EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

La batalla en Estados Unidos

Raymundo Riva Palacio

Mayo 12, 2006

 

Desde el gobierno de Carlos Salinas se dio una peculiar transferencia de la arena de debate político de los asuntos mexicanos de la ciudad de México a metrópolis como Washington y Nueva York. Si alguien quería discutir téte-a-téte con el equipo salinista tenía que hacerlo en esos foros, como aprovecharon algunos críticos del Tratado de Libre Comercio como Jorge Castañeda, Adolfo Aguilar Zínser y Carlos Heredia quienes, pese a no lograr descarrilar la negociación, sí contribuyeron a que diputados y senadores liberales y reaccionarios formaran una extraña alianza contra el pacto comercial e hicieran trabajar de más al presidente Bill Clinton para lograr su aprobación. El traslado de la discusión de los asuntos públicos a esas ciudades tenía como trasfondo la estratégica relación con Estados Unidos y la triste realidad económica que, desde hace casi tres lustros, tiene a México injertado al sistema productivo norteamericano.
Obviamente, las cosas no sólo no han cambiado sino se han profundizado por cuanto a dependencia económica, por lo que tampoco es extraño que los equipos de los candidatos presidenciales mexicanos, diriman una lucha por las mentes de los políticos y los inversionistas en Estados Unidos que no se alcanza a ver desde la atalaya nacional pero que es, en términos estratégicos, extremadamente relevante. Tan simple como si no hay incertidumbre sobre lo que vendrá a partir del 3 de julio, en términos de estabilidad social y certidumbre económica, dejan de invertir y trasladar sus dineros a otras regiones del mundo que les garanticen esa paz económica que exigen a cambio de apoyar al desarrollo. Las campañas de Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador están realizando un trabajo sofisticado en las ciudades más estratégicas de ese país, haciendo frecuentes recorridos de medios, académicos e inversionistas para promover a los candidatos. El PRI, que en campañas anteriores era quien más activo estaba, se encuentra ahora en un pasmo inexplicable.
Quien se adelantó fue la campaña de López Obrador, que desde el año pasado sembró sus semillas en Washington y Nueva York. Desde un principio quien realizó los viajes a esas capitales, generalmente de manera discreta, fue uno de los coordinadores de las redes ciudadanas, Manuel Camacho, aunque en la actualidad, sin dejar de hacerlo, ha sido dejado de lado por una estructura más formal al frente de Jorge de los Santos, director de Proyectos y Desarrollo Internacional de la Universidad de Arizona, quien creó un grupo de cerca de 40 profesionistas mexicanos en Estados Unidos que se dividieron el país para hablar directamente con un alto número de personas. Este grupo ha tenido relación directa en el gobierno del presidente George Bush –aunque no con el Departamento de Estado–, y en el Capitolio. Este trabajo había dado muy buenos resultados para la campaña de López Obrador que, apoyado con las encuestas del primer trimestre del año, había creado la percepción de que su victoria en las elecciones presidenciales era inminente. En paralelo, varios egresados de la Universidad de Harvard y otras universidades Ivy League vinculados con Arturo Herrera, director de Finanzas del gobierno del Distrito Federal, se encargaron de contribuir al clima de conocimiento de López Obrador en Wall Street.
La estrategia lópezobradorista estaba teniendo un éxito notorio, y durante reuniones de inversionistas con enviados de Calderón, por ejemplo, las preguntas recurrentes con quién gobernaría López Obrador en caso de llegar a la Presidencia. Calderón no tenía un equipo que lo ayudara en el campo internacional hasta que se sumó a su campaña el ex cónsul de México en Nueva York, Arturo Sarhukán, quien fue coordinador de asesores de Castañeda a su paso por la Secretaría de Relaciones Exteriores. Sarhukán empezó a realizar el trabajo soslayado y fue artífice en el encuentro del panista con ex guerrilleros centroamericanos, donde hablaron sobre la necesidad, en caso de que llegara al poder, de retomar el Plan Puebla-Panamá que dejó olvidado el gobierno del presidente Vicente Fox.
Sarhukán, quien ha hecho continuas rondas a los centros de toma de decisión político y financiero en Estados Unidos, viajó la semana pasada a Nueva York en compañía de Eduardo Sojo, el ex asesor presidencial recién integrado a la campaña de Calderón, y de Javier Lozano, un experto en telecomunicaciones y subsecretario de Comunicaciones y Transportes durante el gobierno de Ernesto Zedillo. El último viaje de los panistas los tomó con una percepción ya modificada sobre el proceso electoral, y con la serie de encuestas favoreciendo a Calderón, las preguntas cambiaron hacia la curiosidad interesada de con quiénes gobernaría en caso de llegar a la Presidencia. Pero de la misma manera, se empezó a empatar la percepción de Wall Street y Washington por la opacidad del perredista por cuanto a los derechos humanos, algo que hasta hace unos 40 días no existía. Es decir, la crítica sobre su déficit en materia de respeto de libertades políticas está empezando a dar resultados, y ya comenzaron a preguntar qué puede suceder el 3 de julio si pierde López Obrador.
La batalla en Estados Unidos se ha tornado interesante e intensa, dejando lecciones importantes hasta este momento sobre el futuro mexicano. La más significativa es que el factor miedo que se intenta proyectar al proceso electoral en México mostrando a López Obrador como el factor volátil del proceso, empieza a permear en esos círculos, incluso pese a que los recientes sucesos en San Salvador Atenco no tuvieron impacto en los mercados. Los intentos por establecer la identificación entre López Obrador y el presidente venezolano Hugo Chávez, ideado y sostenido permanentemente por Castañeda, por otra parte, no han surtido el efecto. De hecho, durante una reunión muy privada hace unas semanas en la Casa Blanca, un empresario mexicano le comentó a Bush sobre esa presunta relación, pero el Presidente, de acuerdo con personas que supieron del encuentro, no le dio mayor interés al tema. En Washington y Nueva York están convencidos de que López Obrador no es ni Chávez ni tampoco Evo Morales, el presidente de Bolivia. Esto beneficia táctica y estratégicamente al perredista, pero no le resuelve el problema de su imagen que se ha comenzado a revertir en esas metrópolis. Su equipo tendrá que reforzar el cabildeo, apoyado por el trabajo de campo en la campaña en México, si quieren volver a empatar el tablero en Estados Unidos y regresar al punto de que para el 2 de julio, todavía no hay nada para nadie. Pero para que tenga éxito, requiere de subrayar su deslinde con los actos violentos y mantener el discurso, ya iniciado, de que la gran diferencia con los subversivos es que su apuesta es electoral, no las armas.

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