EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

¿Insurrección?

Raymundo Riva Palacio

Julio 12, 2006

Andrés Manuel López Obrador congregó hace unos días a decenas de miles de simpatizantes en el Zócalo de la ciudad de México, los cuales, a decir de las crónicas periodísticas, estaban enardecidos y empapados en la ira porque, como afirma su carismático líder, les cometieron fraude electoral. Algunos agredieron a periodistas de Televisa y Televisión Azteca, como símbolos de la conspiración mediática en contra de López Obrador que voceros oficiosos están denunciando, y también hicieron pasar un mal rato a corresponsales españoles porque el presidente de su país, José Luis Rodríguez Zapatero, felicitó a Felipe Calderón. Entretanto, los canales virtuales reiniciaron el hostigamiento cibernético incluso contra quienes buscan el equilibrio, ejemplificado con un par de correos que resumen los ánimos: “Pinche panadero vendido… No eres más que otro perro del sistema y vas a pagar la cuota”.
López Obrador ha venido repitiendo que buscarán la movilización pacífica dentro de una lucha de resistencia política para defender la democracia. Pero tanto él como algunos a su alrededor están lanzando mensajes opuestos. Uno de ellos, el vocero del PRD Gerardo Fernández Noroña, declaró el lunes, según Los Angeles Times, que si el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (Trife) ratifica el resultado del voto sin que se haga un recuento total, “no lo vamos a dejar gobernar (a Calderón)”. O sea, si el Trife no hace lo que quieren, sin importar si presentan impugnaciones legalmente válidas, irrespetarán la ley. Por si no fuera suficiente, Fernández Noroña anticipó que como opción, “el otro camino es la insurrección”.
¿Insurrección? Eso dijo literalmente, lo cual no fue ni corregido ni desmentido por nadie en el PRD, ni en la campaña de López Obrador ni por el candidato mismo. Políticamente hablando, es un disparate lo que aseguró el vocero perredista, pues lo que plantea es que si sus presiones políticas son hechas a un lado por la ley, levantarán al pueblo, en una sublevación que no tendría otro objetivo más que el derrocamiento del Estado. Frívolo e irresponsable como siempre, el vocero sugiere que la nación está alborotada por lo que aqueja a López Obrador, que están dispuestos a tomar las armas y, como había asegurado la semana pasada el diputado perredista Emilio Serrano en una entrevista con The Washington Post, “no tenemos miedo a morir en la pelea”. Si no estuvieran los ánimos tan caldeados, serían ambos personajes prototipo del folclor político mexicano. Lamentablemente no puede ubicárseles de esa manera pues si bien el país entero no está en vilo, preocupado y listo a actuar en apoyo de López Obrador, sí existe un sedimento dispuesto a ello, en beligerancia creciente.
Está claro que los discursos están cruzados. El de López Obrador, que está aumentando sus giros de la resistencia pacífica al desconocimiento de cualquier resultado, y el de sus múltiples voceros. La estrategia de iniciar caravanas de protesta desde las 300 juntas distritales es una reedición de la empleada para enfrentar el proceso de desafuero, cuya presión política doblegó al presidente Vicente Fox, quien después de embarcarse tozudamente en su destitución, terminó doblando las manos. Si a López Obrador siempre la ha resultado la estratagema, ¿por qué no ahora? La diferencia importante es el contexto: no es Tabasco, donde el conflicto estaba limitado, ni tampoco el desafuero, donde había la percepción generalizada de que el gobierno estaba utilizando los recursos del Estado para aplastar a un adversario político.
Hoy se trata del país, dividido ideológica y electoralmente, y con condiciones objetivas de pobreza –el sector donde despertó las más altas expectativas–, que es una combinación que se antoja sumamente riesgosa en lo político y en lo económico. Los ardides políticos de López Obrador deben ser ejecutados con mayor cuidado. No es lo mismo hablar a la clase política mexicana con la cual se puede enfrentar brutalmente y al final llegar a una negociación, que con la sociedad mexicana en su conjunto, donde esas divisiones pueden tornarse irreversibles, como sucedió en Tabasco cuando realizó su resistencia civil en apoyo a la democracia, que vio socavada cuando las urnas no le dieron la mayoría de los votos. A los grupos sociales que les dio tantas expectativas, los pudo haber llevado al punto –retomando las palabras de Fernández Noroña– de no ver más opción en su futuro que ir hasta el fondo de la lucha, que en efecto es génesis de insurrección.
¿Podrá López Obrador, con su enorme carisma, contener la violencia que otros en su alrededor están alimentando? Esa es una de las grandes interrogantes de estos días. ¿Querrá hacerlo si la vía jurídica que sigue para revertir el resultado toma un mal camino? Es otra de las dudas. Lo que es cierto es que está creciendo la inquietud en varias cancillerías del mundo por lo inesperado del personaje y su biografía política que, contra un dejo de esperanza de haber evolucionado, está ratificando cada momento.
Los mercados son otro factor importante que se está descuidando. No ven partidos ni ideología; ven rendimientos financieros que son susceptibles a inestabilidad e incertidumbre de mediano y largo plazos. Los mercados internacionales ya habían descontado una victoria de López Obrador, y veían sin problemas la eventualidad de que llegara al poder. Pero lo que les preocupó desde la semana pasada fueron los insistentes llamados a no respetar el resultado de la elección. El lunes a las 5 de la tarde, por ejemplo, se disparó el peso por encima de los 11.50 por dólar con el desconocimiento que hizo del resultado en las urnas. Los mercados se tranquilizaron hasta el miércoles por la noche, cuando la depreciación llegó a 11.90, amaneciendo, con una mayor certidumbre en 11.06. El viernes, una vez dado el resultado del voto, llegó a estar en 10.96, con lo que arrancó esta semana.
Marchas y violencia no gustan a nadie. Las afirmaciones que están haciendo los perredistas están asustando a gobiernos y mercados, y nada lo ayuda el descontrol en el cual pueden caer algunos de los grupos más radicales, como los que empezaron a cerrar carreteras la semana pasada. López Obrador dice que no es el camino, pero sus palabras están siendo desmentidas por los hechos. Si su autoprofecía se cumple, la economía mexicana puede entrar en un ciclo peligroso que afectará a todos, particularmente a los sectores menos protegidos que son la principal clientela de López Obrador. Él tiene la obligación política e histórica de mantener bajo control a los más iracundos y evitar que la resistencia pacífica degenere en una violenta, ajustándose al reino de las leyes, donde tiene plenos derechos. Dicho en palabras de Los Angeles Times, “si López Obrador no respeta las reglas de la democracia, corre el riesgo de convertirse en el mayor fraude de esta elección”.

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