EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Gobierno paralelo

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 11, 2006

Este fin de semana los mexicanos atestiguaremos algunos hechos que nos dejarán muy marcada la memoria. Si toda la planificación de los actores políticos se mantiene invariable en los próximos días, el presidente Vicente Fox dará el tradicional Grito desde el balcón central del Palacio Nacional, acompañado de su familia, el gabinete, el cuerpo diplomático, los jerarcas de la Iglesia, del sector privado y decenas de invitados, ante un pueblo que lo desprecia. No habrá júbilo ante cada arenga evocativa, sino la espalda y un silencio absoluto. Al día siguiente, 16 de septiembre, ya no habrá plantón sobre Reforma y junto con la plancha de la Plaza de la Constitución quedarán libres para que las Fuerzas Armadas realicen su tradicional desfile. Por la tarde, en una convención a la que espera convocar a centenares de miles de personas, Andrés Manuel López Obrador definirá su futuro, su vigencia y la estrategia que seguirá.
Muchas cosas ha venido diciendo, junto con un coro de voces radicales que anticipan que derrocarán a Felipe Calderón. No será así, en el sentido técnico de la palabra, pero sí se está trabajando dentro del equipo de López Obrador para trazar las líneas de acción que, si no lo tumban de la silla presidencial, sí provoquen que, o tenga que compartir la toma de decisiones por la vía práctica de la movilización y la acción política, o se vuelva un gobierno paralizado, y converjan en la creación de una Presidencia y un gobierno paralelos, diferente al que hizo Manuel Clouthier tras la victoria legal de Carlos Salinas en las elecciones presidenciales de 1988, que no llegó a mucho porque el PAN negoció con el gobierno.
No será lo mismo, aseguran personas en el círculo interno de López Obrador. Pero, ¿cómo lograrlo? La Convención Nacional Democrática que convocó para este sábado pretende ungirlo como Presidente de México. Algunas figuras dentro del PRD tratan de persuadirlo que no utilice esa figura ante el temor que pueda tener un efecto contrario, primero de desgaste y posteriormente de ridiculización. López Obrador cree que si bien es una posibilidad real, con acciones prácticas puede darle la vuelta a ese riesgo y legitimar ese cargo, entendiendo que no sería legal pero que al no ejercer funciones que rayarían en la ilegalidad –como cobrar impuestos o proveer seguridad pública–, tampoco infringiría ley alguna. La Presidencia lópezobradorista sería eminentemente política, rivalizando con la Presidencia de Felipe Calderón en los contactos con dignatarios, grupos o figuras políticas nacionales e internacionales, y girando instrucciones ejecutivas a su gabinete.
Ese gabinete sería nombrado posiblemente en paralelo a su unción como Presidente de México, y tendría como objetivo fungir como lo hacen los gabinetes en las sombras. Es decir, para cada secretario de Estado, salvo en algunas carteras que competen a la seguridad nacional –Defensa y Marina–, habría un secretario en espejo que estaría permanentemente cuestionando la política desarrollada por Calderón pero, más importante aún, proponiendo alternativas. De esta manera, si el secretario de Hacienda federal propone una determinada iniciativa, su secretario del ramo presentaría una opción; o si el secretario de Relaciones Exteriores calderonista fija alguna posición, el canciller de López Obrador presentaría la alternativa.
Todo esto sería un ejercicio meramente retórico e inútil si no existieran dos palancas adicionales, la calle y el Congreso. La calle es fundamental en esta estrategia que se desea concretar el próximo sábado, pues sería utilizada como un arma de presión para respaldar la resistencia política. Por ejemplo, como ilustraba una persona allegada a López Obrador, si el secretario del Medio Ambiente decidiera un proyecto ecológico en alguna zona del país que encontrara el gabinete alterno de López Obrador pudiera alterar el hábitat, habría una movilización popular para impedir que se iniciara esa obra y paralizarían, mediante la protesta, cualquier inicio de proyecto. Aquí es donde entraría la palanca parlamentaria. Una vez iniciado este tipo de resistencia, los legisladores del PRD presentarían una iniciativa de ley o una propuesta alterna para el proyecto, o la modificación o cancelación total del mismo, dando cauce legal y político a una protesta política que buscaría mantenerse siempre dentro de los márgenes legales, con cuya suma se concretaría, en la práctica, una toma de decisiones paralela y una lucha, finalmente, por el poder real.
Sobre el papel, la estrategia discutida en el campamento de López Obrador parece viable y factible. Hay, entre sus adversarios, quien la considera utópica, y que entrará en un proceso rápido de desgaste. Una de las razones principales por las cuales no le ven largo aliento se centra en los recursos económicos y en la alta capacidad de coordinación operativa y ejecutiva. Mantener una Presidencia y gabinete alterno requiere, en efecto, un trabajo de tiempo completo que soporte salarios, logística y protocolos, lo que en un plano de seis años representa un enorme gasto. Voceros de López Obrador han venido repitiendo que habrá dinero proveniente de la dieta de los legisladores, y otras personas en su círculo interno sostienen que si existen pueden allegarse recursos de fuentes no políticas. Ciertamente hay problemas prácticos como la operación táctica del día con día, y de fondo y forma como la propia figura con la cual encabezará López Obrador el movimiento social y político que carga sobre sus hombros. Sin embargo, la apuesta es, cuando menos, desafiante.
Un objetivo final de estas acciones coordinadas entre la calle y el Congreso lleva a lo que se ha resumido en la “destrucción de las instituciones”. Pero lo cierto es que en estos momentos, las instituciones vigentes no están cumpliendo su función de lograr ciertos niveles de intermediación y agregación de intereses. El repudio total del campo de López Obrador las ha hecho disfuncionales y obliga a los otros actores –al no haber caminado éste a la ilegalidad– a discutir su reforma en los términos que lo está planteando. Concretar cohesionadamente esta estrategia reposicionará López Obrador y al PRD en el centro de la gobernabilidad y elevará la presión sobre Calderón, obligándolo a un acuerdo político con esa parte. Por el momento el espacio es inexistente y la apuesta que les queda es que cometa un error y se desgaste. López Obrador ha mostrado ser capaz de fallas estratégicas, pero si el PRD logra quitarle a los ex priístas la línea de acción violenta, habrán encontrado la forma de caminar juntos y convertir el sexenio de Calderón en una noche muy larga y tortuosa.

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