EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Incertidumbre a prueba

Raymundo Riva Palacio

Julio 03, 2006

Al final de un día donde hubo una lucha cuerpo a cuerpo por los votos en las calles de este país, la elección presidencial no fue resuelta por las estructuras partidistas. Fue una contienda dominada por las emociones que proyectaron, como en toda democracia, incertidumbre sobre quién será el ganador del 2 de julio. El empate técnico entre el favorito Andrés Manuel López Obrador y el candidato oficial Felipe Calderón confirmó la importancia de la inteligencia emocional de los mexicanos, demostrando la inmadurez de la cultura política que permitió que el forcejeo y la testosterona electoral conquistaran votantes con campañas negativas y guerras de lodo.
Empero, esta caracterización de la jornada electoral no excluye de ninguna manera fenómenos sociopolíticos que se fueron construyendo a lo largo de los meses de precampaña y campañas. En este sentido, López Obrador resalta como el subproducto más puro de este proceso. Con un partido que le quedaba chico, este político que llegó una generación tarde a la era de las campañas profesionales, demostró que conoce el psique mexicano y que la sofisticación no se convirtió en divisa indispensable para ganar votos. O cuando menos, en lo que corresponde a una tercera parte del electorado que acudió a las urnas este domingo a quienes los sedujo una vieja forma de hacer política.
Pero la tercera parte de los votantes, no obstante, son suficientes para ubicarlo en la categoría de un personaje fuera de serie. Sin crisis política o económica que mediara, logró un salvaje switcheo de votos de las pasadas elecciones presidenciales donde el PRD obtuvo 16.6 por ciento de apoyo, al estimado entre 32 y 34 por ciento que tiene en las encuestas de salida. No es requerimiento obligatorio que gane la elección para mostrarlo como fenómeno. Sin una estructura de partido en el país, con un solo bastión fuerte, en el Valle de México, haber duplicado el número de votantes en seis años es una acción de gran envergadura. La paradoja es que quienes lo acompañaron en la odisea no fueran personajes que vienen de la izquierda, sino del viejo PRI. Marcelo Ebrard, que ganó la elección para jefe de Gobierno del Distrito Federal, fue quien en el gobierno de Carlos Salinas, cuando era alto funcionario de la administración capitalina, construyó las redes urbanas que hoy son la clientela electoral más sólida de López Obrador. Ricardo Monreal es otro. Responsable de la zona centro del país, logró un avance importante del PRD en las elecciones locales del estado de México hace unos meses y cumplió con la tarea encomendada para este domingo.
Monreal fue una pieza importante. Se encargó de ir construyendo buena parte de las llamadas redes ciudadanas de López Obrador, que fue una estructura de partido paralela al PRD que buscaba aglutinar más a simpatizantes que a militantes con miras a la elección presidencial. Logró, tras un trabajo de meses, reclutar al 100 por ciento de representantes para enviar a las 113 mil 500 casillas electorales en el país, que es una de las tácticas indispensables para poder vigilar una elección. Movió también el aparato político como ayer, cuando desplegó en dos oleadas a sus militantes y simpatizantes a las urnas.
Como es la regla básica, sacó a votantes entre las 8 de la mañana en que se abrieron las casillas, hasta poco después de las 10. Eso explica porqué arrancó el día López Obrador con una enorme fuerza que lo puso en las primeras horas de la mañana por encima de Calderón. Guardó energía y volvieron a enviar una nueva ola de votantes hacia el mediodía, con tal fuerza que hubo secciones de casillas donde votó el 100% de su padrón hasta cuatro horas antes del cierre oficial. Esta embestida permitió que jamás se le despegara a Calderón, en una lucha que cuando se ven las gráficas de las encuestas de salida, muestran como disputaron cada décima de punto.
Pero difícilmente la operación del PRD, que coordinó el senador Jesús Ortega y que fue tan agresiva en su acercamiento con los electores que llegó a haber quejas de amenazas y hostilidad, se hubiera podido lograr con un candidato diferente a López Obrador, cuyo discurso teológico sobre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y su vocación discursiva por los pobres, penetró fuertemente en el imaginario colectivo mexicano que vieron en él, muchos de ellos, una especie de Tlatoani que era capaz de hablarle a sus corazones. Doblar el voto del PRD de la última elección sólo prueba que había un caldo de cultivo en las clases marginadas y un deseo en las más ilustradas de encontrar un nuevo líder sobre quien hacer recaer sus esperanzas. No es casual que líderes de opinión que se entregaron a Vicente Fox hace seis años, hoy lo hubieran hecho con López Obrador.
