EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

El hombre de los cuchillos

Raymundo Riva Palacio

Octubre 24, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Entre los sacudimientos en el PRI, la semana pasada pasó desapercibido uno, o quizás el texto más revelador que sobre la política exterior mexicana se ha dado a conocer públicamente en los últimos lustros. Presentado como artículo, el embajador Gustavo Iruegas, subsecretario de Relaciones Exteriores durante la gestión de Jorge Castañeda, reveló el esfuerzo para recomponer la relación con Cuba tras la descortesía política y diplomática contra el comandante Fidel Castro en la cumbre de Naciones Unidas en Monterrey en marzo de 2002, con la plena disposición del presidente Vicente Fox. Pese al interés de los dos presidentes el intento, de acuerdo con esa narración cronológica de Iruegas –parte directamente involucrada en la negociación– fue no obstante saboteado. El responsable de esa traición, como la define Iruegas, fue Castañeda mismo, dando la espalda a Fox, a su gobierno, al Estado mexicano, y a 100 años de historia estrecha y solidaria con Cuba.

Iruegas revela secretos de Estado en su artículo, publicado en La Jornada, asumiendo, señala, la responsabilidad de divulgarlo, y para poner en evidencia “el carácter perverso de alguien que hoy pretende convertirse en presidente de México, sin más proyecto que satisfacer una retorcida ambición de poder totalmente desconectada de los intereses del país como Estado, y de la nación mexicana como pueblo”. El embajador de ilustre carrera –responsable de la ruptura de las relaciones con la dictadura de Anastasio Somoza en Nicaragua y de mantener abierta la embajada mexicana en El Salvador para salvar las vidas de quienes construirían años después un nuevo país– se refiere, claro, a Castañeda, su amigo por décadas, en buena parte por la admiración y el respeto que le tuvo a su padre, Jorge Castañeda y Álvarez de la Rosa, uno de los internacionalistas más notables que ha dado México, con quien trabajó en una de las partes críticas para México en la última fase de la Guerra Fría.

En su largo artículo, Iruegas revela cómo junto con el embajador cubano Jorge Bolaños, construyeron de las ruinas una alternativa para reencauzar las relaciones, intercambiando mensajes para establecer un acuerdo aceptable para los dos presidentes. Al final de ese proceso, la oficina de Iruegas elaboró un borrador de una carta que enviaría Fox a Castro, redactada durante un viaje previamente programado de Castañeda, en Europa. Pero cuando sólo faltaba la última revisión de Fox, Castañeda, revela Iruegas, jamás entregó el borrador, con lo que Fox incumplió el compromiso alcanzado con Castro y desencadenó una serie de sucesos: la divulgación de una llamada telefónica de Fox a Castro –asesorado in situ por Castañeda, por cierto– que dejó débil y vulnerable al presidente mexicano. Castañeda anuló el propósito real de Fox de recomponer la relación, escribe Iruegas, trasladando su ruptura personal con la revolución cubana a las relaciones bilaterales y, queriéndose quitar la presión cubana sobre la responsabilidad de su querella, “decidió insidiosamente elevarla al nivel del presidente y de la República misma”.

La denuncia de Iruegas es fundamental para entender, desde las entrañas de la cancillería mexicana, el daño que le ha hecho Castañeda al gobierno foxista y al país entero. Castañeda es uno de los arquitectos del fracaso del gobierno del cambio al haber trasladado, en el mismo patrón cubano, su ruptura con el PRI y el poder a un diseño fallido de ajuste con el pasado. Castañeda es uno de quienes convencieron a Fox que, como eje de su legitimidad y punto de partida, persiguiera al PRI y a sus gobernantes. Lo que nunca dijo a Fox es que no lo hacía sobre la base de un principio, sino porque los priístas, a diferencia de él, jamás confiaron en él. Siempre ha actuado motivado por sus caprichos personales y rencores al desprecio. Porque el ex presidente Carlos Salinas no lo hizo su superasesor en lugar de José Córdoba, convirtió el descarrilamiento del Tratado de Libre Comercio en su misión, aliándose con algunos de los sectores más reaccionarios y retrógradas del Capitolio. Sin principio alguno, canjeó con el entonces canciller José Ángel Gurría dejar de criticarlo a cambio que le consiguiera acceso a los archivos cubanos sobre el Ché Guevara para una biografía. Antes, le pidió al ex presidente Ernesto Zedillo ser embajador en La Habana o Washington, entorpeció la creación de una fiscalía especial para investigar el asesinato de Luis Donaldo Colosio, le dio la espalda a Cuauhtémoc Cárdenas y traicionó a Vicente Fox aún antes de haber ganado la Presidencia, pues 15 días antes de la elección, también había arreglado con el priísta Francisco Labastida un cargo en el gobierno.

No fueron sus únicas víctimas. El escritor Gabriel García Márquez, quien también le abrió las puertas cubanas para revisar el pasado de Guevara, se sintió traicionado por la biografía que publicó Castañeda. En Washington, la comunidad de inteligencia gustaba decir que ese libro había sido por encargo de ellos, algo que nunca se ha probado. Los cubanos se sentían profundamente agraviados, y todavía fueron más dañados cuando lo hicieron secretario de Relaciones Exteriores, teniendo que soportar los deseos de denunciarlo y dar a conocer un expediente de casi medio metro de altura donde se revela para cuántos y por cuánto trabajó de manera oscura, lo cual, aunque tampoco se ha hecho público jamás, coincide con la percepción en los servicios de inteligencia mexicanos. Castañeda rompió con muchos por su oportunismo grotesco e insultante.

El texto de Iruegas tiene el colofón de que un hombre como Castañeda, que cometió “una felonía contra el Estado mexicano”, no puede aspirar a la Presidencia de la República. Tiene toda la razón. Castañeda es indigno de su cuna, de la historia sobre sus hombros, de respeto como persona y político. Indigno, sobretodo, de querer aspirar a cualquier cargo de elección popular. Traidor consuetudinario ha sido. No hay razón para no esperar, una vez más, su cuchillada por la espalda.

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