EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

El asalto al PRD

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 18, 2006

Finalmente se consumó. Andrés Manuel López Obrador fue declarado este sábado por una asamblea popular “presidente legítimo” que aprobó, además, que nombre a un gabinete alterno y “asuma” su cargo el 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana. La fotografía del momento es una presidencia virtual electa por un microcosmos del electorado, sin representación legal ni formal, lo que parece una mala broma del jefe máximo de la resistencia que lo pudiera convertir en personaje de tira cómica. Pero si se observa el momento como parte de una película, incorporar al acto la fundación el viernes de un Frente Amplio Progresista, lo que queda es un intento serio de canalizar a millones de personas fuera del PRD que votaron por López Obrador el 2 de julio, a una fórmula política que le permita ser viable hasta el 2012.
Quitando la tolvanera de la Convención Nacional Democrática, lo que se concretó fue el objetivo ulterior de López Obrador y de su nuevo equipo de científicos: crear un partido por encima del PRD, pero que absorba la estructura del PRD. La máxima es la misma por la que López Obrador creó sus redes ciudadanas, asumiendo que el voto duro de la izquierda jamás le daría los votos suficientes para contender por la Presidencia, por lo que necesitaba convencer a electores independientes o que venían de otros partidos y sumarlos a lo existente. El PRD fue para López Obrador un mal necesario durante la campaña, y le impuso una estructura paralela, financiera, organizativa y electoral.
Manuel Camacho, el ideólogo visible de esta nueva apuesta, lo dijo claramente en una entrevista publicada en El Universal el viernes pasado: “Si no hubiera el PRD no se hubieran logrado los resultados del 2006. Pero también sin la presencia de López Obrador, el PRD tendría su 18%. Si alcanzó el 35% es porque a la candidatura de Andrés Manuel se sumaron otras fuerzas de izquierda, de centro, moderados, radicales. Si no, no hubiera crecido tanto”. En lenguaje llano, Camacho aseguró que el jefe máximo le dio al PRD poco más de 7 millones de votos en la elección, lo cual, ciertamente, es admitido dentro del propio partido. En ese sentido, explicó que el Frente Amplio Progresista no puede limitarse a la izquierda, pues sola “difícilmente va a ganar elecciones nacionales”.
Este frente tiene una inspiración netamente latinoamericana, y tanto en Chile como en Uruguay se han dado experiencias de éxito. En ambos países fue una convergencia (chilena) y un frente amplio (uruguayo) las fuerzas que aglutinaron a los partidos y grupos de oposición a las dictaduras. No fue una oposición aglutinada en torno a lo ideológico, como en el caso mexicano lo está planteando Camacho al afirmar que los únicos polos que existen tras el 2 de julio son “el progresista y la derecha”, sino conformada con una visión pragmática y estratégica. No se puede olvidar en este contexto que tanto en Chile como en Uruguay fueron figuras provenientes de la derecha, negociados plenamente con la izquierda, las que asumieron los primeros años el poder tras los regímenes militares, por haber sido la forma gradual del cambio de sistema hacia la democracia. Tampoco se puede soslayar el hecho que aunque paulatinamente fueron llegando al poder gobiernos de izquierda en esas naciones, en ningún momento se planteó la destrucción de las instituciones o la refundación de una nueva República a partir de una visión programáticamete antagónica, como la que ha planteado López Obrador.
Teóricamente puede haber una confusión en la cabeza de López Obrador y una manipulación de sus nuevos ideólogos. Pero en la práctica comparten plenamente la idea lopezobradorista sobre el PRD. Para caminar más lejos, el PRD es como un trasbordador espacial que es utilizado de manera intensa hasta que se vuelve un pedazo de fierro desechable. Al volcarse aparentemente en respaldo del Frente Amplio Progresista, el PRD puede ir experimentando su fin, no como partido, sino como un instituto que pueda llegar a tener, realmente, un presidente de la República. Si por definición, como planteó Camacho, la izquierda difícilmente va a ganar elecciones nacionales, ¿quién sí puede ganar? López Obrador en primera instancia, y luego “progresistas” como, quizás, el propio Camacho o su eternamente protegido Marcelo Ebrard, quien el 5 de diciembre próximo asume como jefe de Gobierno del Distrito Federal. La izquierda histórica se irá al museo, y la moderna que se puede ir configurando en México, asumirá, dentro de esta lógica, el simple papel de herramienta electoral. El aparato es lo que cuenta, pero no necesariamente su programa, su ideología o su estrategia.
No fue casual que en las vísperas de la Convención Nacional Democrática los anticuerpos dentro del PRD comenzaran a moverse para frenar los actos de López Obrador. El Consejo Nacional del partido llegó a recomendar públicamente que no se proclamara “presidente legítimo” porque podía caer en el ridículo, a lo cual no les hizo ningún caso. Después de todo, el remedo de Convención que así lo nombró era a modo, lo que dibuja el preámbulo de lo que viene para el PRD. Los gobernadores perredistas de Zacatecas, Amalia García, de Baja California Sur, Narciso Agúndez, de Guerrero, Zeferino Torreblanca, y de Michoacán, Lázaro Cárdenas, publicaron un desplegado en la prensa donde subrayaron que tienen un mandato constitucional que va más allá de las siglas partidarias y que sus entidades formaban parte de un pacto federal. Pero tampoco les hizo caso. López Obrador hizo que sus delegados votaran no reconocer como presidente a Felipe Calderón, obligó a firmar a los legisladores del PRD una carta en ese sentido, y ha venido presionando a los gobernadores y presidentes municipales del partido para que suscriban un documento similar. El propio fundador del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas, en una carta a la escritora Elena Poniatowska, alertó que en el círculo de colaboradores cercanos al jefe máximo se encuentran varios de los que instrumentaron el fraude electoral en 1988 para que Carlos Salinas fuera ungido como Presidente y trabajaron para su reelección, y cuyo proyecto actual ni está identificado con los principios y luchas del PRD, ni de manera más amplia con aquellos de la izquierda mexicana.
El desplazamiento del PRD fue gradual pero sistemático a lo largo de la campaña presidencial, y su destino como partido en busca del poder se lo quieren ajustar con el Frente Amplio Progresista, donde no será actor central, sino de reparto. Es un nuevo PRI que tiene en ciernes un “grupo compacto” como el que Camacho ayudó a crear para llevar al poder a Carlos Salinas, pero ahora para intentarlo con López Obrador dentro de seis años. La pregunta es si el PRD, al entender de lo que realmente trata la iniciativa que les obligaron a suscribir, lo permite.

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