EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión  

Los verdaderos culpables

 ESTRICTAMENTE PERSONAL  Después de una década en la cárcel, Raúl Salinas obtuvo la libertad luego que un juez desestimó todo el proceso judicial para incriminarlo como autor intelectual en el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, asesinado en septiembre de 1994 cuando era secretario general del PRI y una de las figuras … Continúa leyendo Los verdaderos culpables

Junio 15, 2005

 ESTRICTAMENTE PERSONAL

 Después de una década en la cárcel, Raúl Salinas obtuvo la libertad luego que un juez desestimó todo el proceso judicial para incriminarlo como autor intelectual en el asesinato de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, asesinado en septiembre de 1994 cuando era secretario general del PRI y una de las figuras políticas más brillantes de ese momento. Una década tuvo que pasar para que finalmente, en la última apelación que le quedaba, un juez aceptó lo que tendría que haberse admitido desde un principio: que el testimonio incriminatorio del empleado del Congreso, Fernando González, no era válido porque, después de haber declarado lo contrario, tras recibir un pago de medio millón de dólares del entonces fiscal para el caso, Pablo Chapa Bezanilla, lo cambió y lo culpó. En la sentencia, el juez admitió que González había recibido 500 mil dólares para cambiar su testimonio, pero que de cualquier forma, le recetaba 50 años de cárcel al hermano del ex presidente de México.

El autor material del asesinato, Daniel Treviño, sigue preso. Quien lo contrató, González, también. El que empleaba a González, un viejo amigo de Raúl Salinas, el entonces diputado tamaulipeco, Manuel Muñoz Rocha, está desaparecido desde entonces. Muñoz Rocha, el eslabón en la pirámide que podría haber llevado de los ejecutores a los autores intelectuales, posiblemente esté muerto, si se considera que sufría un padecimiento que lo obligaba a tomar una medicina especial de manera constante, y que las autoridades no establecieron vínculo con quienes compraron esa medicina durante un largo tiempo, con el legislador desaparecido. ¿Raúl Salinas ordenó el asesinato de su ex cuñado? Salinas siempre lo negó y, una década después de haber sido arrestado, no se lo pudieron probar. Por eso está en la calle, porque su juicio y sentencia fue amañada y políticamente motivada.

Esta parte, crucial en la vida mexicana de la última década, parece olvidarse. Pero si un juez determinó que Raúl Salinas merecía la libertad, es porque estudió el caso y concluyó que el proceso estuvo mal fundamentado. No basta recordar que el testigo incriminatorio recibió el pago de Chapa Bezanilla, porque eso sería reducir el largo proceso de tergiversación de la justicia en el gobierno zedillista. El entonces fiscal, que dependía del primer procurador del PAN en servir bajo un gobierno priísta, Antonio Lozano Gracia, trastocó por completo los instrumentos de procuración de justicia y generó la confusión y el enorme descrédito que hasta hoy arrastra el Poder Judicial, alimentando para la eternidad mexicana la idea de que tanto el asesinato de Ruiz Massieu como el de Luis Donaldo Colosio, fueron resultado de una conspiración emanada de la familia Salinas.

Para alimentar la culpabilidad de Raúl Salinas, Chapa Bezanilla acudió, como método de investigación, a una vidente, que le reveló que el hermano del ex presidente había asesinado a Muñoz Rocha –para que no lo delatara– de un batazo en la cabeza, y que lo había enterrado en el jardín de una de sus residencias en las Lomas de Chapultepec. El entonces fiscal llevó a la prensa a un espectacular show de exhumación de un cadáver, que en efecto había sido enterrado en el jardín de la casa que estaba en poder de la PGR, pero que resultó que ni era de Muñoz Rocha, ni había sido una víctima de Raúl Salinas. El cadáver había sido exhumado de un panteón y plantado en el jardín de la casa, con lo cual Chapa Bezanilla pensaba dar el tiro de gracia a su perseguido. Lo grotesco y absurdo del episodio acabó con Lozano Gracia y Chapa Bezanilla, pero no impidió, pese al patrón seguido por el fiscal, salvar a Salinas de la cárcel.

Para cuando Chapa Bezanilla salió de la PGR, ya había creado otra conspiración en la mente mexicana. Por decisión propia, antes de empezar la investigación del Caso Colosio, determinó que el ex presidente Salinas y su superasesor, José Córdoba, habían sido los asesinos. Por supuesto, nunca pudo probar absolutamente nada, como tampoco pudo demostrar culpabilidad en el ex gobernador de Sonora, Manlio Fabio Beltrones, a quien veía como el operador de Los Pinos en el encubrimiento del asesinato. Cuando lo nombraron, Chapa Bezanilla reveló a quien esto escribe que Salinas y Córdoba eran los culpables. ¿Tiene pruebas?, se le preguntó. “No –dijo– pero las voy a encontrar”. Los había sentenciado antes de juzgarlos. Cuando se fue en contra de Beltrones, se le preguntó por qué filtraba información falsa. “Para ver si comete un error, y entonces lo agarro”, respondió. Tampoco sucedió pero vinculó para siempre sus nombres con el asesinato de Colosio.

Es altamente posible que a los Salinas, a Córdoba, a Beltrones, se les pudo haber culpado, investigado y, en dado caso juzgado de muchas otras cosas, como por delitos electorales o en la manera como privatizaron muchas empresas o por tráfico de influencias o enriquecimiento inexplicable, pero definitivamente no por lo que los acusaba Chapa Bezanilla. De cualquier forma, llevamos más de una década en un debate artificial, irresponsablemente construido por el ex fiscal, quien como Lozano Gracia, son testigos desde la barandilla de todos estos acontecimientos, cuando deberían ser ellos a los que se colocara en el centro de la arena para ser juzgados por la negligencia, la mentira y la irresponsabilidad con la que se comportaron al frente de la procuración de la justicia en el gobierno de Ernesto Zedillo, cuyos estragos seguimos viviendo.

 

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