EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Colapso

Raymundo Riva Palacio

Marzo 25, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

 

 

¿Por qué desaparecen los pueblos, las culturas, las especies? Por cataclismos, ha sido la respuesta de la escuela de pensamiento más consistente entre los historiadores, antropólogos y arqueólogos. Por ejemplo, los resultados de las investigaciones del buque Maurice Ewing en las costas de Yucatán permitieron descubrir que la caída de un meteorito de entre 10 y 20 kilómetros de longitud que entró a la atmósfera terrestre a 25 kilómetros por segundo hace 65 millones de años, provocó un impacto que lanzó miles de millones de partículas de polvo al cielo, con lo que se originó un oscurecimiento mundial que detuvo la fotosíntesis, causó una disminución de las temperaturas y ocasionó la extinción de especies como la de los dinosaurios.

Pero la explicación convencional de los cataclismos es rebatida ampliamente por Jared Diamond, un profesor de geografía en la Universidad de California en Los Angeles que cuenta con un Premio Pulitzer por Guns, Germs and Steel, una obra donde explica cómo factores estructurales y ambientales hicieron que las sociedades occidentales dominaran el mundo y estuvieran en la cima de la cadena productiva de alimentos. En su nueva obra, Colapso, Diamond explora las razones por las cuales sociedades, culturas y pueblos enteros desaparecieron, como los mayas en Yucatán, los anazasi del suroeste en Estados Unidos o los pobladores en la Isla de Pascua. Desaparecieron no como consecuencia de un desastre, alega el profesor, sino porque se destruyeron a sí mismos. Diamond es contundente: las sociedades fracasan cuando hacen dispendio de sus recursos naturales y los administran mal, como con la tierra, los árboles y el agua.

Analiza el caso de los vikingos, que llegaron desde Noruega guiados por Eric El Rojo a lo que hoy se conoce como Groenlandia hace mil años, formaron dos colonias en las que, siguiendo su experiencia europea, criaron becerros, cabras y ganado, convirtiendo las praderas en tierra para pastar, y cazando a los animales que ahí habitaban. Casi 500 años después de haber llegado, desaparecieron. El proceso fue lento, pero sistemático. Limpiaron los campos para alimentar a sus vacas, que consumían mucho terreno agrícola. Deforestaron para producir combustible y construir objetos de madera. Para reducir el frío de invierno construían casas que devoraban casi 240 metros de vegetación cada una, con lo que colocaron mucha presión en el frágil ecosistema de Groenlandia.

Como resultado, la tierra fue cediendo. En temperaturas tan frías, las plantas crecían mucho más despacio, lo que significaba que las capas del subsuelo comenzaron a debilitarse y a carecer de buenos elementos para la tierra, como el humus orgánico y el barro que humedece y mantiene a la tierra resistente frente a los fuertes vientos. La erosión de la tierra hizo que la cubierta de los árboles se fuera reduciendo hasta desaparecer, y cuando esto sucedió, el ganado, en particular las ovejas y las cabras, comenzaron a acabarse el pasto, dejando expuesta a la tierra que el viento se llevó hasta secar los valles, lo que hizo que escasearan los alimentos para el ganado y faltara madera para calentarse durante el invierno. Por razones culturales, los vikingos no comían pescado, por lo que fueron acabando con el ganado que estaba diezmado y cuando se vieron en graves apuros empezaron a cazar morsas, que tenían un gran valor en el mercado. De nada les sirvió, porque los vikingos fueron muriéndose de hambre hasta desaparecer.

Deforestación fue también lo que llevó a los habitantes de las Isla de Pascua, de vivir en el paraíso, a una enorme erosión su delgada tierra que fue llevada al mar por el viento, que hizo que las cosechas fueran insuficientes para alimentarse, que llevó a la hambruna, a choques entre la población y, finalmente al canibalismo, etapa en la que desaparecieron. La deforestación conduce invariablemente a cambios climáticos, fenómenos que causaron asimismo la desaparición de los mayas y anasazi.

Si bien se ha hecho una crítica al último libro de Diamond por estar intentando hacer de la historia humana una ciencia para advertir que ha sido el comportamiento de esas culturas el motor para destruir sus propias sociedades al ir alterando su entorno ecológico, Colapso es una obra que podemos colocar como un espejo sobre nuestras realidades en México. Al optar los vikingos por mantener sus raíces culturales y no comer pescado, cuando Groenlandia es un edén para los pescadores, la similitud con muchas de nuestras comunidades indígenas que anteponen su cultura a la supervivencia es asombrosa. Igual sucede con el tema central del libro, la deforestación como detonadora de cambio climático, que es lo que está sucediendo en Montes Azules, Chiapas, donde se están extinguiendo los lacandones por una pasividad generalizada y ante nuestros ojos.

La manera como dilapidaron los recursos naturales enfrenta dramáticamente nuestra realidad. Tomemos el agua en la zona metropolitana de la ciudad de México como ejemplo. Para satisfacer sus requerimientos se utiliza el 4.7 por ciento del total de agua que se consume en toda América Latina. El 53 por ciento del suministro proviene de los acuíferos del Valle, 44 por ciento del sistema Lerma-Cutzamala y 3 por ciento de manantiales y del río Magdalena, el único vivo en la capital, de acuerdo con el procurador federal de Protección al Ambiente, José Luis Luege. Esto no es sustentable y comienza a mostrar su ominoso futuro, pues la sobreexplotación de los mantos acuíferos durante las últimas décadas ya provocó la compactación de los suelos, con lo que se dan hundimientos en varios puntos de la ciudad. Los mantos freáticos no se recargan, pese a que el valle de México tiene uno de los índices de precipitación pluvial más alto del país, porque cuando llueve, el agua que corre por las calles termina no en la tierra, sino en el drenaje profundo. Esto, añade Luege, sin contar con que el 40 por ciento del suministro de agua se pierde por fugas debido a las fracturas de tuberías, grietas y filtraciones domésticas.

Si bien, como lo sugieren las críticas a Diamond, la mexicana no es una sociedad pre-tecnológica como las que se colapsaron, no significa tampoco que nuestro destino sea claro. “La lección de Colapso es que esas sociedades no fueron asesinadas. Se suicidaron”, escribió Malcom Gladwell, en una reciente crítica al libro que apareció en la revista The New Yorker. “Se cortaron las muñecas y entonces, en el transcurso de muchas décadas, estuvieron observando pasivamente como sangraban hasta morir”. ¿Suena cercano a México? Así es, aunque muchos no quieran oírlo.

 

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