EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

El derecho de saber

Raymundo Riva Palacio

Julio 18, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

 

El Instituto Federal de Acceso a la Información Pública, el IFAI, la única institución democrática que ha creado el presidente Vicente Fox, recordó a todos los mexicanos el jueves pasado que nuestra cultura política todavía se encuentra en una fase incipiente y que la lógica autoritaria continúa siendo parte del paisaje nacional. En un importante fallo, el IFAI le dio la razón a la Presidencia para negar a la revista Proceso el desglose de las medicinas adquiridas en Los Pinos para uso presidencial. El IFAI señaló que los medicamentos competen al ámbito privado y cerró la puerta por lo cual no sabremos oficialmente, por ahora, si el Presidente está bajo un tratamiento de antidepresivos que pudieran estar alterando su conducción gubernamental.

Desde que en este espacio se publicó que al presidente Fox le estaban suministrando el antidepresivo Prozac para abatir su estado de ánimo, el estado de salud del jefe del Ejecutivo ha sido materia ocasional de discusión. En septiembre de 2003, luego de aquella revelación, la cadena estadounidense Univisión le preguntó al Presidente si en efecto tomaba Prozac. Fox se molestó, negó la especie y súbitamente concluyó la entrevista. En junio pasado, Proceso incursionó en el tema, reflejando una tendencia de interés gradual en la salud presidencial. El semanario solicitó a la Presidencia el listado de medicinas y le dieron la suma total de la factura. El IFAI negó la petición adicional para el desglose, con lo que abrió una vez más la discusión sobre si la salud del presidente compete al interés público.

El tema ha sido ampliamente debatido en algunas democracias. En Francia por ejemplo, cuando Francois Mitterrand fue electo presidente en 1981, anunció que pediría a sus doctores que hicieran públicos sus registros médicos dos veces por año, a fin de evitar lo que había sucedido en 1973 y 1974, cuando el presidente Georges Pompidou tuvo un cáncer múltiple en la médula por lo que estaba sometido a tratamientos con muy altas dosis de cortisona. Aunque todos podían notar el efecto del tratamiento en su cuerpo, el Palacio del Eliseo insistía en señalar que era una “terrible gripe” lo que lo aquejaba, hasta que murió en 1974 en el poder. Mitterrand mismo escondió que tenía cáncer de sus votantes que lo reeligieron, aunque logró terminar su periodo falleciendo dos años después. ¿Qué habría sucedido de haber sabido los franceses que sus presidentes podrían no haber terminado su mandato? La pregunta, ciertamente retórica, obliga a más reflexión.

En todo caso, no se ha documentado que las enfermedades de los presidentes franceses afectaran su conducción al frente del gobierno, a diferencia, digamos, de los estadounidenses. Woodrow Wilson, considerado uno de sus más grandes presidentes, escondió una enfermedad circulatoria crónica y alta presión arterial que le provocó finalmente un paro mientras dirigía la Casa Blanca. Nunca se dijo nada en público, y su esposa y sus asesores comenzaron a dirigir el destino de ese país. Hay historiadores que piensan que su incapacidad durante las negociaciones para la creación de la Liga de las Naciones, precursora de la ONU, fue factor importante para que no ingresaran a ella. En el caso de otros de los grandes líderes de ese país, Franklin Roosevelt logró esconder del público –con el silencio voluntario de la prensa— el polio que lo tenía atado a una silla de ruedas, y la hipertensión y arrestos cardíacos que desarrolló en su tercer periodo. Su esposa Eleanor jugó un papel relevante en los asuntos de gobierno y en su cuarta reelección, poco antes de morir, mostró signos de enfermedad mental mientras participaba en la Conferencia de Yalta, con José Stalin y Winston Churchill.

En estos casos, la enfermedad de los presidentes ocultada a los electores tuvo consecuencias para el destino de esa nación, por lo que la pregunta de cómo se habría comportado el electorado de haberlo sabido previamente, empieza a dejar de ser retórica.

En Estados Unidos, la divulgación de la salud de los candidatos viene de 1972, cuando el demócrata George McGovern retiró como compañero de fórmula a Thomas Eagleton luego de que la prensa revelara que sufría de depresión y había estado en terapia. Veinte años después, el demócrata Paul Tsongas se convirtió en el primer precandidato en admitir que le habían diagnosticado cáncer, que ayudó a definir en algún grado la candidatura de su partido. El ganador Bill Clinton siempre quiso esconder sus reportes médicos, hasta que lo criticó la prensa por ser el candidato más opaco en la materia en las dos décadas previas.

Lo sucedido en las democracias muestra la dialéctica entre lo público y lo privado y el intenso conflicto de los políticos ante el derecho del pueblo a estar informado. En regímenes autoritarios o sociedades demócratas, los políticos preferirían que su salud permaneciera en secreto. La diferencia es que en los primeros así sucede, mientras que en las segundas, gradualmente se van estableciendo reglas de juego. En 1993, Robins Post escribió When Illness Strikes the Leader (Cuando se Enferma el Líder), donde señala: “Cuando el líder no es competente para decidir su propia suerte, como por ejemplo en circunstancias de demencia o severos desórdenes siquiátricas funcionales, como manía o depresión severa; cuando el líder está por cometer un importante acto ilegal por su problema médico; y cuando el líder está por incurrir en un enorme acto inmoral por ese problema”, debe tener la obligación de dar a conocer su estado de salud. Los marcos teóricos, éticos y prácticos que se han venido desarrollando en los 30 últimos años en el mundo, así como las experiencias en otras naciones, deberían de haber servido para normar el criterio en el IFAI antes de emitir su fallo contra Proceso. No lo hicieron, y se podría asumir que les ha faltado información y contexto. Pero no es un caso perdido. Una nueva apelación de un ciudadano o de un medio puede ayudar a corregir esa decisión. Lo necesita el IFAI, lo necesitamos todos. Y nos ayudará, indiscutiblemente, más allá de Fox, en el futuro.

 

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