EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

La guillotina del Rey

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 01, 2006

La soberbia que exudaba Manuel Camacho era proverbial. De su mano comían, sugería, los corresponsales de The New York Times, el Financial Times, The Economist y, en general, la prensa extranjera. Estaban con la causa de Andrés Manuel López Obrador, y eran la cabeza de playa para legitimar la denuncia de fraude en la elección presidencial. Tuvo éxito y López Obrador cabalgó como el darling de la prensa extranjera durante semanas, hasta que comenzó a levantar cejas en el mundo por sus inconsistencias y ocurrencias.
Es cierto, como alega Porfirio Muñoz Ledo, uno de los más grandes trasvestis de la política mexicana, que un factor importante fue el cabildeo que hizo el equipo de Felipe Calderón en los medios extranjeros. Pero no era suficiente. López Obrador fue un buen aliado de esos oficios. De acuerdo con personas que conocen detalles de ese proceso, el punto de inflexión comenzó a darse cuando el candidato comenzó a patinar con las supuestas pruebas de fraude. El video de una casilla en Salamanca que no era lo que él aseguraba, fue el detonante, pues de ahí comenzó una cadena esquizofrénica de declaraciones.
Cuando resultó que ese video era un fiasco, dijo que los representantes de casilla eran quienes se habían vendido, que le resultó en búmeran porque los propios representantes de casilla de la coalición lo desmintieron. Entonces se centró en el “fraude cibernético” sobre la base de sus análisis de cómo se había comportado el PREP –que no es el método oficial de cómputo–, pero cuando entendió que por ahí iba a ningún lado, afirmó que, en realidad, el fraude había sido “a la antigüita”. Vinieron entonces sus declaraciones que iban del reconocimiento a la labor del tribunal electoral, a desconocerlo cuando empezó a darse cuenta que no iban a darle un cheque en blanco y a sus acusaciones de corruptos. De otro fraude que sacó, el “aritmético”, pasó al desvanecerse a la compra de funcionarios de casilla por parte del sindicato de maestros, y de complicidad del IFE por una mala capacitación de ese ejército ciudadano reclutado para el 2 de julio. Mientras cambiaba de dichos, radicalizaba su presión política en las calles.
Su discurso iba dando tumbos. A un corresponsal le dijo que él era el presidente electo, y a otro afirmó que el 16 de septiembre habría dos presidentes de México. A uno más le comentó que él se veía como Ghandi y Martin Luther King, mientras que a otro aseguraba que su camino era el de la revolución. En un diario europeo cuyos dueños y periodistas se jugaron la vida un día defendiendo a la Constitución durante una asonada militar, sugirió que si no le daban lo que él quería –el voto por voto–, quebrantaría la constitucionalidad. Un López Obrador de múltiples caras comenzó a perder adeptos en el exterior. Primero se le escapó de la buchaca The Washington Post, el primero en defender la vía legal y cuestionar sus métodos de protesta, y poco más adelante The Economist lo empezó a llamar “un mal perdedor”. El fallo del tribunal electoral sobre el cómputo del 2 de julio, que no modificó el resultado y desechó sus impugnaciones de fraude, terminó de quitarle el resplandor en el mundo.
En una comida ofrecida por el rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente este martes a internacionalistas, el secretario general de la OEA, José María Inzulza, le preguntó a Muñoz Ledo cómo iba a enfrentar López Obrador y la coalición la realidad de la legitimidad internacional de las elecciones y la victoria de Felipe Calderón –cuando menos en las urnas–, expresada a través de un mosaico de medios extranjeros. El echeverrista-cuauhtemista-foxista-lópezobradorista, no pudo articular una respuesta convincente. Pero hasta para una mente como la de Muñoz Ledo resulta difícil elaborar un buen argumento. López Obrador es un personaje ocurrente y audaz, difícil de acotar y encauzar. Lejos de controlar daños, suele profundizarlos; lejos de administrar las expectativas, las dispara. A veces, cuando se encuentra en un callejón sin salida –como el de la casilla en Salamanca–, en lugar de recortar pérdidas, pareciera que se fuga hacia delante arañando las paredes para brincarlas. Muchas veces pudo, pero hoy la legitimidad que alcanzó en el mundo se está desmoronando tan rápidamente como, por su estrategia, se le está transfiriendo a Calderón.
Los editoriales en el mundo son elocuentes. El Berliner Zeitung tituló: “López Obrador pierde su buena fama”. Los Angeles Times señaló que “si hay una amenaza a la democracia en México, es López Obrador”. El Financial Times escribió: “Con un gobierno paralelo, López Obrador puede dañar la credibilidad del PRD. Arriesga a debilitar la capacidad de las autoridades electas, como en el Distrito Federal, y que extremistas tomen acciones en su nombre. El caos e inestabilidad resultante de todo esto puede dañar enormemente a México, minando el progreso económico y social que ha alcanzado el país en los últimos años”. El más condescendiente con él, The New York Times, sentenció: “La continua insistencia de López Obrador que fue robado, ahora suena como un quejido. Si escoge no desistir, su partido, ahora el segundo más grande del país, debe decidir que es más grande que él, y que su papel es como oposición, dentro, no fuera, del proceso democrático”.
Los flip-flops de López Obrador les cuestan cada día más caros. La prensa mundial, en su crítica a los métodos de López Obrador, hace un permanente reconocimiento al PRD, y en algunos casos apelan a un deslinde. En este momento, en el ámbito de lo público, eso no parece posible. Pero cuando hablan en privado, la ruta que plantean no es la de la beligerancia prolongada. Se saben atrapados en este momento por la poca institucionalidad de su candidato, pero el tiempo se les está agotando. La imagen de violento de López Obrador, lo reconocen algunos de sus dirigentes, los está regresando a la percepción que se tenía de ellos en 1988. Mucho han trabajado para hacer del PRD una opción políticamente confiable para que un personaje históricamente intransigente, dilapide no sólo su capital sino el de una izquierda parlamentaria como la que hoy existe. Su poder, como lo demuestran al aceptar el resultado de la elección que los ungió en los cargos de voluntad popular, se encuentra dentro de la vía institucional, no en las calles y las turbas. Esta noche, en el informe, empezará su temporada de definiciones políticas con respecto a López Obrador. Si se asume que él no cambiará, ¿cómo transitar por la vida democrática institucional sin romper con su caudillo? ¿cómo apoyarlo sin caer en el campo de la ilegalidad? Pero más importante, ¿cómo separarse de él para evitar que los arrastre a su marginalidad? No son decisiones fáciles, pero valdría la pena volver a recordar a Mirabeu cuando proclamó: “Si para salvar a la República hay que guillotinar al Rey, guillotinemos al Rey”.

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