EL-SUR

Miércoles 01 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Fuera de control

Raymundo Riva Palacio

Abril 06, 2005

ESTRICTAMENTE PERSONAL


Un virus malgno debe habérsele metido al jefe de Gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador, el aspirante a la Presidencia más popular de la caballada para el 2006, quien en los últimos días parece fuera de control, insultando gratuitamente a los medios de comunicación, coartando la libertad de expresión y comparándose con figuras que marcaron la historia de la humanidad. El virus puede llamarse intolerancia, arrogancia, desubicación o simplemente soberbia, pues de otra manera no podría entenderse ese mal que le está afectando severamente la cabeza.

En vísperas de que la Sección Instructora de la Cámara de Diputados votara tres a uno por su desafuero, al haber desacatado una orden judicial, López Obrador se comparó con Martin Luther King. Su lucha, dijo, es como la del líder negro que fue asesinado una fría mañana en Memphis, Tennessee. Hubo quien aplaudió el paralelismo que es, en cambio, una sandez política e intelectual a partir de un solo hecho: Luther King luchó por los derechos civiles en Estados Unidos, no por ser presidente; López Obrador está luchando por ser presidente, aun a costa de conculcar derechos civiles, como es el respeto a la ley –por más pequeño que haya sido el delito en el que incurrió, no deja de ser delito–, y los intentos de censura de prensa.

Luther King, como López Obrador, fue un activista político desde sus años mozos, y tanto uno como otro, utilizó la prédica como arma portentosa para la persuasión. Pero el líder negro, a diferencia del jefe de Gobierno capitalino, trabajó por una causa, organizando a los de su raza enfrentándose al racismo del sur estadunidense donde creció y allanó el camino que llevó a 200 mil personas a Washington para pronunciar un memorable discurso sobre el sueño donde veía iguales a los hombres, logrando golpear las conciencias de los políticos y elevarles el costo de no hacer nada. Con esa protesta que siempre fue pacífica, que siempre estuvo dentro de la civilidad sin molestar a terceros, que siempre fue por el bien común y no el particular de un individuo o un grupo, obligó al presidente Lindon B. Johnson a enviar una Ley sobre Derechos Civiles al Capitolio, con lo cual se comenzaron a disminuir las desventajas sociales de las personas de color.

Días después de tan desafortunada comparación, uno de sus principales lugartenientes y golpeadores, el líder del PRD en el Distrito Federal Martí Batres, señaló que a López Obrador lo están tratando peor que a Mahatma Gandhi, un personaje de la historia con el cual en anteriores ocasiones ha trazado paralelismos el gobernante capitalino. López Obrador es igual a Gandhi, han equiparado en su equipo interno. Pero la comparación tampoco podía estar más lejana. Como en el caso de Luther King, Gandhi tuvo un objetivo que no era la presidencia de la India, su país, sino la independencia de la Gran Bretaña. Como él también, sus métodos fueron pacíficos, y jamás amenazó a la Corona inglesa que lanzaría multitudes a las calles violentando el orden público.

Gandhi, un hombre sencillo que siempre se mantuvo austero, utilizó la resistencia pacífica como su principal arma frente a los colonizadores británicos. Siempre persuadió a sus crecientes seguidores de que jamás enfrentaran a la policía o a las tropas, y nunca fue más allá de donde la vía de solución de conflictos lo pudiera llevar. Jamás optó por la confrontación, ni insultó a los británicos o a los indios que los apoyaban en la Colonia. Por el contrario, tantas veces lo buscaron para buscar una solución al problema que crecía con el tiempo, Gandhi se sentó en la mesa de negociación. Su autoridad era moral, sin necesidad de comportarse como caudillo.

En ambos casos, la discreción fue un activo, la humildad política su característica. López Obrador no se alimenta del mismo plato. El sábado pasado se quejó públicamente de que los medios de comunicación, en particular la televisión, se dedicaran a informar ampliamente sobre la muerte del papa Juan Pablo II, otorgándole reducido tiempo al tema de su desafuero. López Obrador, sus seguidores y apologistas, esperaban que las noticias del desafuero del jefe de Gobierno rivalizaran en espacio y tiempo con el deceso de un líder mundial, quejándose de que no fue así, y sugiriendo algunos que deliberadamente se habían ocultado las noticias que afectaban al tabasqueño. Poco faltó para que declarara López Obrador que se trataba de un complot.

Afortunadamente para él, no llegó a tal extremo, pero siguió fustigando a la televisión que, como consecuencia generó en los mismos medios electrónicos escarnio de su postura. El gobernante estaba indignado, y si bien no pudo atacar a las televisoras de manera más frontal, sí lo hizo con el equipo de reporteros de una radio capitalina que ha sido crítica de López Obrador, a quienes por decisión de su oficina de prensa les prohibieron entrar a las conferencias de prensa mañaneras. El viernes y el lunes, por si fuera poco, maltrató e insultó al reportero del periódico Crónica, al que no deja de señalar como un diario al servicio del ex presidente Carlos Salinas, y que se ha distinguido por haber hecho la más grande tarea de investigación periodística sobre las irregularidades en el gobierno del Distrito Federal.

Ese virus parece mortal, pues afecta las neuronas. López Obrador luce perdido por completo en la dimensión de su entorno, su contexto y lo que él significa. Plantearse la analogía con Luther King no puede enojar por su ignorancia, sino causar risa. Imaginarse como la lucha de Gandhi, es como pensar hoy en día que la luna es de queso. Indignarse porque los medios prefirieron informar sobre el deceso de Juan Pablo II y el dolor mundial, hay que verlo con la ternura de aquél que no entiende en dónde está parado. López Obrador no puede seguir afectado por ese virus. Tiene que atacárselo urgentemente porque puede matarlo. Y si eso sucediera, qué importa si hay desafuero o no, se irá hundiendo en su propia desproporción.

 

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