Ángel Aguirre Rivero
Junio 13, 2025
Como una semilla rebelde que floreció en tierra guerrerense, Faustina Benítez trascendió su tiempo para dejarnos lecciones y ejemplo de vida. Quienes viajan a la Costa Grande, podrán apreciar una estatua en su honor en su natal Coyuca de Benítez.
En la historia de los pueblos, hay mujeres que no esperan que la historia las salve: la enfrentan. Mujeres que, como Faustina Benítez, se atrevieron a alzar la voz en tiempos donde el silencio femenino era ley no escrita, y la obediencia, castigo anticipado.
Cabe decir que de su vida y obra poco se sabe, será porque en el tiempo que le tocó vivir prevaleció la huella de una subcultura patriarcal, donde se acostumbraba narrar la vida de los héroes, no de quienes los impulsaron.
Hoy, cuando el Congreso de Guerrero inscribe su nombre en el bronce de la memoria colectiva con la creación de una presea que lleva su nombre, no solo honra a una mujer: reconcilia al presente con una deuda ancestral.
Faustina nació en 1793, en Coyuca, cuando México todavía era una colonia. Su vida, sin embargo, no fue la de una espectadora de la historia, sino la de una arquitecta del porvenir.
Al lado de su esposo, el general Juan Álvarez –caudillo liberal, padre del estado de Guerrero–, y de su hijo Diego, Faustina luchó por la independencia y por la separación entre la Iglesia y el Estado. No fue la sombra del héroe, fue su conciencia. No fue un apéndice familiar, sino una mujer forjada en convicción y dignidad.
Rechazó la comodidad de ser primera dama para quedarse en su tierra, en la Hacienda La Providencia, fiel a sus raíces, a su gente, y al ideal de una patria libre no solo de yugos extranjeros, sino también de las cadenas domésticas que ataban a las mujeres a la invisibilidad.
Su decisión de no trasladarse a la Ciudad de México en 1855 no fue desdén, fue resistencia. Y en su acto hay una poética rebeldía: la mujer que eligió ser útil en su terruño antes que ornamental en Palacio.
El Congreso ha hecho justicia al instituir la Presea Faustina Benítez, como un reconocimiento formal, diferenciado y periódico –cada 15 de febrero– a las mujeres guerrerenses que, desde los márgenes o desde el centro, cambian el mundo con su trabajo, su lucha, su servicio.
Porque si Faustina desafió a un virreinato, ¿cómo no celebrar a quienes hoy se enfrentan al patriarcado, a la violencia, a la desigualdad que persiste?
Y es que reconocer a una mujer como Faustina no es un gesto nostálgico. Es, más bien, una lección viva en tiempos de cifras alarmantes: más del 70 por ciento de las mexicanas han enfrentado algún tipo de violencia de género, y en Guerrero, 68.9 por ciento de las mujeres declaran haber sido víctimas al menos una vez en la vida.
En medio de esta realidad lacerante, rescatar a Faustina del olvido es plantar una semilla nueva. Es decirle a cada niña de Coyuca, de La Montaña o de Acapulco que su voz tiene herencia y su paso, destino.
La presea no es solo medalla. Es símbolo. Es pedagogía del reconocimiento. Es espejo donde las mujeres puedan mirarse no como víctimas, sino como herederas de una estirpe de resistencia. Faustina no fue un mito: fue madre, esposa, activista, pensadora y mujer de frontera entre dos siglos. Su legado es brújula. Su historia, semilla. Su nombre, fuego antiguo que aún alumbra el camino.
Faustina Benítez vive en cada mujer que no se resigna, que transforma, que siembra futuro.
Del anecdotario
Cuando me tocó organizar el primer Festival Acapulco, recuerdo la invitación que me formulara a comer en las instalaciones de Televisa San Ángel, Emilio Azcárraga Vidaurreta El Tigre. Era el año de 1996. Le expliqué que era muy difícil para mi gobierno sufragar los gastos de dicho festival, dado que yo tenía tan solo unos meses de haber asumido la administración.
Tratando de persuadirme, el famoso empresario me dijo: primero, ¿qué te parece si rompemos el turrón y nos hablamos de tú, mi querido gobernador, aunque estés muy joven? Su carisma y mi interés por promover a Acapulco me hicieron reflexionar para formularle una propuesta: A ver, Emilio –le dije–, hagamos el festival, pero siempre y cuando me des un trato especial en este primer año y en el siguiente me repongo. ¿Qué te parece? –le dije.
Cerrado, mi gobernador. Luego me pasó a un privado donde comimos con Jacobo Zabludovsky, Raúl Velasco, Joaquín López-Dóriga, a quienes les dijo: Señores, quiero que sepan que el nuevo gobernador de Guerrero es mi amigo y me lo tienen que cuidar mucho (por supuesto que solo él se la creyó).
Al despedirnos, me dijo: Oye, gobernador, ¿podemos coincidir un día en el Festival Acapulco? Desde luego que sí –le dije–, quiero ir a ver a Los Tigres del Norte. Y se llegó el día en que nos vimos. Cuando lo vi a lo lejos, venía acompañado de una muchacha muy joven y guapa. Ya estando frente a frente, por unos segundos estuve a punto de preguntarle: ¿es tu hija? Cuando él afortunadamente se me adelantó para decirme: Mira, gobernador, te presento a mi novia. Uffff, qué descortesía hubiera cometido, por no decir regada. Se trataba de Adriana Abascal, quien había sido Miss Veracruz, quien tendría unos 25 años y él más de 70.
Al segundo año del Aca-Fest, le pedí que lo lleváramos a las playas y a las colonias populares y que incluyéramos en la promoción turística a Ixtapa-Zihuatanejo, Taxco y, desde luego, Acapulco, teniendo al Centro de Convenciones como el principal escenario de los grandes artistas.
Y en mi tercer año, como no sabía si volvería a ser gobernador, porque la política cambia de un día para otro y eso está demostrado, entonces lo comprometí a llevar el programa de entretenimiento más famoso de aquellos años, Siempre en Domingo, a mi tierra, a Ometepec, que fue sin duda un episodio inolvidable.
Hoy mucha gente me pregunta y se pregunta por qué no se han vuelto a realizar estos festivales de promoción turística, en donde por cierto alguna vez participó también mi amigo Félix Salgado Macedonio.
La política es así…