Ángel Aguirre Rivero
Septiembre 26, 2025
En Guerrero sabemos bien que la naturaleza no perdona. Hace apenas dos años, el huracán Otis nos dejó cicatrices que todavía duelen: familias sin hogar, comercios arrasados y una ciudad que tuvo que levantarse desde las ruinas. El año pasado John volvió a ponernos a prueba con lluvias que en cuestión de días descargaron lo equivalente a un año entero, dejando bajo el agua colonias enteras.
Aquellos episodios quedaron grabados en nuestra memoria colectiva como un recordatorio brutal de que el cambio climático no es una teoría académica, sino una realidad que golpea con violencia nuestras costas.
Por eso, esta temporada de huracanes de 2025 merece ser analizada con serenidad, pero también con conciencia.
Los daños han sido menores en comparación con los estragos recientes, sí, pero no por ello podemos bajar la guardia. Puerto Marqués, Playa Bonfil y El Revolcadero nos muestran la cara más frágil de nuestro desarrollo turístico: restaurantes derrumbados por el mar de fondo, negocios que apenas se sostenían tras la pandemia y el paso de Otis y John, hoy otra vez obligados a reconstruir sobre la arena.
No podemos seguir dependiendo únicamente de la reacción heroica de brigadistas de Protección Civil y voluntarios: la lección es clara, necesitamos prevención estructural. Una nueva actitud ciudadana respecto no tirar la basura en calles y avenidas. Desazolvar canales antes de que se desborden, ordenar la franja costera de Bonfil y Revolcadero para que la naturaleza no arrase con construcciones mal planeadas, y establecer protocolos específicos para el mar de fondo son pasos urgentes.
También es justo reconocer que la federación ha jugado un papel clave en el rescate de Acapulco. A través de Fonatur, se han emprendido proyectos de recuperación de la franja turística, generando confianza para la inversión y apuntalando el futuro del puerto como destino estratégico.
Por su parte, Conagua ha intervenido con obras de desazolve y reconstrucción de infraestructura hidráulica que, aunque poco visibles en la superficie, son fundamentales para evitar colapsos mayores durante cada temporada de lluvias.
Estos esfuerzos han permitido que Acapulco empiece a recuperar la estabilidad después de las devastaciones de Otis y John.
Hoy celebramos que el saldo sea menor, pero mañana podría no serlo. La empatía no basta si no se traduce en decisiones firmes: proteger nuestras costas, garantizar infraestructura resistente y acompañar a quienes viven del turismo con programas de prevención y seguros accesibles.
Por eso, es momento de que la federación incremente su respaldo a Guerrero, no sólo en la atención de la emergencia, sino en la planeación de mediano y largo plazo.
Guerrero ha demostrado que sabe levantarse, pero también tiene derecho a vivir sin el miedo de empezar de nuevo cada año. La memoria de Otis y John nos obliga a no olvidar, y la experiencia de esta temporada debe inspirar a la federación a actuar con visión y responsabilidad antes de que sea demasiado tarde.
Posdata:
Hay quienes me preguntan y alientan a participar a un cargo de elección popular en el próximo proceso electoral. A todos ellos les digo que para todo hay tiempos, y los míos ya pasaron. Me mantendré alejado de cualquier participación política y me dedicaré a lo que más amo: mi familia.
Porque como dijera Antonio Machado: “He andado muchos caminos / he abierto muchas veredas / he navegado en cien mares y atracado en cien riberas / siempre con la frente en alto y la dignidad por delante”.
Del anecdotario
Alfredo Díaz Ordaz Borja, hijo del entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, recibe los caprichos más inverosímiles. Al llegar a Los Pinos, le construyen una pista de go-karts, un boliche, una alberca techada y una cancha cubierta para que el adolescente pueda invitar a sus amigos a disfrutar de la residencia oficial.
En 1969 Alfredo cuenta ya con 19 años y se anuncia la visita de Jim Morrison y su grupo The Doors. La imagen de Morrison que se le había revelado al entonces regente Corona del Rosal era la de un personaje afecto a las drogas, con su pelo largo y su desparpajo, por lo que decreta que no se lleve a cabo el concierto.
Finalmente logran presentarse en el centro nocturno Forum, conocido como la sede de las estrellas del mundo, durante tres días, de los cuales Alfredo no se pierde un solo concierto.
En el último, ante la excitación del momento, Alfredo organiza seguir la fiesta en la residencia oficial de Los Pinos.
Encantado con la presencia de Jim Morrison, The Doors y algunos otros rockeros como Javier Bátiz, la mariguana, el alcohol, la música, el sexo y los cantos circulan a flor de piel.
Gustavo Díaz Ordaz sale en pijama, le revienta la paciencia, regaña a su hijo; la desfachatez de Morrison le altera la dignidad y la fiesta concluye.
Años después, Alfredo conoce a Thalía, con quien establece una relación extramarital durante cuatro años, luego de haber pertenecido al grupo Timbiriche. (Del libro: Gustavo Díaz Ordaz, de Fritz Glockner).