La decepción de Fox impactó indiscutiblemente en Calderón, cuyo respaldo estimado en las urnas este domingo fue de aproximadamente 10 a 12 por ciento menos que el que tuvo el actual presidente. Calderón, sin ser el fenómeno López Obrador, tampoco es una figura sin chiste. No era parte del neopanismo que se apoderó del partido desde hace casi una década, y mucho menos el candidato que hubiera deseado Los Pinos. Contendió contra el favorito de Fox, Santiago Creel, y lo derrotó. Arrancó su precampaña con un deficiente conocimiento de su figura en el país y luego, herencias foxistas, su estrategia naufragó al grado que, ya en la contienda, tuvo que rectificar y apostar por una campaña de contraste, que es un eufemismo de campaña negativa que lanzaron sistemáticamente contra el perredista.
La estrategia le funcionó, pero no contaba con que el foxismo le daría otro golpe, cuyos efectos se sintieron este domingo y en las largas semanas de la campaña. Los acuerdos políticos que había alcanzado Calderón en la selección de candidatos a diputados y senadores, fueron desconocidos por el PAN, con cuyo dirigente nacional, Manuel Espino, nunca enganchó una estrategia de campaña y sí, en cambio, vivió en permanente escaramuzas. Esto se reflejó en que la próxima legislatura panista no tenga su sello, sino el de Creel, quien obtuvo más prebendas que él, pese a haber perdido la nominación presidencial. Pero si la campaña no amarró con Espino, menos aún la del PAN con Fox, quien se fue por su lado golpeando el andamiaje democrático que se ha venido construyendo desde 1994.
No obstante, la campaña negativa del miedo dio resultados a Calderón. Los especialistas calculaban que para el mediodía de este domingo, de acuerdo con la proyección de encuestas presidenciales, López Obrador llevaría una cómoda ventaja de cuatro puntos sobre Calderón. El panista mostró tener otra correa. El norte, particularmente el noroeste, se volcó por él, arrancándole además al PRI Jalisco en el último momento, restándole a López Obrador votos en el Valle de México, y aprovechando que el PRD no pudo borrar al PRI en Tabasco y tampoco obtuvo lo que esperaba en Oaxaca. Tanto Calderón como López Obrador se beneficiaron de la debacle del PRI, al que le aplicaron viejas recetas que les enseñaron, cada vez que los doblegaban en las urnas, los priístas. Hubo testigos de que perredistas pasaran lista de votantes afuera de las urnas, como solía hacer el PRI, y que en estados como México, Coahuila y Morelos, panistas trataron de comprar voluntades de líderes locales del partido.
Es posible que el PRI haya definido la elección presidencial. Cuando menos, se puede argumentar que fueron votos priístas los que le dieron la fortaleza a Calderón en el norte y el centro del país, pese a las facturas que dejó pendientes Fox y a una campaña deficiente en términos de organización, y los mismos que le dieron por encima del PRD y de las redes ciudadanas a López Obrador. La movilización del PRI no se dio en la forma como esperaban, lo que significa que 16 de los 17 gobernadores priístas que habían asegurado a Madrazo que lo respaldarían, lo dejaron bastante suelto. O quizás, la fuerza de un electorado, netamente ciudadano como el de ayer, decidió que, aún fuera del poder durante un sexenio, ya tuvieron suficiente con 70 años de hegemonía política, y que era mejor apostarle a una cara nueva, López Obrador, o a otra que apenas empieza a aprender, Calderón, como la mejor opción para los siguientes seis años.
Pero la incertidumbre no sólo tiene caras amables. Los llamados sibilinos del PRI a irse a tribunales para cuestionar la legalidad de la elección, y las movilizaciones que convocaron los perredistas para celebrar su triunfo porque sus encuestas les dicen que ganaron, introduce malos presagios. La incertidumbre es mala compañera cuando la política la hacen las tribus y se desarrolla en la selva. La aceptabilidad de la derrota es un ingrediente indispensable de la democracia. ¿Estamos instalados en ella? Los votantes así lo probaron, pero el comportamiento de los actores políticos en las últimas horas del domingo hace dudar de esos avances. Son los claroscuros de una elección que, para efectos definitorios, apenas comienza.

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