EL-SUR

Miércoles 01 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Experto en demoliciones

Raymundo Riva Palacio

Mayo 18, 2005

En el gobierno de Ernesto Zedillo, sus asesores sufrían cuando el ex presidente se topaba con una multitud que le mostrara entusiasmo. “Se olvidaba del discurso que llevaba y empezaba a improvisar”, recuerda uno de ellos. El resultado era siempre el mismo: se desviaba del mensaje central, solía hacer chistes malos y, no pocas veces, la resaca de opinión pública era mala. Zedillo, que era bastante difícil de tratar por su autoritarismo nato, entendió en las honduras en que se metía cada vez que incurría en ese error y corrigió. Sus problemas de comunicación política se acabaron y terminó su sexenio en control total.

El presidente Vicente Fox podría asemejarse a Zedillo, pero hay diferencias profundas. No necesita una multitud entusiasmada para caminar fuera de discurso, sino cualquier auditorio, y no confunde sino confronta. Zedillo se causaba daño en el corto plazo; Fox lo hace en el mediano y largo. La incontinencia verbal de Fox no tiene precedentes entre los líderes mexicanos. Lejos de ser inteligente, ocurrente, sagaz o irónico, el Presidente actúa como si jugara continuamente a la ruleta rusa y terminara siempre disparándose en la primera oportunidad. Le pasa todo el tiempo, y casi todos los días en que habla.

No hay discurso improvisado en el que Fox no se resbale. Aún no sale de la polémica porque el viernes pasado dijo “negros” a la gente de color, donde la defensa de Los Pinos por señalar que fue malinterpretado no se sostiene ante su insensibilidad e ignorancia. Pero esto no es nuevo. Peor aún, para sus cercanos no existe forma de controlarle la boca. Su lengua es tan rápida, como lento su proceso de entender el impacto que generan sus palabras. Hace unas cuantas semanas, previamente a una gira internacional sus asesores le pidieron que se enfocara en el mensaje, en el propósito del viaje, y que evitara los distractores. “Está bien –les dijo–, no voy a reventar la gira”. Poco duró el propósito. No empezaba a tomar forma el viaje, habló sobre el jefe de Gobierno del Distrito Federal, aniquilando la gira. Parece imposible contenerlo, como si su boca y sus palabras estuvieran desconectadas de su mente y actuaran como un ente autónomo.

Él mismo se ha hecho un daño terrible. Antes de la mitad de su gobierno, después de meses de negociación con el Congreso del ex secretario de Energía Ernesto Martens para consensuar una reforma energética, en un viaje a Bruselas el Presidente anunció que el PRI ya se había comprometido para apoyarla, revelación imprudente y prematura que produjo que los priístas dieran marcha para atrás y que no se volviera a presentar una oportunidad como aquella para sacar adelante la reforma. Más recientemente, por razones de política electorera, sin sondear al terreno americano, sin cabildear en absoluto, un día le dijo al canciller Luis Ernesto Derbez que lo propondrían para ser secretario general de la OEA, con los resultados catastróficos que son conocidos. Hombre de arranques, pero sin conocimiento, suele ser corregido en sus errores financieros por el secretario de Hacienda, frenado en su polarización por el de la Defensa, y llega a tomar tan personalmente las cosas que durante meses dejó de recibir al secretario de Economía, inclusive a saltárselo en saludos públicos, pero sin dejar de hablar, con datos falsos como en el caso de las maquiladoras, de temas del sector.

Es típico que el presidente Fox tienda la mano un día a un partido, y al día siguiente, sin razón alguna, les escupa la cara. Ha acusado en discursos y campañas propagandísticas al Congreso de ser el que le ha frenado el cambio que prometió, y le han demostrado que más del 85 por ciento de las iniciativas que ha enviado han sido aprobadas. Su discurso personal es tan inconsistente, que ha pedido que la gente no lea para después decir que la lectura, como vehículo de conocimiento, es esencial. Dice gobernar para todos los mexicanos, pero suele agredir a la mayoría de los mexicanos. No es casual que se le acuse de esquizofrenia, porque esa es la manera como se comporta políticamente.

Fox está dominado por sus pasiones. En este sentido, es sorprendente el control público y privado que sobre él ejerce la primera dama Marta Sahagún. Sin contexto, saca la cara por ella, la defiende políticamente, obliga a su gabinete a cooperar con sus labores filantrópicas-políticas a través de una fundación privada. Esta motivación particular que se aparta de los asuntos de interés público, suele antagonizar y polarizar el debate nacional, que se agrava siempre por el tono y fraseo que emplea en este, como en todos los casos. El Presidente pareciera que habla mucho sin pensar. Quizás está angustiado, deprimido o desesperado. Quizás, sin embargo, es una especulación.

Pero los hechos son claros. La palabra del Presidente tiene un alto valor, y por eso, cuando comete errores, cuestan mucho por el gran impacto que producen. Él no quiso entenderlo desde el principio de su gobierno, que se caracterizaría cuando en su informe de toma de posesión saludó a sus hijos, como si los actos de Estado fueran privados, y por la toma de posesión en Palacio Nacional, cuando dejó el balcón para irse a la calle a cantar con Mijares. Ya no aprenderá. Como dijo un funcionario de Los Pinos, “no tiene remedio”. El problema grave es que todos, no sólo él, resultamos afectados por sus yerros.

 

 

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