EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Raymundo Riva Palacio

Enero 10, 2007

Olor a naftalina
Cuando uno escucha a Rafael Rodríguez Barrera, presidente de la comisión encargada de organizar la elección del próximo presidente nacional del PRI, lo menos que puede uno sentir en el organismo es hartazgo. “Estoy seguro –le dijo a los periodistas este domingo tras anunciar el formato del proceso–, que de esta elección saldremos muy fortalecidos”. ¿Cuántas veces han repetido los priístas la misma cantaleta? Su vacuidad retórica sólo compite con las divisiones profundas que cada elección de presidente del partido genera. Siempre en intrigas y en busca del poder con fines particulares, no han podido evolucionar de ser el brazo electoral del Ejecutivo, cuando la hegemonía en el poder le entregaba la Presidencia cada seis años y su jefe supremo era al inquilino de Los Pinos en turno, a un partido en un hábitat de competencia política abierta.
El PRI, si uno toma como referencia los casos internacionales de partidos hegemónicos que pierden el poder, tendría que haber ido desvaneciéndose y encontrarse en el umbral de la desaparición. No ha sido así, en buena parte, podría argumentarse, porque ante un ex presidente Vicente Fox que hizo exactamente todo lo necesario para ser un gobernante desastroso y un Andrés Manuel López Obrador que contribuyó a elevar la percepción del PRD como un partido violento y poco confiable, una parte importante del electorado, en un fenómeno típico de los primeros años de democracia tras largas noches de autoritarismo, añoran la estabilidad que daba el PRI por encima de las enormes deficiencias democráticas que ese partido carga sobre su historia. Esto hizo que en los cuatro últimos años ganaran 17 gubernaturas y que casi una tercera parte del país votara por sus diputados y senadores en 2006.
Pero no parece que hayan entendido en el PRI el fenómeno sociopolítico de estos tiempos o que estén leyendo adecuadamente lo que sucede en el país. Ni son buenos, ni son eficientes. Tampoco gozan de buena fama como administradores. La razón por la que no se ha desfondado el PRI, también se puede argumentar, se debe a que sus adversarios son bastante mediocres, lo que ha producido que los avances electorales que echan tierra sobre su tumba, sean en cámara lenta. Aun así, sus reveses son amplios. Su candidato presidencial Roberto Madrazo llevó al partido al tercer lugar nacional, perdiendo graneros de votos en el estado de México, particularmente en Ecatepec, el municipio más grande del país, y en Veracruz. La manera como fue ungido candidato se dio en forma poco transparente, con su adversario Arturo Montiel sometido a un escándalo público por la revelación de propiedades fastuosas –y la sospecha de que fueron madracistas quienes la filtraron a la prensa–, que al terminar el proceso quedó impregnada la percepción de una farsa. La elección previa para la Presidencia nacional pasó por el tamiz del fraude, en acto cínico de antropofagia política donde los vencedores ni siquiera pudieron escribir bien la historia, porque Madrazo y su compañera de fórmula, Elba Esther Gordillo, tardaron más en forjar una alianza que en iniciar su destrucción mutua. Con tantos síntomas de descomposición que no quieren atender, se puede proponer como hipótesis de trabajo que los priístas están genéticamente impedidos para ser democráticos.
De hecho, la gran revelación sería si, en efecto, existe por ahí algún priísta entre los protagonistas centrales de este nuevo episodio del partido que se niega a morir, que tenga una vocación democrática. Justo es decir que para desarrollar una actividad democrática no se necesita ser un demócrata, sino ceñirse a las reglas de la democracia como se puede alegar del caso prototípico de Ferdinand de Klerk, el presidente sudafricano que cuando se dio cuenta que la única viabilidad que tenía su país era poner fin al sistema racista del Apartheid y abrir las puertas a la mayoría negra para acceder al poder –lo que logró Nelson Mandela en la primera elección democrática– controlando a los afrikaners más reaccionarios que deseaban impedir que eso sucediera. Pero hay que admitir que no hay político mexicano, priísta o no, que esté tallado con esa madera.
Los priístas, por el contrario, son eminentemente cortoplacistas, aunque no por ello deja de sorprender que sus horizontes estén tan cerca y su visión tan corta. El proceso para elegir a un nuevo presidente nacional, después de haber mantenido por la fuerza y en los linderos de la ilegalidad a Mariano Palacios Alcocer, se ha abierto con expectativas muy desalentadoras para la construcción democrática nacional. Se enfrentan dos priístas inventariados que son viejas caras en un nuevo proceso: Beatriz Paredes, que ya perdió una vez la presidencia nacional ante Madrazo, y Enrique Jackson, que perdió la precandidatura presidencial ante Montiel. Como dijo un agudo observador político que fue hace años operador priísta, es como meterse al túnel del tiempo. Tienen una larga presencia nacional que convierte sus caras, sin embargo, en anacrónicas.
Pero no son lo mismo, pese a todo. “Beatriz Paredes es sustancia, mientras Jackson es sólo adjetivo”, ilustró un veterano operador político que conoce a ambos muy bien. Sin embargo, esta diferencia significativa es irrelevante. Los dos representan la misma ideología, los mismos principios y están equipados con la misma retórica, aunque tienen como común denominador que no serían vistos como engendros de Madrazo. En el PRI no quieren que se enfrasquen en una contienda porque existiría la posibilidad de que se dividiera el partido, y que a cambio acepten integrar una fórmula para que sean electos por consenso. El obstáculo es que ninguno de los dos quiere ser secretario general. Como lo ven los priístas es que si no llegan a un arreglo y el partido se vuelve a dividir, el factor de estabilidad volvería a recaer en los madracistas, ya sea por la vía de su ex secretario particular Javier Oliva, que se inscribió en el proceso, o con un relevo de emergencia, Héctor Hugo Olivares. No quieren que eso suceda y están animando al ex gobernador de Coahuila Enrique Martínez, a entrar el rescate de no darse un acuerdo entre Paredes y Jackson. Esto nos lleva a la misma historia de siempre. En el PRI no quieren sangre nueva ni refrescarse aunque sea un poco. Es lo mismo de siempre para que, al final del día, queden los mismos repartiéndose el pastel no sanforizado que resultó el partido sin la Presidencia. Apostar por una refundación o una reconstrucción está fuera de toda posibilidad objetiva. Los priístas, por más maquillaje que se pongan y estrenen ropa de temporada, huelen a naftalina. Está en su esencia y en su naturaleza. Son así por definición.

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Nota: Por un error del autor, en la columna del lunes pasado se identificó a Ismael “El Mayo” Zambada como lugarteniente de los hermanos Arellano Félix, en lugar de Isamel Higuera, “El Mayel”.a