EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Raymundo Riva Palacio

Enero 26, 2005

 

  Para nunca olvidar  

 

Quien ha visitado Auschwitz nunca vuelve a ser el mismo.

Inmenso, Auschwitz, el símbolo universal del terror y el genocidio, epicentro del Holocausto y de la memoria viva para no olvidar el extremismo, es una construcción vasta cuyos silencios gritan y la tranquilidad sangra. Ahí sigue presente el exterminio de más de un millón 200 mil personas, la mitad sacrificada en las cámaras de gas, la otra llevada a la muerte por hambre y por haberlas llevado más allá del límite de su capacidad física en trabajos forzados.

¿Cuántos murieron ahí? Nunca se sabrá. Las cifras son sobre lo que se pudo cuantificar, pero a Auschwitz llegaban, casi tres cuartas partes del total de sus pasajeros en los vagones de la muerte, enfermos, viejos, embarazadas y niños a quienes los nazis consideraban no aptos para el trabajo, y que eran conducidos de inmediato a los hornos para ser cremados sin que aparecieran jamás en los registros de ingresos y decesos.

Se llega por Cracovia, la hermosa ciudad al sur de Polonia, hasta donde arribaba ese olor peculiar y penetrante, como de plástico que empieza a ser quemado, y que puede volverse nauseabundo después de un rato de aspirarlo, que todas las madrugadas era la señal de que a 60 kilómetros de ahí, los nazis proseguían aniquilando prisioneros en sus hoy destruidos por completo hornos crematorios.

Recorrer ese trayecto es como ir a una cita con la muerte y la esperanza a la vez.

El más infame centro de exterminio nazi es un campo extenso que se divide en tres: Auschwitz I, donde se encontraban las oficinas administrativas de los nazis y de su siniestra policía secreta, la Gestapo; Auschwitz II-Birkenau, donde se encontraban las cámaras de gas y los hornos crematorios; y Auschwitz III-Monowitz, parte de los 40 subcampos de concentración que habían construido.

Lo que antes tenía una racionalidad, hoy es un manojo de paradojas.

Se entra por un puente donde todavía se aprecia parte de la vieja muralla de ladrillo que encerraba el campo de concentración construido por los nazis en 1941 y que fue liberado hace 60 años, conmemorados mundialmente esta semana. Esa era la ruta del ferrocarril que llevaba a prisioneros de toda Europa. A la derecha veían las oficinas; a la izquierda la hilera de decenas de barracas de madera donde la última, por lejana, la llamaban “México”, justo después de la “Canadá”.

La vía desapareció, salvo una parte que termina en la parte más oscura de todas, donde se detenían los ferrocarriles para bajar a los prisioneros. Ahí se levanta hoy un sobrio monumento erigido en memoria de los miles de personas de 25 nacionalidades que murieron o sobrevivieron en Auschwitz, cuyos grupos mayores fueron judíos, polacos, rusos y gitanos.

Ahí llevaron a miles con el engaño que eran trasladados desde sus puntos de origen a otras ciudades. Su testimonio se encuentra en el museo, dentro de Auschwitz I, donde en un largo aparador aparecen apilados los equipajes de los infelices que sobre sus costados habían escrito su nombre y su dirección, pensando que tendrían un mañana.

En el mismo museo, siete toneladas de cabello que se recortó a los prisioneros, despide el olor jabonoso e incisivo del cabello, entre dulce y espumoso, y en otra vitrina puede uno ir imaginando cómo la gente fue muriendo a pedazos sin dejar de vivir: una pierna ortopédica por un lado, unos espejuelos por otro; un cepillo de dientes que nunca usaría, una dentadura postiza.

Los nazis tienen su propia vitrina: jabones, lámparas, utensilios para oficinas. Todo hecho con la piel de sus víctimas, a las que después de muertas sometieron a un proceso industrial para proveerse de menajes y productos que sin ningún remordimiento siguieron utilizando después de ejecutar su genocidio continuado.

Todo Auschwitz es un recuerdo de la muerte.

Sus cárceles, donde un sacerdote católico se dejó morir para acompañar en el sufrimiento a quienes eran exterminado a un par de cientos de metros de donde se encontraba. El paredón de fusilamiento, junto a la clínica médica donde el inefable doctor Joseph Mengele experimentaba con los judíos y producía fórmulas de gases más letales para cumplir con el objetivo impuesto por Adolfo Hitler.

Las cámaras de gases prácticamente están destruidas por el tiempo y los propios nazis, que se dedicaron a derruirlas poco antes de que el Ejército soviético llegara a Auschwitz para liberarlo. Pero todavía se aprecian esos salones rectangulares donde cabían más de 150 personas debajo de la superficie de la tierra, a donde los llevaban con el timo de que los bañarían, aunque de las regaderas no saliera jamás agua sino el veneno Cyclone, que comenzaba por hacerlos retorcer por el dolor de estómago, que era el principio de la muerte.

De ahí los pasaban a los hornos crematorios, de los cuales no queda ninguno. Flores, muchas flores fueron plantadas sobre ellos para que, desde el mismo lugar de la muerte más infame, renaciera la vida. Todavía queda rastros de lo que fue aquello: pequeñas piedras calcificadas, totalmente blancas, de los últimos a los que probablemente cremaron los nazis.

Auschiwtz, celebrado esta semana en el mundo, no deja de sorprender a quien lo visita, sin importar cuántas veces haya ido. Siempre rasga las entrañas y sobrecoge el corazón. Y pensar que a la entrada se encuentra una puerta de metal cuyo lema, en lo alto, señala: “El trabajo los hará libres”. Pero la libertad en Auschwitz siempre tenía una condicionante: el estadio previo a la libertad, era la muerte.

 

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