EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Evaluación 

Jorge Camacho Peñaloza

Diciembre 04, 2015

Donde hay educación no hay distinción de clases. Confucio.

Se ha vuelto trivial en los discursos de los políticos sostener que la educación es la palanca más poderosa para sacar a los pueblos del atraso, que es la condición sine qua non para alcanzar niveles de bienestar más elevados para la población, hasta se dice que la educación nos hará libres, y sí, en efecto la educación es la clave para el desarrollo porque da a las personas la posibilidad de conocer y hacer uso de sus derechos, potencializa sus capacidades y le da mayor discernimiento para elegir, y con ello, claro la libertad.
Asimismo, hace posible la justicia, la capacidad laboral, la comunicación, la posibilidad de asimilar más información, conocer la historia y hacer mejores planes para el futuro, la igualdad, y con ello es un factor para la existencia de la democracia; el tema de la educación no es pues menor, es aunque suene a lugar común, de lo más relevante para la libertad y el desarrollo.
¿Cómo pensamos desarrollarnos si sólo un viente por ciento de los jóvenes entre 15 y 29 años asiste a escuelas de nivel medio superior y superior? ¿Cómo pensar el desarrollarnos si no estamos formando los profesionistas que necesitamos para poner en movimiento la producción, los servicios y el comercio, la industria y la agricultura, la ganadería y la pesca, la minería y la petroquímica?
¿Cómo pensar en desarrollarnos si tenemos altos niveles de deserción y de reprobación escolar, en general bajos niveles de conocimiento en matemáticas, en química, biología y química? ¿Con qué conocimientos vamos a desarrollar la tecnología que necesita la actividad económica, social y gubernamental para hacerlas más eficientes?
Encima de esto, que son elementos sustantivos de la educación, adicionalmente debemos preguntarnos cómo vamos a tener una mejor educación atrapada en intereses sindicales, burocráticos, políticos, de poder, que sólo han hecho corromper la función educativa y con ello llevar el proceso de enseñanza aprendizaje y del conocimiento a los sótanos de la mediocridad y baja calidad de la formación humana.
No hay duda de la pertinencia de la evaluación a los maestros para garantizar que el conocimiento que ayudan a asimilar a sus educandos sea de calidad y verdadero, que sirva al desarrollo de las capacidad humanas y a su libertad y para sustentar la mejora en la capacidad misma de los mentores, con el argumento de que la educación pública debe ser la de mejor calidad por la sencilla razón de que se trata de la educación sostenida con los recursos de la sociedad ante los cuales se supone que no tiene competencia ningún sistema privado, argumento que con mayor razón sostenemos que el esfuerzo colectivo y el bien común es una fuerza poderosa para lograr que una sociedad avance.
Está bien que los maestros sean evaluados para saber quién sí y quién no cumple con el perfil para servirle a la sociedad en esa responsabilidad pública; en una escuela privada el dueño sabrá si evalúa o no a sus maestros, pero en un sistema público no se puede ni debe engañar a la sociedad de que se le está educando y en realidad se simule que se educa.
Es imprescindible la evaluación educativa, pero también es necesario liberar a nuestro sistema educativo de los intereses sindicales, burocráticos, políticos, familiares, económicos y partidistas, que lo mantienen en una situación ya insostenible para la necesidades de desarrollo del país. De nada va a servir la evaluación si no se libera a la educación de esos intereses que no la han dejado avanzar, que no le han permitido ser factor de libertad, de igualdad, de justicia y de desarrollo, y en esto tienen culpa sindicatos, partidos, gobiernos y maestros.
Vuela vuela palomita y ve y dile: A mis maestros que pongan el ejemplo, que demuestren tener conocimiento de sus asignaturas a quien no se acuerda de los nombres de los libros que dice que ya leyó.