EL-SUR

Miércoles 01 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Contraataque

Raymundo Riva Palacio

Enero 31, 2007

La Bête Noir está herida. Enfurecida. La jugada para hacer regresar al escenario político al
hombre que más polaridad genera, Vicente Fox, fue neutralizada: una llamada directa de la
Secretaría de Gobernación al ex presidente, lo disuadió de acudir al acto central de los
partidos de derecha reaccionaria latinoamericanos el viernes pasado, quien tuvo que hacer
una nada graciosa retirada. La otra jugada para mantener el control del partido, también
fracasó: la elección para la conducción del PAN en el Distrito Federal, puesta a votación el
sábado pasado, fue ganada por la candidata de Los Pinos por una diferencia que inclusive,
rebasó por mucho la apretada victoria que esperaban los hombres del presidente Felipe
Calderón.
Manuel Espino tuvo, en la pasada, una muy mala semana. Las veces que se puso los
guantes para enfrentar al presidente Calderón, le pusieron los ojos morados. Sus
cercanos exudaban ira y Espino, que no por primitivo deja de ser inteligente, se la guardó
unos días. En la víspera de la llegada de Calderón a una visita de Estado a España,
concedió una entrevista a La Razón, un periódico madrileño de pensamiento retrógrado, en
la cual acusó al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero de tener
una “actitud tolerante frente al terrorismo, pretendiendo dialogar con el crimen organizado”.
La confusión de Espino, deliberada o no, es irrelevante. En este caso, equiparar a ETA –un
movimiento separatista vasco que fue degradando su lucha militar hasta que su estrategia
terrorista se salió de todo encuadre político–, con la delincuencia organizada, dañó el
arranque de la visita a Madrid. No se puede pensar que Espino sea meramente un
estúpido. Al atacar a Zapatero, quien derrotó a los aliados políticos del PAN de Espino, el
Partido Popular y a José María Aznar –a quien imprudentemente invitó a México durante la
campaña presidencial–, y que criticó sistemáticamente a Andrés Manuel López Obrador por
negarse a aceptar su derrota el 2 de julio, contribuyendo a la legitimidad del actual
mandatario mexicano, comete el dirigente del partido un acto de traición política.
Si no alcanzan sus actos la calificación de sabotaje a la visita, sí colocó en una situación
comprometida al presidente Calderón, cuya oficina fue obligada a emitir un comunicado
deslindándose de las declaraciones de Espino. La maquinaria bajo su control está
reiniciando su trabajo de martilleo contra el gobierno panista y perfila los niveles incluso de
una reconstrucción conceptual del propio partido. “No es el partido en el poder”, declaró
recientemente el secretario general adjunto Carlos Abascal del gobierno de Calderón, “sino
que es un gobierno que emanó del PAN”. En la frase no hay sólo un juego semántico, sino
un nuevo trazo en la definición del partido, en los términos como lo concibe Espino. De
hecho, en las palabras de Abascal y la forma como se comporta Espino, hay una negación
del gobierno de Calderón como algo propio, cercano y orgánico, así como un intento por
poner distancia. Esto no sucedió en el gobierno de Vicente Fox, donde el PAN y la
Presidencia foxista actuaban como tándem.
La explicación es muy sencilla. En el sexenio foxista ellos gobernaban por encima de un
títere que cumplía la función constitucional del nombramiento. En términos llanos, hay una
disputa real por el poder.
Fox le entregó el mando del país a la extrema derecha, que consumó de esa manera un
largo recorrido de casi un tercio de siglo. La notoria marca de El Yunque, que es un
paraguas de organizaciones radicales, se instaló en Los Pinos de la mano del hombre
más fuerte de esa administración, Ramón Muñoz, con el apoyo táctico de la primera dama,
Marta Sahagún, a quien le brindaron una protección –ampliada a su familia–, para que
saliera impune, cuando menos hasta ahora, de los múltiples negocios en los que se
metieron para peculio personal. No pudieron extender el mandato porque el candidato de
ese grupo, Santiago Creel, fracasó en el intento, pero no han cejado en el intento de
recuperarlo. A golpes, Espino ha tratado de hacer mella, pero a golpes lo han frenado. El
presidente del PAN tiene todavía dos años por delante en su gestión, tiempo suficiente
para hacer daño letal, pero en realidad, la batalla más severa por el poder dentro del
partido se dará durante los dos próximos meses.
Antes de junio próximo se realizarán las elecciones de los 360 nuevos consejeros políticos
del PAN, que es el órgano de control supremo dentro del partido y donde Calderón y Espino
medirán no sólo sus fuerzas sino verán de qué lado se van a alinear las estrellas a lo largo
del sexenio. Hoy en día Espino controla cerca del 60 por ciento de los consejeros y, de
acuerdo con funcionarios del PAN, su fortaleza va creciendo. Pero Calderón será un
enemigo difícil. Acaba de demostrarlo el sábado pasado, al derrotar su prima política
Mariana Gómez del Campo al candidato de Espino a la presidencia del PAN en el Distrito
Federal Carlos Gelista, en la primera escaramuza real interna. La siguiente batalla será por
los consejeros. Y van sobre de ellos, lo que será la reanudación de la lucha fratricida que
tuvo en 1975 su punto de mayor algidez cuando el PAN no pudo ponerse de acuerdo y se
quedó sin presentar candidato a la Presidencia.
Ese conflicto se vino incubando desde los 60, cuando Efraín González Morfín planteó al PAN
como un partido con mayor compromiso social, lo que provocó reacciones de diversos
grupos, particularmente los empresariales, y provocó su renuncia al partido, que había
dirigido, en 1976. Seguidores de González Morfín, como el actual secretario de Gobernación
Francisco Ramírez Acuña, acusaron a los nuevos líderes, en particular a Abel Vicencio
Tovar, de entregar el partido a los empresarios, y llegaron a denunciar a Pablo Emilio
Madero, frustrado precandidato presidencial, de entregarse al Grupo Monterrey. La extrema
derecha, proempresarial, se instaló en el PAN y fue ganando posiciones. En el sexenio
foxista coronaron sus esfuerzos, no sólo con Fox mismo, sino con varios gobernadores
como Francisco Barrio en Chihuahua, Fernando Canales en Nuevo León, Felipe González
en Aguascalientes y Eugenio Elorduy, que sigue en Baja California.
Peleas que se originaron en otros tiempos, son las que ahora se libran dentro del PAN.
Calderón es un heredero del pensamiento de González Morfín; Espino recoge las banderas
y los cuadros más pragmáticos de la extrema derecha. Estamos atestiguando una nueva
edición de luchas intestinas, 30 años después de haber estallado sin que el PAN o la
sociedad más conservadora del país, las haya podido procesar de otra manera, menos
brutal y costosa para un gobierno panista altamente cuestionado en su legitimidad y con
poderosos enemigos en su propia casa.