marzo pasado en este mismo espacio se publicó que
Jiménez Remus no sólo sería el nuevo embajador en Cuba sino que, como confirmaron
funcionarios de alto rango en la Secretaría de Relaciones Exteriores, el anuncio del
nombramiento era inminente. No fue así porque dentro de la cancillería, por bloqueos o
tortuguismos burocráticos los trámites se estancaron. La secretaria Patricia Espinosa fue
incapaz de procesar con la velocidad que se le requería la instrucción presidencial,
generando confusión en La Habana y un problema para Calderón.
Los cubanos esperaban a Jiménez Remus desde la primavera, como la primera gran
piedra del reacercamiento con México, que ha incluido mensajes públicos positivos
enviados por los funcionarios cubanos a iniciativas mexicanas, como la de este miércoles
del canciller cubano Felipe Pérez Roque, reconociendo la gestión del gobierno de Calderón
en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU para suprimir una vieja “observación
especial” sobre el régimen castrista, acompañados por un distensionamiento con
Caracas, que también se ha reflejado por un deslinde claro de las críticas del presidente
Chávez a los exabruptos de mexicanos, identificando con precisión que provienen del
foxismo y de sus voceros en el PAN. Una medida adicional que tomó La Habana en este
proceso de reanudación de relaciones plenas con México fue la de aplazar por varios
meses el cambio de embajador, para que Jorge Bolaños, un diplomático experimentado y
con un alto cargo en el Consejo de Ministros de Cuba, pudiera contribuir de manera
significativa en esta fase.
Pero la inminencia del nombramiento transformado en silencio de la cancillería mexicana,
provocó reacciones negativas entre funcionarios cubanos, quienes empezaron a comentar
en privado que quizás Calderón no era tan serio como había señalado en un principio en
sus deseos por normalizar las relaciones con Cuba. La realidad, aunque totalmente
diferente, es menos justificable. Cuando Jiménez Remus hizo su capricho por la lentitud de
Espinosa para realizar el trámite y pidió al Presidente que buscara otro candidato para la
embajada, lejos de iniciar un plan alterno –que sí tiene-, se propuso a persuadirlo de que
aceptara finalmente el nombramiento. Calderón está terco a que sea él, y ha sostenido un
buen número de conversaciones para sacarlo de su molestia estomacal y que acepte el
cargo. Sin embargo, un panista cercano a él y que conoce de su metabolismo intenso,
aseguró que “está tan molesto por lo que le hicieron en la Secretaría, que no aceptará la
embajada”.
El episodio entero es un despropósito. Si la secretaria Espinosa se ahogó en la burocracia
y provocó una demora que generó un berrinche, mal. Si el presidente Calderón sigue
insistiendo a Jiménez Remus que reconsidere y acepte el cargo, peor. Si Jiménez Remus
se mantiene en su arrebato infantil es su problema, pero si se ubica en el centro de una
relación estratégica con Cuba, ya lo es de Calderón, que tiene que rendir cuentas a los
mexicanos y dejar de solapar conductas mercuriales.
Cuba se encuentra en un proceso de transición política fundamental tras la larga
enfermedad de Castro, quien aunque sumamente recuperado –cuando calculaban que no
llegaba a diciembre- no ha podido regresar al poder, y se ve bastante difícil que eso
suceda. El poder lo tiene su hermano Raúl, el también jefe de las Fuerzas Armadas que
controlaba buena parte de las operaciones del gobierno y la economía cubana de tiempo
antes de la enfermedad del comandante. Pero una Cuba sin Fidel Castro generará
problemas para la seguridad nacional mexicana. Por un lado se encuentra el eventual
problema de refugiados, donde en el gobierno calcula una probable salida de balseros que
traerá a unos 140 mil de ellos a las costas mexicanas en la primera semana. Por el otro se
considera que se daría una eventual apertura de la economía –en el modelo chino-, donde
los jugadores que no estén ya trabajando en la isla, difícilmente podrán subirse a ese
proceso para llevar a sus empresas y, a la vez, evitar que la mano de obra cubana,
altamente calificada, succione fuentes de empleo en maquiladoras.
Hay mucho en juego para seguir presos todos de los caprichos de Jiménez Remus. El
presidente Calderón tendrá que pedirle explicación a Espinosa de sus fallas, pero sobre
todo designar a un nuevo embajador en Cuba hoy que todavía todo lo avanzado para dejar
atrás el barbarismo foxista, no ha sufrido un daño irreversible.

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