EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

La noche de Andrés Manuel

Raymundo Riva Palacio

Octubre 12, 2006

Como un huracán, Andrés Manuel López Obrador tomó la elección para gobernador en Tabasco este domingo como una cruzada personal. Se fue a su tierra a hacer campaña a favor del candidato del PRD, César Raúl Ojeda, y en el camino lo borró. En los mítines, es él quien habla principalmente con el candidato, que es su amigo, observándolo a distancia. Es él quien arenga con sus discursos rupturistas mientras Ojeda lo sigue observando a distancia. Es él quien existe, no Ojeda, y es él quien realmente tiene todo que perder si su hombre es derrotado en los comicios. Como en cada lidia política que ha sostenido López Obrador, es nuevamente el todo o el nada.
Una vez más, el futuro de López Obrador ha quedado depositado en López Obrador. Durante una generación completa, el sistema político le otorgó todos los incentivos para que siguiera jugando al ultimátum con sus rivales. Siempre que llevaba las cosas al extremo por medio de la presión lo que no había podido obtener en contiendas electorales, recibía lo que buscaba para sus clientelas leales. Hace menos de cuatro meses se quedó en la antesala del más alto cargo público al que jamás hubiera aspirado, y no se ha recuperado. Llevó al PRD a victorias que nunca había soñado, al generar su carisma y personalidad casi el doble de la votación histórica del partido. Tras esos resultados sucedió algo normal: el candidato derrotado daba paso al crecimiento político de su partido. Es decir, el PRD trascendió a su candidato.
Pero López Obrador no quiere ver que la ecuación política en la izquierda mexicana se modificó. En su lucha postelectoral, obligó a los nuevos diputados y senadores del PRD a entregarle su primera dieta de septiembre y a firmar una carta donde desconocían a Felipe Calderón como presidente electo. Se lo aceptaron. Les pidió el 70 por ciento de su dieta de octubre para pagar spots en televisión sobre la convención democrática que lo eligió a mano alzada “presidente legítimo”, y casi la mitad le pusieron un alto. Ya no. Quería que los cuatro gobernadores perredistas desconocieran también a Calderón, y le respondieron con un desplegado por la lucha dentro de la vía institucional. López Obrador no ha tenido la grandeza para ver los alcances políticos que tuvo y contribuir en la construcción de una izquierda con posibilidades reales de alcanzar la Presidencia. La vanidad de siempre lo atrapó en sí mismo y su terquedad lo tiene cegado.
Su imagen, fortaleza, e influencia se han venido desvaneciendo en la medida en que los actores políticos de la izquierda se han venido acomodando en el México de las instituciones, entendiendo que la campaña postelectoral tiene que ser un capítulo cerrado. López Obrador cometió errores que le costaron a él y al partido, como el megaplantón, pero su tozudez impidió recortar las pérdidas electorales. El activo que fue para el PRD, comenzó a convertirse en un pesado lastre en la etapa postelectoral. La caída de López Obrador sigue amenazando al PRD, y de eso ya se dieron cuenta en el PRD. Al mes y medio del megaplantón, López Obrador había caído 14 puntos porcentuales en las encuestas de popularidad. Mandó al diablo a las instituciones y se proclamó “presidente legítimo”. Las últimas encuestas de popularidad, ya lo bajaron otros 11 puntos. Esos 25 puntos se trasladaron a Calderón, quien está por encima del 50 por ciento en popularidad nacional. Peor aún, en las preferencias de voto se muestra que si hoy se realizaran las elecciones presidenciales, López Obrador estaría peleando con Roberto Madrazo el segundo lugar, a 15 puntos de Calderón. La revuelta social que soñaba no se dio. Incurrió en el error de diagnóstico de los estructuralistas al asumir que porque millones de ciudadanos compartían sus mismos intereses, millones se sumarían espontáneamente en una acción colectiva de violencia. Así no funcionan las sociedades, y la historia está llena de ejemplos que aportan las evidencias.
López Obrador siempre se movió excelentemente en la polarización que generalmente trae consigo un sistema multipartidista, y se comportó típicamente como un político anti-sistema, tratando de minar el régimen al que se opone. Pero esa fuerza centrífuga izquierda-derecha que logró imponer, se ha desvanecido significativamente en el fondo, no en la forma, porque la conducta estructuralista de su mente volvió a estar equivocada, como lo fue la estrategia de campaña diseñada por fuera del PRD que, al final, tampoco le alcanzó para llegar a la silla presidencial. Si él no lo ve, en el PRD y los neoperredistas sí lo diagnosticaron y lo están corrigiendo.
Marcelo Ebrard, el gobernador electo del Distrito Federal, está en franca retirada de la sombra de López Obrador y en un alejamiento, cuando menos hoy en día, de quien fue su mentor en la política, Camacho. La corriente Nueva Izquierda que encabeza Jesús Ortega, que fue la columna vertebral del megaplantón y que dentro de las fuerzas del PRD fue la que más tiempo estuvo en la vanguardia lopezobradorista, empezó el deslinde desde el fin de semana pasada cuando realizaron una autocrítica del proceso electoral y apuntaron a las redes ciudadanas, una estructura organizacional autónoma del partido, y a la operación electoral que encargó López Obrador a sus leales tabasqueños y no al partido, como los factores centrales de la derrota. La gente más cercana de López Obrador no quiere iniciar la autocrítica, aduciendo que darán elementos a sus adversarios, pero que en el fondo, esconden que fueron ellos, no el partido, los verdaderos responsables del fracaso presidencial. En este momento que están dejando solo a López Obrador, unos dentro de la izquierda por rechazar el rupturismo, otros como Ebrard porque está viendo en la caída del ex candidato y su posición de poder político y económico en el Distrito Federal una plataforma para el 2012, y otros, como Nueva Izquierda, que si no rompen el cordón umbilical estratégico con López Obrador, corren el riesgo de que, como él, Ebrard termine apoderándose del partido, de la candidatura presidencial y del futuro del PRD, Tabasco se vuelve fundamental en ese parteaguas. López Obrador necesita ganar con Ojeda para recuperar influencia, posición y vigencia dentro del PRD y a nivel nacional. Perdiendo, sin embargo, puede ganar si asume el costo con madurez política y utiliza la oportunidad de una nueva denuncia de fraude electoral para relanzarse como el verdadero líder de la oposición –no como “presidente legítimo”– para hacerle frente a un gobierno ideológicamente opuesto. Pero, objetivamente hablando, ¿por qué pensar que López Obrador será lo que nunca ha sido? La radicalización en Tabasco lo reducirá aún más a él pero, paradójicamente, ayuda al PRD y a sus demás líderes que podrán desechar más rápido y con menos carga moral todo ese lastre que los está ahogando.

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